Si creemos a quienes siguen afirmando sin desfallecer que Internet es más importante que la Revolución Industrial (sí, toda junta) tendremos que concluir que el anuncio de la ministra de Ciencia y Tecnología española, Anna Birulés, tras el Consejo de Ministros de la pasada semana es más importante que la llegada del hombre a la Luna... o lo hubiera sido de haber llegado hasta las últimas consecuencias.
En todo caso, el que cualquier hijo de vecino con su línea telefónica de toda la vida, pueda acceder a Internet durante las noches y los fines de semana a un precio fijo y -todo hay que decirlo- bastante razonable, quizás no sea la panacea para todos nuestros males internáuticos. Pero por lo menos es un paso en una dirección (hacia la tarifa plana de 24 horas, 7 días a la semana) a la que no tardaremos en llegar... aunque difícilmente sea por la red telefónica básica, es decir, la que usamos para la mayoría de las llamadas.
Cuando lleguemos a ese nirvana, conectados a Internet sin ningún tipo de limitación y sin estar mirando constantemente el reloj, será a través de los nuevos sistemas de acceso, que no sólo evitarán posibles colapsos sino que además dispondrán de una mayo velocidad. ADSL (no es broma, no; piensen que empieza a ser ofrecido por otros operadores y no sólo por el dominante, así que quizás se convierta en una realidad y deje de ser una verdadera pesadilla), el enlace fijo por radio (cuya concesión sí supuso la apertura del bucle local, y no la decisión tramada también en el último Consejo de Ministros, como tantas veces se ha dicho estos días), y el cable (si algún día llega la instalación cerca de alguien...). Habría también que incluir el satélite (si no fuera por que
sólo es económico si el retorno se hace por línea telefónica, con lo que estamos en las mismas).
Me explicaré, si me lo permiten, con una comparación; así que les ruego que imaginen la siguiente escena:
Muchos de ustedes habrán ido en alguna ocasión a un restaurante de tipo buffet libre, es decir, en el que el pago de una cantidad fija da derecho a comer todo lo que se desee. Quizás hayan reparado, mirando a su alrededor, en que suele haber dos tipos característicos de cliente: el comilón, que acumula expediciones a las bandejas donde está la comida, regresando siempre con su plato lleno a rebosar, y que quizás no haya desayunado esa mañana -y quizás tampoco cenado la noche anterior- para tener así más espacio vacío en el estómago. Suele aprovechar tanto la posibilidad de atiborrarse sin pagar por cada plato que engulle, que hacia el final del festín no sólo suele ir con el cinturón desabrochado sino que, si se fijan, la piel de su rostro va adquiriendo ese tono verdoso inconfundible que precede a una indigestión. Pero todo sea por aprovechar...
El otro grupo de clientes está formado por todos los demás: personas que no cometen excesos al comer, y también las abuelitas y los niños que casi no prueban bocado. Unos y otros pagan la misma cantidad que los anteriores, pero evidentemente no siempre consumen lo que cuesta el buffet.
Desde el punto de vista del propietario del restaurante, la gracia está en fijar un precio que tenga en cuenta ambos tipos de clientes: nunca tan bajo como para perder dinero ni tan alto como para resultar caro. Sea cual sea la decisión, lo que sí está claro es que el segundo grupo acaba pagando, de una manera o otra, lo que acaba zampándose el grupo de comilones. Y para redondear el asunto,
el lugar en el que están instaladas las bandejas del buffet suele ser relativamente pequeño, de modo que si muchas personas van a la vez a rellenar su plato, se forma un embotellamiento que hace difícil moverse.
Bien, ya está. ¿Se lo han imaginado? Pues exactamente eso es la tarifa plana por la Red Telefónica Básica.
Todos a jugar...
Suele decirse que la red telefónica tradicional no está pensada para la transmisión de datos, sino sólo para comunicaciones de voz, porque el teléfono sólo 'entiende' de sonidos. Entonces, ¿para qué se inventó el módem?
El problema no es éste, sino el hecho de que las comunicaciones de voz son infinitamente más breves, como promedio, que las de datos. Si no recuerdo mal, en España la media de utilización para llamadas de voz es de unos 12-13 minutos diarios, y en los EE.UU. de alrededor de una hora. La red telefónica básica está pensada para este nivel de uso, y no es tan sencillo hacer que, de la noche a la mañana, pueda soportar una tasa de utilización mucho mayor. Y esto es lo que ocurriría si se implantara una tarifa plana sin límite: sin duda alguna, el internauta promedio se conectaría a la Red durante mucho más tiempo, a pesar de lo que digan los defensores de aquélla. Si no fuera así, ¿para qué se pide, entonces? Dicen los 'Caballeros' de la Tarifa Plana que el hecho de que la televisión emita 24 horas al día no hace que la gente vea más televisión: dejando de lado lo discutible de la afirmación, lo cierto es que esos mismos 'Caballeros' saltan ufanos cada vez que se publican estudios que indican el trasvase de audiencia televisiva hacia Internet, porque claro, la televisión es un medio tan pobre comparado con la Red... No es de recibo
decir que la tarifa plana no aumentaría el tiempo de conexión a Internet, porque se pide precisamente para que, sin que nos cueste más dinero, podamos estar conectados durante más tiempo.
