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Las subastas de UMTS, ¿dinero caído del cielo?
por Jose M. Guardia
05/09/2000, 13:56

El añorado Bing Crosby, allá por los años 30, puso voz a una pieza que en su día obtuvo el Oscar a la mejor canción, titulada (igual que la propia película) Pennies From Heaven; en español, "Dinero Caído del Cielo". La canción (que también se puede escuchar interpretada por Steve Martin, en un espléndido remake con guión del gran Dennis Potter) dice así:

Cada vez que llueve, es
Dinero caído del cielo
Cada una de las nubes está llena de
Dinero caído del cielo
Encontrarás una verdadera fortuna
Cayendo por toda la ciudad
Asegúrate de que tu paraguas esté boca abajo
(...)
Así que cuando oigas que truena
No corras a refugiarte bajo un árbol
Porque será dinero caído del cielo
Para ti y para mí

Pues algo parecido deben andar tarareando, por lo menos para sus adentros, los gobernantes de media Europa, los de la media que ha optado por conceder las licencias de UMTS mediante subasta.

¿Subasta o concurso?

Hacía tiempo que no se veía tal avalancha mediática como la que se ha producido tras la concesión de licencias de telefonía de tercera generación en los diferentes países del Viejo Continente. Polémica que, antes que menguar, en nuestro país parece ir creciendo día a día.

Por si alguno de ustedes ha pasado los últimos tres meses en el Círculo Polar Ártico y sólo disponía de comunicación con el exterior a través del sistema Iridium, les recuerdo que el Gobierno español decidió otorgar las cuatro licencias de telefonía UMTS mediante concurso en cuya resolución se valoraban una serie de parámetros (nivel de inversión, creación de empleo, etc.) y cuyo coste, para cada uno de los designados, ascendía aproximadamente a 20.000 millones de pesetas (US$ 107 millones). Es decir, en total 80.000 millones de pesetas (US$ 428 millones), a los que hay que sumar los casi 1,5 billones de pesetas (US$ 8.000 millones) que, cien mil millones arriba, cien mil millones abajo, cada operador se comprometía a invertir para poner en marcha el servicio.

Posteriormente, el Reino Unido y Alemania decidieron otorgar las mencionadas licencias mediante un sistema de subasta que tras sucesivas e intensas rondas, ha obligado a los adjudicatarios a rascarse los bolsillos hasta agujerearse los pantalones.

Tras el resultado de las subastas británica y teutona, en nuestro país se desató una polémica que hasta entonces sólo había despuntado ligeramente, pero que amenaza con convertirse uno de los temas estrella del curso político que está a punto de empezar. A un lado, están quienes creen que el reducido coste favorece el desarrollo de la sociedad de la información al no suponer esfuerzo adicional a las operadoras, que pueden así dedicar más recursos a la extensión de la infraestructura y a la adquisición de clientes. Al mismo tiempo, opinan que esos costes más bajos presumiblemente deben permitirles a aquéllas aplicar unas tarifas más bajas que -se supone- incrementarán el número de clientes y su nivel de consumo.

Al otro lado, están quienes creen que el sistema español es un verdadero regalo para las operadoras, que han obtenido a un precio de risa lo que en otros países ha supuesto unas cantidades impresionantes para las arcas públicas, cantidades que los diferentes gobiernos –también se supone- van a poder emplear en beneficio de sus ciudadanos.

Por lo que a mí respecta, no quiero entrar en la discusión sobre si fue correcta (o nunca mejor dicho, 'políticamente correcta') la concesión de las licencias en pleno proceso electoral, ni voy a valorar toda la serie de filtraciones producidas en torno al resultado del concurso. Probablemente el timing podría haber sido más oportuno y el proceso con bastante más reserva, pero en cualquier caso estos son aspectos adjetivos, no sustantivos, y que no afectan demasiado a la cuestión de fondo: la idoneidad del sistema elegido.

Esta idoneidad es lo que se ha estado discutiendo por activa y por pasiva por políticos y, muy especialmente por los medios de comunicación. Particularmente, al leer estos últimos uno tiene la sensación de que los propios periodistas no leen todas las páginas de las publicaciones en las que escriben; de una forma un tanto contradictoria, se ha podido ver en varios de ellos y en un mismo día cómo, en unas páginas, se loaba el "triunfo" de las subastas inglesa y alemana, que habían conseguido equis billones de pesetas para sus ciudadanos. Unas páginas más adelante, en las mismas publicaciones se comentaba que el alto precio de las licencias estaba provocando la caída en bolsa de los vencedores y una revisión a la baja de los ratings que las agencias de calificación como Standard & Poor’s mantienen sobre aquellos. Pues me van a perdonar, pero hasta mi ciertamente limitado intelecto intuye que en todo esto falla algo: si tan bueno es el sistema de subasta, ¿cómo se explica esa creciente preocupación de analistas y observadores, de agencias de calificación, así como de la comunidad financiera que, más que preocuparse, está abandonando en masa a esas empresas en las diferentes Bolsas?

