¿A qué te dedicas? 'Soy una proveedora de contenido'. Este diálogo típico de una fiesta en el barrio de Internet neoyorquino Sillicon Aley demuestra que la información y el entretenimiento, en la era de Internet más que nunca, son tratados como una mercancía.
¿Es esto un efecto perjudicial de la época de excesiva comercialización que vivimos? No necesariamente. La progresiva invasión del afán de lucro en el sector de la información y el ocio puede ser positiva. ¿Acaso no es mejor el mecanismo de mercado en el que manda el poder decisorio de los consumidores, a la hora de dotar valor a un contenido, que la arbitraria e interesada Oficina de Censura o Prensa de los régimenes autoritarios de antaño?
El primero, el mercado, desde luego que es el mal menor; los consumidores pueden votar con los pies y favorecer mediante el gasto aquellas fuentes de información y contenido que prefieran.
Espejismo
Pero hay un espejismo que nos endulza excesivamente la idea del mercado como mecanismo de coordinación en el consumo de la información; la economía de los medios de comunicación no favorece a todos los ciudadanos por igual. Este es uno de los motivos por los cuales el estudioso de los medios de comunicación estadounidense Robert W. McChesney tituló su reciente libro 'Rich Media, Poor Democracy' (Medios de comunicación ricos, democracia pobre).
La cuestión pasa por la estructura de financiación de los medios. Veamos. ¿Quién paga realmente por la recopilación de información y la 'fabricación' de contenido?
En el caso de la televisión en abierto y la radio, la respuesta es clara como el agua; estos medios están financiados al 100% por la publicidad (y en algunos casos por subvenciones estatales). La prensa escrita, periódicos y revistas, por lo general, con la excepción de los gratuitos, adoptan un modelo de ingresos mixto. Aproximadamente, un tercio de los ingresos de estos medios son pagados por el lector y dos tercios por las empresas que los utilizan como soporte publicitario.
En las sociedades más desarrolladas económicamente se han popularizado tecnologías que permiten el desarrollo de contenidos más específicos y demandados por el consumidor final. ¿Cuál es la poco romántica condición? Que tenga el suficiente poder de compra para financiarlo. No es por azar que los pagos de los abonados suponen aproximadamente un 80% de los ingresos de los canales de cable. Lo mismo sucede con la televisión por satélite, donde la publicidad tiene un papel secundario en los ingresos.
Las alternativas de elección en el consumo de contenidos (hay varias televisiones de cable/satélite con más de 150 canales y un sinfin de publicaciones, revistas, pagadas) aumenta claramente con el poder económico del consumidor final.
Noticias que tienen vida propia
Si el consumidor no tiene poder de compra se tiene que dar por satisfecho con un flujo de información/contenido de 'arriba a abajo' (televisión en abierto, radio) con posibilidades de elección más restringidas. La supervivencia de estas empresas depende de los ingresos publicitarios y es pedir peras al olmo que estas compañías promuevan contenidos que se muestren críticos con su principal fuente de financiación.
En EE.UU. un porcentaje relativamente alto de medios está financiado por el consumidor final. Estos son medios,que permiten al consumidor elegir contenidos y, en algunos casos, interactuar como en el caso de Internet (que está mucho más representada en países de alto PIB per cápita).
Según Veronis, Suhler & Associates, un banco de inversiones estadounidense especializado en medios, el gasto del consumidor final supuso tres quintas partes del gasto en medios (incluyendo libros, películas, video y comunicación entre empresas) que hubo en EE.UU en 1998. Los dos quintos restantes fueron financiados por la publicidad. En 1987, el gasto del consumidor final sólo representaba la mitad del gasto total. Parece que con el mayor poder de compra adquirido en la última década, el estadounidense ha jugado un papel más activo en la elección, mediante el pago, de los medios que consume.
Un lujo exclusivo
Pero EE.UU es una excepción. En claro contraste, la publicidad es el mayor soporte de los medios de comunicación en los países de renta per cápita baja. En el mundo hispano y luso el porcentaje que absorbe la televisión en abierto, medio que el consumidor no financia a través de su pago, en la tarta publicitaria siempre es superior al
50%, mientras que en EE.UU esta proporción es menor al 30%.
En Internet, donde cada dia está más claro que el consumidor final no está dispuesto a pagar por contenido (el modelo de la televisión en abierto), también amenaza la sombra del poder publicitario como formador de contenido/opinión. A esta tendencia, se contraponen, sin embargo, las bajísimas barreras de entrada a la provisión de contenido a través de Internet que facilita la elaboración de una información más diversa.
En cierta manera la información es el bien más importante que tenemos, por que en función de ella tomamos decisiones de caracter social, político y, por supuesto, personal. Con semejante importancia. ¿Merece el carácter de la información cambiar en función del poder de compra del consumidor-receptor de ella?
Probablemente el consumo de información, que en su sentido amplio incluye la educación, sea el único sector dónde la existencia de una democracia económica es requisito fundamental para que exista la democracia política.
En este sentido, ¿no sería conveniente ampliar la propuesta del bono escolar con un bono/vale para el consumo de contenido para todos los ciudadanos, o al menos, para aquellos que no sobrepasen un nivel de renta predeterminado?
La administración otorgaría a cada ciudadano bonos que dan el derecho para consumir anualmente un amplio espectro de medios. Este bono supondría un apoyo decisivo para los intereses del consumidor final frente a los, frecuentemente contrapuestos, de los publicitarios a la hora de la elaboración de contenido que se realiza en los medios.