La propiedad intelectual está de moda. Las leyes y los legisladores
empiezan a asomar en Internet como los caracoles después de la lluvia.
La idea de Internet como un medio anárquico más allá de
la ley comienza rápidamente a diluirse.
En algunos casos, se producen violaciones flagrantes de los derechos de autor.
En otros, éstos se convierten en el arma arrojadiza que se lanzan unas
compañías a otras en su intento por no quedarse atrás en
la revolución de los nuevos medios.
Mientras que algunos países han adaptado su legislación sobre
la propiedad intelectual a la nueva era digital (como es el caso de Estados
Unidos con la "Digital Millenium Copyright Act"), otros todavía
aplican las leyes tradicionales, que en el caso de España incorporan
las directivas europeas sobre la materia.
Sin embargo, Internet siempre corre un poco más rápido que sus
perseguidores. Las leyes se vuelven obsoletas antes de redactarse y no sólo
no contribuyen a resolver los conflictos sino que los complican, volviendo borrosos
los límites entre lo lícito y lo ilícito. Los abogados
se frotan las manos y las compañías se enzarzan en duras peleas
judiciales por los derechos de autor.
En fondo, más que una batalla entre las grandes compañías
tradicionales y las nuevas firmas de Internet, lo que se dirime es la capacidad
de las todas las empresas por adaptarse a los grandes cambios provocados por
la Red.
La industria discográfica y la amenaza del MP3
La Asociación Americana de la Industria Fonográfica (Recording
Industry Association of America, RIAA) fue la primera en poner el grito en
el
cielo con la aparición del formato de compresión digital MP3.
La primera víctima de sus iras fue Diamond Multimedia, la compañía
que fabrica los reproductores de MP3 Rio.
Diamond fue denunciada por la RIAA bajo la premisa de que el reproductor no
diferenciaba entre ficheros de MP3 legales o ilegales, contaminando de esta
forma la distribución de contenido digital. Lo que para Diamond era un
mero aparato reproductor, para la RIAA era un artilugio diabólico que
facilitaba la copia de ficheros ilegales de MP3.
El juez dio la razón a Diamond, que sin embargo, antes de la sentencia,
ya negociaba con la RIIA un acuerdo que le permitiera acceder a los inmensos
archivos musicales de las compañías discográficas a cambio
de fabricar reproductores que cumplieran con los requisitos de seguridad SDMI
(Secure Digital Initiative), el estándar promovido por la RIIA.
Napster fue la siguiente en pasar por los tribunales. Esta firma desarrolló
una aplicación que facilitaba la búsqueda de archivos MP3 en la
Red y su descarga al PC. El problema era que la mayoría de ficheros MP3
intercambiados eran ilegales. Para la RIAA la actividad de la compañía
era sólo un vehículo para la piratería. Napster se defendió
con argumentos evidentes: ellos no eran responsables de lo que hicieran los
usuarios con su herramienta de búsqueda.
Finalmente le tocó el turno a MP3.com, compañía que permitía
a sus usuarios almacenar sus archivos MP3 de forma gratuita en la Red. De esta
forma, los navegantes podían convertir toda su colección de CDs
al formato digital, o comprar nuevos CDs a compañías asociadas
a MP3.com y recibir el disco en formato MP3.
Aunque las cuentas individuales
de los usuarios estaban protegidas por claves, bastaba con compartirlas con
otros navegantes para poder intercambiarse los CDs sin coste ninguno.
Sin embargo, la industria discográfica no sólo se defiende en
los tribunales. Más de ciento veinte compañías discográficas
y fabricantes de hardware lanzaron en diciembre de 1998 la Iniciativa Segura
Digital o SDMI (Secure Digital Initiative) para crear un sistema tan sencillo
como MP3 que proteja los derechos de autor. Una vez dispongan de un sistema
seguro, las compañías estarán preparadas para lanzar sus
propias tiendas de música digital. Y eso sí, los beneficios quedarán
todos en casa, es decir, en manos de las discográficas y fabricantes
de electrónica de consumo.
