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¿Estamos ante al fin de la propiedad intelectual tal como la conocemos?

por Jose M. Guardia
30/03/2000 00:00 GMT+1

Ultimamente servicios como Napster, formatos como el MP3 y programas como cphack o DeCSS ponen sobre el tapete, quizás más claramente que otros, la incidencia de una nueva tecnología en sectores económicos que tienen una importante repercusión en la sociedad, en tanto que compuesta por consumidores. Me refiero, fundamentalmente, a las industrias discográfica, cinematográfica y la del software, que hunden sus cimientos en la propiedad intelectual e industrial.

Pues vive dios que esos cimientos están siendo realmente sacudidos, y a fondo.

Hasta ahora estas industrias han gozado de una posición de pseudo-oligarquía que les ha permitido exprimir sus activos hasta la médula sin que el usuario final pudiera hacer mucho más que limitarse a comprar o no un disco, una entrada de cine, o una cinta de vídeo. De hecho, están acostumbradas a ejercer un férreo control sobre la vida del producto, desde el principio hasta el final. Además, al estar el contenido indisociablemente unido al soporte (el celuloide, el disco, la cinta) podían vendernos una y otra vez lo mismo en diferentes formatos. Pero ahora la cosa cambia: una vez una canción en formato MP3 está en nuestro poder ello es con todas sus consecuencias, podemos almacenarla en el soporte que prefiramos (ordenador, reproductor MP3, minidisc, CD...) o transferirla libremente de uno a otro. Y lo que es más importante, no vamos a tener que preocuparnos por conseguirla de nuevo cada vez que se lance un nuevo soporte.

Así es hasta cierto punto comprensible que las discográficas estén algo más que nerviosas ante la perspectiva de que se les muera la gallina de los huevos de oro: a nadie se le esconde que el gran negocio que han hecho estos últimos años, mas que con los discos nuevos, ha sido con los recopilatorios y especialmente con las reediciones de discos antiguos que hemos corrido a comprar en sustitución de lo que los cursis llamaban 'microsurcos' que guardábamos como oro en paño por temor a que se rayaran. Lo grave es que en la mayoría de los casos hemos pagado el mismo precio que para las verdaderas novedades, cuando en realidad se trata de obras que en muchos casos estaban más que amortizadas y que hubieran seguido acumulando polvo en las estanterías de no ser por ese nuevo lanzamiento.

Visto así, ellos mismos se lo han buscado. El problema es que estamos entrando en un terreno enormemente resbaladizo, porque no se trata simplemente de que las discográficas reaccionen y, por ejemplo, pongan sus catálogos on-line y, en general, bajen los precios. Cualquier medida en este sentido sería absolutamente inútil: ante cualquier paso nuevo que den siempre habrá alguien que se encargará de hacer que acabe resultando inútil.

Y es que con ciertas iniciativas lo que se consigue, a la postre, es dinamitar la propia legitimidad de la propiedad intelectual, algo tan básico en una sociedad de libre mercado en la que, de algún modo, debe asegurarse que una obra, sea del tipo de sea, esté protegida. Y que lo esté en tanto en cuanto su creador -y sólo él- no decida lo contrario. Las tecnologías que citaba anteriormente, tanto las creadas con la mejor de las intenciones como las pensadas directamente para romper la funcionalidad de otras, comparten una misma característica: fomentan la piratería de forma más o menos descarada, por lo que dinamitan las bases de un sistema en el que todo autor, todo creador (sea una persona o sea una empresa) tiene todo el derecho del mundo a sacarle partido a aquello que ha creado o que, indirectamente, ha contribuido a crear. Como cualquier trabajador -y desde luego lo es-, un autor debe poder cobrar por su trabajo; en este sentido, no hay nada que haga diferente una canción y, pongamos por caso, un servicio prestado en un taller mecánico: ambos deben ser retribuidos o, mejor dicho, retribuibles siempre que lo quiera así su creador.

En todo este tema estamos viendo cómo se defiende o bien una especie de libertad mal entendida, o bien un mundo idílico en el que nada debe costar nada a nadie porque 'todo es de todos' (conmovedor: casi me puedo imaginar un mundo en el que cuando necesitemos alguna cosa -un par de zapatos, un kilo de manzanas, música, el consejo de un abogado- sólo tengamos que ir a por ella sin tenernos que preocupar de cosas tan banales como el precio que tiene y a cambio de qué es ese precio), o bien una especie de pseudo-anarquía que debe llevarnos a todos a luchar contra los poderosos, en virtud de un principio difuso que postula que no merecen tener lo que tienen.

Y ello se está haciendo con argumentos claramente demagógicos, cuando no directamente maliciosos; pero eso lo trataré extensamente en la columna de la próxima semana, en la que también veremos cómo esos argumentos se utilizan de forma absolutamente interesada para fines que no tiene nada que ver con la libertad ni con el respeto por el consumidor, como se nos quiere hacer creer.

Hasta la semana que viene.