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La partición de AT&T, o Microsoft ante el espejo

por José Cervera
26/04/2000 00:00 GMT+1

Los estadounidenses la conocían como 'Ma Bell', pero el nombre oficial era 'Bell System'. Se trataba, según sus nostálgicos, del más eficiente y mejor sistema de telefonía pública del planeta, y era propiedad de una única empresa: American Telephone & Telegraph, AT&T. Durante casi un siglo fue el sinónimo de comunicaciones, un icono estadounidense, y también una ayuda vital para el gobierno en épocas de crisis (como las dos guerras mundiales).

AT&T formaba parte del mítico ¿American Way of Life¿ tanto como la Coca Cola, y aseguró durante generaciones la disponibilidad, calidad y accesibilidad del servicio telefónico en los EE UU. Además de convertir al país en el centro de las telecomunicaciones mundiales. Pero acabó desarrollando vicios de monopolio, y enervando al gobierno, que acabo con la más poderosa empresa del planeta. Aunque las semillas de la discrepancia aparecieron casi al principio de su existencia.

Al final de sus días la estructura era compleja; AT&T poseía el 99,82% de Western Electric, que suministraba todo el material (desde los cables a los teléfonos). A su vez AT&T tenía participaciones mayoritarias en 21 de las 23 compañías que operaban el servicio y controlaba desde la minoría las otras dos. El departamento de Larga Distancia de AT&T interconectaba entre sí a las 23 ¿Bell Telephone Operating Companies¿, y el departamento de servicios generales se encargaba de homogeneizar la gestión.

Los Laboratorios Bell, origen de inventos como el transistor o el láser, proporcionaban la investigación y desarrollo para todo el sistema. La gestión unificada aseguraba una calidad uniforme (y elevada), y mantenía la interoperabilidad de todas las partes. Los activos del Sistema Bell superaban en 1984 los 150.000 millones de dólares (de la época), y tenía casi un millón de empleados; era la empresa privada mayor del planeta.

Historia remota

Todo esto había comenzado casi a la vez que el propio teléfono; el origen remoto de AT&T fue Bell Telephone Company, fundada por Alexander Graham Bell y algunos familiares y amigos en julio de 1877, y cuyos activos principales eran la patente original del teléfono y un par de patentes relacionadas. Ese mismo año Bell Telephone ofreció estas patentes al gigante del telégrafo Western Union por 100.000 dólares. El presidente de Western Union rechazó la oferta, afirmando que su empresa 'no veía ningún uso para aquel juguete eléctrico'.

Así empezó una larga lucha comercial y legal entre ambas empresas, en el curso de la cual el naciente Sistema Bell llevó a juicio 600 violaciones de la patente del teléfono, y los ganó todos. Su éxito fue determinante en la configuración de la legislación estadounidense de protección de la propiedad intelectual; no iba a ser la última vez que la compañía jugara un papel vital en el desarrollo legal.

La siguiente fase se inició cuando se extinguieron las patentes Bell, entre 1893 y 1894. Para entonces ya había casi un cuarto de millón de teléfonos en los EE UU. Seis años después de la apertura de las patentes había 6.000 compañías telefónicas en aquel país. A lo largo del final de siglo XIX, y los primeros años del XX, la ya conocida como AT&T se fue afianzando en el extremadamente competitivo mercado de la telefonía.

En 1907 AT&T (sucesora de Bell Telephone) absorbió Western Union. Era la venganza histórica del Sistema Bell, y también marcó el inicio de los problemas de la compañía con las autoridades estadounidenses. La primera demanda gubernamental llegó en 1913, y finalizó en acuerdo; AT&T accedió a vender su negocio de telegrafía, y a apartarse de los puntos y las rayas. Para entonces ya era la telefónica dominante.

Consolidación, monopolio y regulación

Durante la década de 1920-1930 se fueron formando las 23 compañías locales que formaban la base del Sistema Bell en su apogeo; a base de fusiones y absorciones la competencia se fue reduciendo, hasta desaparecer. También en 1925 nacieron los Laboratorios Bell, orgullo tecnológico de AT&T.

Ya desde 1888 había un organismo regulador que vigilaba el negocio telefónico de larga distancia, pero durante todo este tiempo apenas había tenido relevancia. Esto iba a cambiar en la década de los 30; fueron los años de la Gran Depresión, y los estadounidenses, empobrecidos, no veían con simpatía a las grandes corporaciones.

En 1934 se aprobó la Ley de Comunicaciones, que reguló la industria e hizo nacer a la Federal Communications Comission (FCC); la némesis de AT&T. Al mismo tiempo el carácter de monopolio (basado en la idea del 'monopolio natural') quedó incorporado a la legislación, al igual que el principio del ¿acceso universal¿, acuñado por AT&T en su defensa.

Las relaciones del gobierno estadounidense con AT&T nunca volvieron a ser las mismas. a lo largo de años sucesivos los conflictos fueron constantes. En 1956 se llegó a un acuerdo respecto a las patentes generadas por os Laboratorios Bell, que desbordaban el ámbito de la telefonía en muchos casos. En 1974 el Departamento de Justicia demandó de nuevo a la compañía por violación de la legislación antimonopolio.