Los desacuerdos entre los diversos participantes de la SDMI están sin
embargo retrasando el proyecto. Aun así, todos son conscientes de la
ventaja que supone llegar el primero a un nuevo mercado. Por eso, mientras se
ponen de acuerdo en el estándar único, las compañías
exploran la posibilidad de utilizar formatos propios. Aunque MP3 es con diferencia
el formato digital más difundido, es sólo uno de los cuatro actualmente
en el mercado. La multiplicidad de sistemas sólo puede crear confusión.
Los procesos judiciales siguen su curso y tienen resultado incierto. Parece
difícil demostrar que Napster y MP3.com hayan cometido algún tipo
de actividad ilícita. En principio, únicamente han proporcionado
al propietario de CDs nuevas formas y plataformas donde escuchar su música.
Las compañías discográficas han visto como empresas
minúsculas
sin apenas medios han introducido ideas innovadoras que han revolucionado la
industria musical. Dos de las funciones primordiales de las discográficas,
la producción y distribución de discos, hasta hace poco necesitadas
de grandes recursos con los que generar economías de escala, pierden
ahora importancia. El terreno se llena de nuevos jugadores.
Un niño revienta el DVD
Jon Johansen, un adolescente noruego de sólo 16 años, es el autor
de DeCss (DVD Contents Scramble System), un programa que permite romper la protección
de los DVDs.
Su habilidad como programador le ha traído muchos problemas. El 25 de
enero, agentes de la policía noruega entraron en su casa, y después
de incautarle dos ordenadores personales, un teléfono móvil y
varios disquetes, le detuvieron
e interrogaron durante siete horas.
Actualmente, los DVDs disponen de códigos regionales que impiden su
visualización universal (así, un DVD comprado en la India no pueden
ser visto en Europa). De esta forma, las productoras cinematográficas
pueden asignar distintos precios para cada mercado, maximizando así sus
beneficios. La aplicación DeCss supone un torpedo en la línea
de flotación de sus ingresos.
Las autoridades noruegas actuaron en respuesta a las demandas interpuestas
en los tribunales norteamericanos por la Motion Picture Association of America,
la asociación que agrupa a las grandes productoras cinematográficas.
Esta asociación argumenta que el DeCss viola lo establecido en la "Digital
Millenium Copyright Act" (DMCA), al constituir lo que la ley denomina una
"aplicación cuyo objetivo
principal es eludir las medidas de protección
tecnológicas que controlan el acceso a las obras con copyright".
Además, la MPAA afirma que el programa facilita la copia ilegal de películas
en DVD.
Por el contrario, los defensores del joven noruego aseguran que su único
propósito era hacer posible la reproducción de películas
en DVD en el entorno Linux (actualmente los reproductores sólo funcionan
en Windows y MacOS). Asimismo, sostienen que la "ingeniería inversa",
método utilizado para romper la encriptación, es una de las excepciones
contempladas por la DMCA siempre que su objetivo sea asegurar la inteoperabilidad
entre las diversas plataformas.
En cualquier caso, copiar DVDs no es tan sencillo. El alto precio de las grabadoras hace que esta actividad todavía no sea muy rentable. Por otro lado, no
es necesario disponer de la aplicación DeCss para copiar películas
en DVD.
En el fondo, lo que se discute nuevamente es el derecho del usuario a reproducir
-y no a distribuir- la película adquirida en la forma y en la plataforma
que quiera.
La guerra del "streaming"
Es precisamente el derecho de los usuarios sobre los contenidos lo que subyace al conflicto entre Streambox y Real Networks. Esta última es la compañía líder en tecnología de "media streaming" (tecnología
que permite la visualización y escucha de ficheros de video y audio mientras se descargan de la red). Sin embargo, sus contenidos sólo pueden verse, sin que exista la opción de guardarlos en el PC. Streambox desarrolló aplicaciones que permitían almacenar en el disco del usuario los contenidos
de Real Media y convertirlos a otros formatos de compresión digital.
Una vez más, Real Networks se acogió a la DMCA y a la presunta
violación de los mecanismos de protección para demandar a Streambox.
En este último caso el juez falló
a favor de Streambox. Sin embargo, todavía no se han levantado las restricciones
sobre la comercialización y distribución de dos de sus productos,
Streambox VCR y Streambox Ferret, que son los que permiten la descarga de ficheros
al disco duro. Ambas entidades consideran esta primera sentencia como una victoria.