Pues probablemente se explique porque el sistema de subasta quizá no sea tan bueno después de todo.

Para algunos economistas, la teoría indica que la subasta es el sistema más eficiente de valorar el precio de un recurso escaso, pero lo cierto es que lo ocurrido en el Reino Unido y Alemania recuerda en gran medida a la escalada armamentística durante la guerra fría: ni los Estados Unidos ni la Unión Soviética se embarcaron en ella porque creyeran que era lo correcto, porque pensaran que el mejor modo de emplear esas partidas ingentes de sus presupuestos fuera el de dedicarse a comprar cabezas nucleares y misiles balísticos. Lo hicieron porque no les quedaba más remedio si no querían quedar rezagados, indefensos, en lo que era un verdadero duelo de titanes por asegurar el dominio sobre este viejo y castigado planeta. En este sentido, los diferentes operadores se han visto obligados a pujar más y más alto porque renunciar a la "competición" equivaldría a quedarse fuera de una tecnología que determinará una gran parte del desarrollo de la economía y la sociedad digital. En pocas palabras, los condenaría de por vida a ser un jugador absolutamente marginal en el panorama de las telecomunicaciones del futuro.

Por otra parte, es evidente que esas astronómicas cantidades que las operadoras se ven obligadas a pagar (a las que igualmente hay que añadir las abultadas sumas que van a tener que invertir en tender la red) no es algo que vayan a pagar a fondo perdido por el bien común de los ciudadanos, y se queden tan campantes y satisfechos de su generosidad. No se trata de "pennies from heaven", de dinero caído del cielo, para los gobiernos de dichos países, sino muy al contrario: son cantidades que acabarán repercutiendo en cada uno de los usuarios en forma de tarifas, más elevadas cuanto mayor sea el coste que las telefónicas hayan tenido que asumir. Tanto es así que en esos países probablemente el acrónimo UMTS, en vez de su significado real, acabe significando "Ustedes Mismos Terminarán Sufragándolo"… Disculpen ustedes por el chiste fácil.

Por otro lado, el argumento de que los importes de la subasta podrían servir para reducir la deuda del Estado es, en el mejor de los casos, falaz. Porque los estados aún están en pleno debate sobre el destino que conviene darle a tan jugoso pedazo de pastel; pero en cualquier caso, por grandes que parezcan las cantidades, son prácticamente una mera gota que casi pasará desapercibida en el océano de deuda que esos estados han estado acumulando en las últimas décadas. En nuestro país, quienes calculan –en una especie de cuento de la lechera- los beneficios que se hubieran derivado de reducir la deuda pública con lo que se hubiera obtenido con una subasta, estiman que el Estado se ahorraría anualmente unos 200.000 millones de pesetas de intereses, que muy bien podría dedicar a otros fines.

Pero si se ve desde otro punto de vista, el Estado puede acabar recaudando una cifra aún mayor por los impuestos derivados de una mayor actividad en el ámbito de la economía digital que se produciría gracias a que, con unas licencias más baratas, los ciudadanos podrán acceder y usar esta nueva tecnología de forma más rápida e intensa. La recaudación de las subastas, algo realmente goloso para un gobernante ("¡Vaya, puedo sacar un dinero que me permitirá cubrir parte del déficit que durante tantos años no he sabido contener!") puede acabar siendo, como en el refrán, "pan para hoy, hambre para mañana".

En resumen, si de lo que se trata es de fomentar la adopción y el uso de las tecnologías por parte de los ciudadanos, es indudable que cuanto más bajas sean las licencias más se conseguirá este objetivo; por algo será que los países escandinavos, verdaderos nirvanas para los nuevoeconomistas, han elegido exactamente el mismo sistema que en nuestro país es calificado por algunos como una ganga.

Porque se suele citar lo ocurrido en el Reino Unido y en Alemania, pero ¿cuántas veces han oído que alguien cite los casos de Finlandia, Noruega y Suecia? Sobre todo el de estos últimos, porque en el caso finlandés puede aducirse que fue el pionero, junto al español, en la concesión de las licencias UMTS, cuando aún no se había iniciado la locura subastadora.

Pero no es este el caso de Suecia y Noruega, países en los que los respectivos gobiernos han decidido seguir el sistema de concurso, fijando unas cantidades aún inferiores que en España para las licencias: ayer mismo publicaba el diario El Mundo que las operadoras que obtengan la licencia en Suecia deberán pagar unos míseros 2 millones de pesetas (US$ 10.670): si lo llego a saber, me pido una. En Noruega, a las cuatro empresas vencedoras, de entre las siete aspirantes, la licencia les costará inicialmente 2.000 millones de pesetas (US$ 10,5 millones) y posteriormente unos razonables 400 millones de pesetas al año (US$ 2,1 millones), todo ello en números redondos.

Fíjense que se trata de países que siempre se ponen como ejemplo de una estrategia política correcta en cuanto al fomento de la tecnología y de la sociedad de la información; y así de bien les va, muchos pensamos. Pero ante estos casos, ¿dónde están quienes califican las licencias españolas como regalo?




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