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'Dot-commers', la nueva y odiada élite social
por Juan Corredor
31/08/2000, 20:38

Las plantillas de las empresas puntocom, acostumbradas a recibir jugosos salarios y suculentos bonus, han creado su propio argot y se benefician de la creciente flexibilidad laboral que se da en las compañías online. Sólo una sombra enturbia de momento este brillante panorama. Pero es una sombra bastante preocupante: en Silicon Valley, los dot-commers empiezan a palpar una gran animosidad en su contra.

Y no se trata de una discriminación intrascendente: afecta, por ejemplo, a algo tan necesario como encontrar vivienda. El caso más emblemático lo representan el corazón de Silicon Valley y San Francisco, aunque el odio a los trabajadores de las puntocom empieza a extenderse también en otras zonas de EEUU. En España, de momento, estamos tranquilos: el mercado online todavía es demasiado pequeño. Pero todo se andará. Pues no otro que cruzar el charco es el destino de la mayoría de las modas, y sabido es que durante la travesía adquieren aún más virulencia.

Ahora mismo, ser un dot-commer (con todo lo que ello supone: tener buen sueldo y ahorros, poder pagar la fianza, etc.) en San Francisco es el mejor aval para no poder encontrar piso, ni siquiera habitación en un piso compartido. Hace unos días, un anunciante puso el siguiente aviso en el Craigslist: "Ofrezco un lugar de vida y trabajo sólo para artistas y académicos. Bueno, también es admisible la gente que trabaja en los medios digitales, pero NO en las puntocom: estoy seguro de que sabrán apreciar la diferencia entre ambos" (¿?). Eso sí, el caballero puso el anuncio... en Internet.

Esas egoístas personas

Según algunos analistas, buena parte del problema radica en la percepción que tiene la gente acerca de los dot-commers, que son vistos como personas demasiado egoístas que no sólo se limitan a servirse de la comunidad dando poco o nada a cambio, sino que contribuyen decisivamente a que suban los precios de los alquileres y locales y a que aumente el hacinamiento. Pues claro: ¿Qué propietario de un piso no preferirá alquilarlo a alguien que gana más dinero que otros y que no da problemas?

Todos estos factores están cambiando el carácter de las comunidades de residentes de las zonas afectadas, que sienten envidia por no haberse podido beneficiar de la aparente prosperidad económica que ha traído el capital riesgo. Muchos negocios tradicionales de los centros urbanos se enfrentan a notables revalorizaciones de los alquileres que, en muchos casos, no pueden afrontar. Por tanto, los propietarios de locales están cada vez más interesados en que las empresas puntocom se instalen en las oficinas del centro, aunque éste pierda su típico carácter, mezcla de castizo y funcional, al que están acostumbrados los vecinos.

Pero cualquier excusa es buena para denostar lo que no se conoce, como es el caso de la Red y todo lo que le rodea. Los empleados de empresas de Internet son los nuevos y odiados ricos, una especie de inmigrantes venidos del ciberespacio que son obligados a integrarse en las obsoletas estructuras económico/sociales.

Invasión de startups

De hecho, la San Francisco Bay Area no es lo suficientemente grande para acoger al creciente número de compañías de la Nueva Economía que se quieren establecer allí. Por no hablar de la numerosa ola de activistas que ven en Internet una amenaza para la diversidad cultural de los barrios. Y es que a zonas como el condado de San Mateo, en California (regidas por alcaldes y concejales con una media de edad de más de 50 años), la revolución tecnológica les queda demasiado grande y no son capaces de entenderla.

Probablemente tampoco ayudan a despejar la marea antipuntocom hechos como que el cofundador de Napster, Shawn Fanning, cuya compañía estaba situada en San Mateo hasta hace poco, fuera citado recientemente en un congreso celebrado allí como el tema de máxima actualidad.

Otras zonas de EEUU, como Washington, no tienen este problema. En la capital, los nuevos negocios relacionados con Internet florecen en las afueras de la ciudad, no en las áreas residenciales.

En cualquier caso, el problema (para algunos) existe. Las compañías tecnológicas están desplazando de San Francisco a familias, grupos de artistas y pequeños comerciantes, hasta el punto de que 30.000 residentes en la ciudad han firmado un manifiesto pidiendo que se limite el crecimiento de las empresas puntocom. Por su parte, las compañías de la Red aseguran no entender la animadversión que despiertan y afirman que su presencia ayuda a reactivar la economía local.

¡Que alguien pare esto!

El asunto se ha tornado especialmente espinoso en el distrito de Mission, donde la mayoría de la población está formada por hispanos. Cientos de artistas y bailarines se manifiestan periódicamente por las calles solicitando una moratoria al desarrollo de las dotcom y protestando por los cierres de estudios de danza que, por culpa de la burbuja inmobiliaria hinchada por las firmas tecnológicas, de repente no pueden pagar el alquiler.

¿Habrá oído el pueblo las catastrofistas proclamas de una agencia de la ONU, según la cual la veloz expansión de Internet sólo beneficia a una pequeña élite y la mayoría de la población mundial quedará al margen de la Nueva Economía? Si realmente está tan preocupada por el tema, más le valdría a la desprestigiada ONU tomar las medidas que estén en su mano (que alguna competencia le quedará) para que la revolución tecnológica llegue de verdad a todos. Quizás así se podría acabar con las peligrosas envidias y recelos que suscita ya la élite del siglo XXI.




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