Aparentemente, todo depende del cristal con el que se miren las cosas.
Las televisiones tampoco se salvan
Otras que tampoco duermen tranquilas son las productoras de televisión.
En Europa, un grupo de alemanes consiguieron descodificar la señal del
canal de pago alemán Premiere mediante un PC y una simple tarjeta de
televisión.
Al otro lado del océano, ICrave, una compañía canadiense,
fue demandada por difundir programas y series de televisión (entre ellas
Frasier y Ally McBeal) a través del Internet.
Como en el caso de las discográficas, las productoras de televisión
no terminan de adaptarse a los nuevos vientos que soplan. Antes al contrario,
su lentitud de movimientos es aprovechada por otras compañías de Internet que
terminan apropiándose de ;éllas, como demostró AOL con Time Warner.
Los libros y la prensa digital
Las editoriales, que habían visto todos estos acontecimientos desde la barrera, tienen a su vez razones para preocuparse. Las nuevas compañías de Internet invierten millones en el desarrollo de libros digitales, los cuales
cada vez son más ligeros y baratos.
Su asignatura pendiente es la comodidad
de lectura: la calidad de las pantallas todavía no permite la lectura
prolongada.
Si bien queda mucho para que podamos ver la típica imagen del matrimonio
de mediana edad tumbado en la cama y leyendo libros en soporte digital, éstos
ya son un hecho. En un futuro, los niños podrán dejar la mochila
en casa y descargar los libros de texto de la Red. Iniciativas como el proyecto
Guttemberg, que busca la libre difusión digital de los libros con el
copyright caducado, ponen la cultura al alcance de todos.
Los escritores, agentes y editoriales se debaten entre la aversión al
nuevo medio y la necesidad de no quedarse descolgados de un tren que puede no
volver a pasar.
La mayoría de autores no se fía del medio y exige mayores beneficios.
Las editoriales, por otro lado, se quejan de que los costes siguen siendo elevados
y se resisten a cambiar las formas contractuales tradicionales. El desconocimiento
sobre el grado de aceptación del nuevo producto y el temor a su duplicación
ilegal ralentizan su desarrollo.
Los periódicos y revistas digitales tampoco están exentos de
problemas con los derechos de autor. En una reciente sentencia el New York Times,
Time y Newsday fueron obligados por un juez federal a solicitar el permiso de
los freelancers (colaboradores ocasionales) antes de incluir sus artículos
en bases de datos. Esto ha obligado a modificar los contratos, de forma que
los medios exigen ahora el derecho a realizar reproducciones futuras sin ofrecer
compensación adicional. Sin embargo, en ausencia de esta cláusula,
los periódicos y revistas se pueden ver invadidos por demandas de periodistas
exigiendo compensación.
Universidad online
En verano de 1999, un famoso profesor de derecho de Harvard fue amonestado
por la propia Universidad por grabar durante su tiempo libre varios cursos en
vídeo y distribuirlos por Internet a través de las páginas
de una universidad online. De repente, el capital intelectual de Harvard era
accesible para todo el mundo. Y claro, esto no era permisible, sobre todo cuando
las matrículas de sus estudiantes cuestan millones.
Internet desafía el modelo tradicional de enseñanza. Sus posibilidades
educativas son infinitas, y el sueño de la educación universal,
antaño una utopía, parece hoy posible.
Sin embargo, una vez más, los intereses económicos se interponen
en flujo de información de la Red. El modelo de Internet como foro libre
de discusión se ve amenazado y muchos comienzan a pensar en la Red como
un mero negocio virtual generador de beneficios; es decir, un gigantesco centro
comercial.
Si bien es necesario proteger los derechos de autor y perseguir la piratería,
no parece razonable que la Red sea fuente de demandas en muchos casos de dudoso
fundamento. Sobre todo cuando lo único que se trata de disimular es la
ausencia de reflejos de muchas de las compañías ante la continua
evolución de Internet.
Renovarse o morir: esa es la lección que muchos hoy no quieren aprender.