Muchos creen que las incubadoras y los fondos de capital riesgo ocupan un mismo
lugar a la hora de financiar una compañía de Internet. Sin embargo,
tienen características diferentes. Ambos actúan en momentos distintos
de la vida de la nueva compañía, aunque en determinados casos
puedan coexistir.
De hecho, detrás del capital de la mayoría de las incubadoras
están los fondos de capital riesgo. Los intereses de ambos no están
en conflicto. Al contrario, ambas estructuras de financiación han de
defenderse de forma conjunta ante un mercado cambiante y ante la incertidumbre
sobre lo que depara el futuro de la era Internet.
La incubadora o generadora de negocios
Las incubadoras participan en las etapas iniciales de desarrollo. Normalmente
proporcionan a los futuros empresarios de la Red alguno o todos los recursos
y servicios necesarios para poner la compañía en funcionamiento.
Esto incluye el espacio físico, asesoría legal, tecnológica
o de marketing.
Son entidades que apuestan por la idea y por el plan de negocio de algo que
todavía no existe. Asumen un mayor riesgo, pero confían en su
experiencia y capacidad de gestión para sacar el proyecto adelante. Al
proteger a las nuevas empresas desde el principio aseguran un mayor porcentaje
de éxito empresarial.
En Internet el ciclo de vida de las compañías es mucho más
reducido que el de las empresas tradicionales. Los primeros seis meses pueden
decidir el éxito o fracaso de la nueva empresa, y los errores tempranos
pueden resultar también los últimos.
Además, la participación desde las etapas iniciales de una incubadora
reduce notablemente el periodo de tiempo existente
entre la creación
de la empresa y su salida a Bolsa (2,6 años de media en el año
1998).
El mayor compromiso de las incubadoras tiene su precio. Así, normalmente
exigen entre un 25% y un 50% de la compañía a la que apoyan.
El modelo de incubadora tiene más éxito en Europa que en Estados
Unidos. A mediados de diciembre de 1999, existían ya 25 incubadoras europeas.
La razón de su éxito es el fuerte crecimiento del capital disponible,
de 500 millones de dólares en 1998 a 6.000 millones a finales de 1999,
y la falta de profesionales capacitados para desarrollar empresas de Internet.
También se aduce como factor de éxito la escasez en Europa de
"angel investors" (ángeles o inversores particulares). Estos
son por lo general millonarios de la Red con conocimientos y sobrada experiencia
que aportan capital en las etapas "seed" y "pre-seed" (etapas
embrionarias en la cual la empresa todavía no es operativa). Estos inversores
asumen el papel de incubadoras y aportan entre 50 y 300 millones de pesetas
a cambio de un porcentaje de la nueva compañía.
¿Hacia dónde evolucionan las incubadoras?
La mayoría de las incubadoras siguen dos modelos básicos de estrategia
de negocio. Por un lado está el tradicional, seguido por incubadoras
como eCompanies o IdeaLab, que consiste en llevar nuevas compañías
hasta la madurez para después independizarlas y concentrar los recursos
en el lanzamiento de otras empresas.
El otro, y el que parece marcar la tendencia, es el de incubadoras norteamericanas
como CMGI, ICG o Divine Interventures. Éstas desarrollan las nuevas compañías
con voluntad de integrarlas en un holding o conglomerado,
incluso después
de que hayan salido a Bolsa. Es lo que algunos denominan Keiretsu, siguiendo
el modelo de Softbank, y que Red Herring llama EcoNets.
Se trata de crear una red de información, recursos y conocimiento de
la que todas las compañías del grupo puedan aprovecharse.
Y es que el modelo tradicional puede ya no ser suficiente. La ventaja inicial
de las incubadoras, el conocimiento y experiencia en el nuevo medio, se desvanece
a medida que el uso de Internet se va generalizando en todos los países.
Además, muchos de los nuevos empresarios encuentran abusivos los porcentajes
de capital que deben ceder a cambio de protección y velocidad de desarrollo.
A medida que se generalice el acceso a otras fuentes de financiación,
como los mercados de bonos basura o los préstamos bancarios, el papel
de las incubadoras será menos necesario.
El modelo de las EcoNets permite crear grupos en los que el todo es más
valioso que la suma de las partes. Las incubadoras diversifican así sus
carteras y aumentan el valor de mercado de sus activos.
Sin embargo, existe el peligro de un intervencionismo excesivo. Se puede caer
en la tentación de obligar a los miembros del conglomerado a utilizar
los servicios de las afiliadas, generando así mercados esclavos.
El futuro de estos nuevos holdings parece estar en la especialización
dentro de un sector, y en la captación de mayores recursos, a través
de la salida a Bolsa, con los que aumentar el número de inversiones y
la velocidad de rotación de la cartera.