Pero la situación era ahora muy diferente. La aparición del transistor, los circuitos impresos y los ordenadores, junto a tecnologías como la transmisión por microondas o los satélites, habían cambiado las bases mismas del negocio. La distinción entre servicios de voz y de datos se desvanecía. Por estos resquicios se habían ido colando algunas compañías que ofrecían servicios limitados de telefonía; por ejemplo, MCI. El ambiente político también era distinto. Las previsiones para el monopolio telefónico estadounidense no eran buenas.

Tras un proceso extremadamente dilatado y doloroso (con abundancia de declaraciones melodramáticas por ambas partes), en 1982 la compañía y el gobierno estadounidense llegaron a un acuerdo. Era el fin del Sistema Bell.

Cortando por lo sano

El meollo del acuerdo era la partición de la compañía en 8 fragmentos: 7 ¿Regional Operating Bell Companies¿ (RBOCs), que heredaron el monopolio de las llamadas locales en sus respectivas áreas geográficas, y una compañía de larga distancia que conservó el nombre AT&T. Y no sólo el nombre; además se quedó con la división de fabricación de equipos y los laboratorios Bell. El acuerdo preveía que ni las RBOCs podrían entrar en el negocio de larga distancia ni AT&T podría acercarse al bucle de abonado hasta que la FCC hubiese declarado el correspondiente mercado como ¿suficientemente competitivo¿. Esta cuestión sigue siendo hoy día fuente de innumerables demandas y contrademandas judiciales.

El acuerdo, refrendado judicialmente, entró en vigor el 1 de enero de 1984. Ese día nacieron las 7 ¿Baby Bells¿, a saber: Pacific Bell, SouthwesternBell, Nynex y Bell Atlantic (hoy fusionadas), BellSouth y Ameritech. También arrancó la nueva AT&T como compañía especializada en larga distancia, en competencia con MCI (hoy WorldCom-MCI)y Sprint.

Entre las consecuencias más destacables del acuerdo, a casi 20 años vista:

-No se produjo la temida pérdida de empleo en el sector; de hecho aumentaron los puestos de trabajo totales, especialmente en márketing y ventas. AT&T (hijo) tenía 372.716 empleados en la ruptura, y 308.000 en 1998; pero entre Sprint y MCI se crearon casi 100.000 empleos. Por no mencionar las otras casi 400 compañías nuevas tan sólo en ese mercado.

-Las llamadas de larga distancia bajaron de precio un 75% entre 1984 y 1997. El número de llamadas se multiplicó; la ¿nueva AT&T¿ gestionó una media de 37,5 millones de llamadas/día laborable en 1984, mientras que en 1989 eran 105,9 millones de llamadas/día, y en 1999 270 millones.

Pero además el nacimiento de 8 nuevas y agresivas empresas dinamizó el mercado de las telecomunicaciones. Las compañías recién nacidas y sus competidores (donde los hubo) aceleraron el desarrollo e implantación de nuevos servicios, adquiriendo empresas en el proceso. Así AT&T compró en 1991 al fabricante de ordenadores NCR por 7.300 millones de dólares; en 1994 engulló a McCaw Cellular por 11.500 millones de dólares, extendiendo así su negocio de móviles.

En 1996 AT&T se dividió de nuevo, esta vez voluntariamente, dando a luz tres nuevas empresas: Lucent Technologies, fabricante de equipos, NCR, nuevamente liberada, y otra AT&T mas pequeña y enfocada a las telecomunicaciones exclusivamente. Esta vez los Laboratorios Bell acabaron en brazos de Lucent. La ¿novísima AT&T¿, a su vez, ha absorbido a un proveedor de llamadas locales a empresas y la segunda red de televisión por cable de los EE UU para afianzar su presencia local. Varias de las ¿Baby Bells¿ acabaron también fusionándose entre sí (Nynex/Bell Atlantic) o absorbiendo otras empresas (SBC/Pacific Telesis).

La consecuencia final es que el valor combinado de las empresas que un día formaron el ¿Sistema Bell¿ superaba a finales del pasado año los 850.000 millones de dólares, en comparación con la capitalización bursátil de AT&T en 1983: 59.000 millones de dólares. Un accionista que hubiese mantenido sus participaciones habría obtenido un retorno del 1.300%.

¿Un espejo deformante?

Muchos analistas argumentan que la situación de Microsoft es muy diferente. Sus razonamientos apuntan a que las dos empresas no son comparables, como tampoco lo son sus mercados, y también subrayan las consecuencias perniciosas de la acción gubernamental. La acusación, sin embargo, es muy similar: utilizar su dominación de un mercado concreto para hacerse con otro relacionado. Y no falta quien trata de estimar, más o menos a ojo, el posible valor de un Microsoft dividido.

Si bien las diferencias están claras, también es cierto que el éxito (para consumidores, accionistas y EE UU en general) de la partición de AT&T está detrás del impulso de dividir Microsoft. ¿Será el viejo monopolio telefónico un cristal lo bastante claro como para ver el futuro de la empresa de Bill Gates?