Y eso es exactamente lo que ocurre en los países europeos en los que ya funciona lo que Víctor Domingo, el presidente de la Asociación de Internautas, en feliz expresión ha bautizado como tarifa ondulada. El uso de Internet se dispara. Y cuando se han llevado a cabo pruebas de tarifa verdaderamente plana, han tenido que interrumpirse debido a la enorme saturación que provocaban y que impedía que nadie accediera a la Red. Cierto es que esta saturación siempre se puede solucionar invirtiendo cantidades ingentes en infraestructura, pero no acabo de ver la lógica en el hecho de que los operadores tengan que invertir grandes cantidades para algo que les va a hacer perder negocio... y que además va quedar obsoleto dentro de nada.
El ejemplo de los EE.UU. y otros países con tarifa plana
Cuando se habla del paraíso, los internautas suelen pensar en los Estados Unidos, donde desde siempre las llamadas locales, incluyendo las de conexión a Internet, son gratuitas. Los titulares de una línea de teléfono sólo tienen que pagar la cuota mensual y las eventuales llamadas a larga distancia, y por ello el uso del teléfono es enormemente popular: entre otras cosas, es lo que ha creado esa imagen tan habitual en las películas en la que un adolescente se pasa el día pegado al auricular charlando con sus amigos sobre quién va a llevar a quién al baile de graduación, de qué color va a ser el vestido de la chica, y a quién va a pasar a buscar primero la limosina.
Pero mucho me temo que esta situación, envidiable si quieren, no ha sido tan exenta de problemas como se nos quiere hacer creer en ocasiones. Se trata de algo que viene dado por la tradición, hasta diríamos que por la idiosincrasia, de un país acostumbrado a pagar una cantidad fija para obtener algo sin restricciones: desde el café en los restaurantes (los camareros paseando entre las mesas, con un recipiente lleno de ese brebaje que ellos llaman café, ofreciendo llenar la taza una y otra vez), hasta el propio uso del teléfono. Pero esto último, que se generalizó a medida que se fueron automatizando las centrales telefónicas, ha ocasionado verdaderos dolores de cabeza a lo largo del tiempo a las compañías de telecomunicaciones, obligadas a incrementar su infraestructura a velocidades de vértigo para evitar colapsos. Tanto es así, que en los años 70 se llegó a plantear un cobro por consumo medido, como en Europa, pero fracasó ante la oposición de quienes consideraban las llamadas locales gratuitas como un derecho adquirido, que no podía retirarse a sus ciudadanos. Vamos, tan básico e imprescindible como el derecho a poseer (y usar) armas de fuego, o de freír en la silla eléctrica a cualquiera que tenga pinta de ser culpable (normalmente negro o hispano) tras un proceso muchas veces más bufo aún que los que se celebran en tantas facultades de Derecho para diversión general de los estudiantes.
Lo cierto es que la tarifa plana de acceso a Internet existe en los EE.UU. principalmente por inercia y, sí, ha provocado más de una caída del sistema telefónico general en estados enteros debido a la saturación. Es razonable pensar que, de haber tenido la oportunidad de empezar desde cero, también en aquél país se habría implantado
la facturación por consumo; la prueba está en que eso es lo que ha ocurrido con la telefonía móvil celular.
Además, como siempre ocurre en esta vida, nadie regala nada; todo, hasta lo gratuito, acaba pagándose de un modo u otro. Los norteamericanos saben, y asumen, que lo que dejan de pagar en llamadas locales lo están pagando mediante el intrincado sistema de facturación de llamadas a larga distancia. Aunque parezca increíble, el sistema telefónico estadounidense se basa en un complejo entramado de cobros cruzados y de costes de interconexión entre las empresas que ofrecen los diferentes tipos de llamadas (locales y de larga distancia). Sirva como nota folclórica que las empresas de larga distancia recaudan todavía impuestos que se crearon para ayudar a sufragar nada menos que la guerra de Cuba de 1898 contra España, o cobran cantidades fijas mensuales en concepto de mantenimiento de los servicios telefónicos de urgencias (policía, bomberos, ambulancias), de las guías telefónicas, o para sufragar el servicio telefónico en todo el territorio. Es decir, lo que aquí muchos critican diciendo que 'en los Estados Unidos no ocurre, así que aquí no tiene por qué ocurrir', y lo dicen porque probablemente jamás hayan visto una factura de alguna compañía telefónica de aquél país, ocupados como están criticando a los monopolios o ex-monopolios telefónicos nacionales.
Un ejemplo más cercano y que nadie cita lo tenemos en Italia, donde las llamadas locales eran gratuitas hasta hace 20 ó 25 años, ciertamente una época en la que aún nadie pensaba en Internet. Este hecho provocaba tal avalancha de llamadas y de tanta duración (por ejemplo, muchas parejas adolescentes dejaban el teléfono descolgado
toda la noche para tener la impresión de que dormían juntos, aunque presumiblemente sólo podían oír los ronquidos del otro) que tuvo que habilitarse una versión prehistórica de la ahora popular 'llamada en espera': si uno quería hablar con una línea que estuviera ocupada, se llamaba a la compañía telefónica para que una operadora se 'colase' en la conversación y avisara que alguien estaba intentando ponerse en contacto. Seguro que era una fuente inagotable de anécdotas jugosas para las telefonistas, pero esta fuente se secó cuando se decidió que las llamadas locales dejaran de ser gratuitas, lo que consiguió que se redujera el tiempo que los italianos ocupaban la línea telefónica.
En cualquier caso, si eso ocurre con la voz, lo mismo (pero más) pasa con Internet: así que, hasta que no existan los sistemas de acceso alternativos a la línea telefónica convencional, difícilmente vamos a poder disponer de una tarifa plana sin restricciones. Pero tranquilos, ya falta poco...