Los fondos de capital riesgo (Venture Capital)
Las empresas de capital riesgo tradicionales suelen entrar más tarde;
generalmente en la primera y
segunda ronda de inversión. Aquí
la compañía ya dispone de un producto y necesita recursos para
comenzar su fabricación, distribución y venta.
Los fondos de capital riesgo, al contrario que las incubadoras, no buscan la
integración de las empresas participadas. Apuestan por el equipo gestor,
no por la idea. Por lo tanto, en la mayoría de los casos evitan participar
en la gestión.
Los administradores de los fondos son gente experimentada que conocen las reglas
y se aseguran de ajustar la estructura de capital de las nuevas empresas para
obtener el máximo beneficio. Invierten su dinero con la voluntad de vender
los activos en el medio plazo (3 a 5 años). Su objetivo es la salida
a Bolsa de la nueva empresa y la venta de su participación, bien a sus
dueños originarios o a accionistas individuales o institucionales.
Pese a su entrada más tardía, el riesgo que asumen es elevado
y el retorno exigido también. En principio, requieren un crecimiento
del 50% anual.
Los gestores de los fondos no invierten su propio capital (exceptuando casos
como el de Softbank) sino que deben responder ante sus propios accionistas.
Por ello el dinero ha de ser invertido de forma rápida y constante.
Esto conlleva la búsqueda frenética de oportunidades de inversión
en un mercado en el que cada vez hay más participantes y menos negocios
estrella. Sin embargo, las prisas no son buenas aliadas de los inversores. En
su esfuerzo por ser el primero, en muchos casos los fondos se tiran a la piscina
e invierten cantidades desproporcionadas calculadas a partir de valoraciones
más que discutibles.
Sin embargo, el tremendo apetito de los inversores privados e institucionales
por los valores relacionados con el sector
tecnológico hacen que las
cotizaciones se disparen y los fondos todavía generen grandes beneficios.
Así, todos se quieren apuntar a la moda de los fondos de capital riesgo.
Desde millonarios cansados de su vida sedentaria hasta empresas e instituciones
tradicionalmente conservadoras como los fondos de pensiones, las universidades
y las grandes multinacionales. Compañías como Intel o Microsoft
realizan cientos de inversiones al año, y son rápidamente imitadas
por otras como Chevron, Nokia o General Electric.
No hay beneficio sin riesgo
El caso de General Electric es representativo del camino que toma la industria.
Esta compañía creó recientemente un nuevo fondo de capital
riesgo orientado a proporcionar financiación en las etapas iniciales
de desarrollo de nuevas compañías de Internet. Es decir, abandonó
su política conservadora consistente en participar en etapas avanzadas
de la financiación para buscar mayores retornos sobre el capital invertido
mediante la asunción de mayores riesgos.
Y es que la competencia por lograr las inversiones más rentables comienza
a ser asfixiante. Según un estudio
de PricewaterhouseCoopers, las inversiones de los fondos de capital riesgo
en Estados Unidos alcanzaron los 35.600 millones de dólares en 1999,
un 150% más que la cifra obtenida el año anterior. De esta cantidad,
el 90% se destinó a compañías relacionadas con la tecnología,
y el 56% (19.900 millones de dólares) a inversiones relacionadas con
Internet.
Según el mismo estudio, el terreno de lucha se extiende a nuevas áreas
geográficas. Durante el cuarto trimestre de 1999 sólo
el 38,7%
del capital invertido en Estados Unidos todavía tenía por destino
Silicon Valley.
Los ojos de los gigantes inversores norteamericanos se vuelven ahora hacia
Europa. Compañías como Terra salen a Bolsa en el Nasdaq y enriquecen
a los que apostaron por ellas. Parámetros como la diversidad lingüística
y la complejidad legal, fruto de la multiplicidad de países, disminuyen
la valoración de las compañías europeas, y permiten a los
fondos adquirir más capital a cambio de menos dinero.
Los fondos norteamericanos, además, tienen fama de agresivos. No se
piensan tanto las cosas y priman más la velocidad que la exactitud de
la valoración. Esto los hace más atractivos para los jóvenes
empresarios europeos.
Algunos de los fondos, como Kleiner Perkins Caufield & Byers (KPCB) o el
japonés Softbank rompen los moldes tradicionales. La primera participa
activamente en la gestión de alguna de las compañías en
las que invierte, y la segunda crea su propia incubadora, Hotbank, para invertir
en proyectos en fase embrionaria.
Y es que el apelativo de incubadora o fondo de capital riesgo no es garantía
de éxito. Hace falta tener flexibilidad y visión de futuro para
adaptarse a los cambios. Aunque eso signifique perder el nombre por el camino.