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Agua, música online y lamentos injustificados

Las cinco grandes discográficas del mundo se quejan un día sí y otro también del daño que les está causando el intercambio gratuito de canciones en Internet. Sus quejas reiteran que, a día de hoy, cualquier persona con un módem, una grabadora y la suficiente pericia navegando puede fabricarse su propio disco en apenas una hora.

Ésta es la circunstancia que alegan las compañías de discos para justificar la caída en las ventas de CDs durante 2001. Ya nada es igual. Los tiempos dorados en los que a la gente no le quedaba más remedio que ir a una tienda si quería hacerse con el último trabajo de su artista favorito pasaron a mejor vida. Internet, definitivamente, ha cambiado el sector de la música.

En lo que no repara ninguna de las compañías afectadas por el fenómeno imparable de la piratería es que este problema tiene, a priori, una solución más sencilla de lo que parece. No hay nada más que bajarse al supermercado y echar un vistazo a los productos diseminados por las estanterías.

Entre panes de molde, yogures y tomates, cualquiera podrá comprobar cómo, invariablemente, sea en una tienda de Madrid o una de Mallorca, existe un espacio dedicado a la venta de agua. ¿Incluso en Madrid, que puede presumir de poseer una de las de mayor calidad de España? Pues sí, hay gente dispuesta a dejarse dinero en una botella. Un estudio encargado por Font Vella revelaba que en España se beben unos 81,7 litros anuales por persona de agua envasada. Ahí es nada.

La demanda de agua embotellada también es perceptible en cualquier oficina con máquina expendedora de refrescos y agua. La mayoría de los empleados no pone ningún reparo a la hora de gastarse 30 céntimos en una botellita de 33 cl. Si, como tantas veces se dice con Internet, la gente no está dispuesta a pagar por lo que puede conseguir gratis, ¿por qué no adquiere una sola botella para rellenarla en el grifo posteriormente? Vendría a ser lo mismo.

El nulo reparo que ponen las personas a comprar agua pudiéndola conseguir gratis demuestra algo que las discográficas deberían tener muy en cuenta a la hora de vender sus catálogos online: las páginas en las que pueden descargarse canciones gratuitas pueden convivir perfectamente con las plataformas \’legales\’ sustentadas por las casas de discos. Sólo es necesario comercializar un buen producto.

El ejemplo del agua es perfectamente extrapolable al de la música online. El agua es gratuita (en el trabajo sí, en casa no, aunque su coste es mínimo comparado con el de la luz, el gas o el teléfono) y en Internet pueden conseguirse discos gratis. Incidiendo en la idea, en el mundo real la gente compra agua pesar de tenerlo fácil para conseguirla gratis, mientras que en Internet existen webs de música por las que no hay que pagar y otras en las que es necesario abonar una cuota mensual por obtener el mismo producto.

¿Todo igual? No

Pero las similitudes devienen en diferencias cuando se profundiza un poco en la cuestión. Al tiempo que las compañías que comercializan agua han conseguido obtener suculentos ingresos, las plataformas musicales en Internet apenas han atraído a 100.000 suscriptores en nueve meses. ¿Por qué?

Compañías como Font Vella han gastado miles de euros en promocionar sus productos en radio, prensa y televisión. Su publicidad utiliza reclamos como \”Cuídate estés donde estés\”, u otro tipo de eslóganes similares que tratan de hacer calar la idea de que ese agua es más saludable que la que puede obtenerse del grifo: tratan de dotar a sus productos de una cualidad especial. A esto se añade que, por ejemplo, si estás en el trabajo, el agua del lavamanos no está a la misma temperatura que la que adquieres en la máquina. Todos estos valores añadidos son los que, al final, contribuyen a que se vendan botellas de agua.

Y es precisamente en la carencia de valor añadido donde las plataformas legales encuentran el mayor obstáculo (colocados por ellas mismas, por cierto). Cualquier persona que trate de suscribirse a alguna de los dos canales de venta de música que han desarrollado las cinco discográficas más importantes del mundo (Universal, BMG, EMI, Sony y Warner) lo primero que se lleva es una tremenda desilusón. En primer lugar porque desde España es imposible abonarse. Hace nueves meses Baquía.com trató de suscribirse a MusicNet, petición que fue rechaza por no proceder de Estados Unidos.

En segundo lugar, MusicNet y PressPlay no ofrecen nada nuevo que no pueda conseguirse gratis. Más bien, hacen todo lo contrario: los suscriptores a MusicNet no tienen acceso al archivo discográfico de las compañías Universal y Sony, donde graban músicos como Bruce Springsteen, James Taylor o las famosísimas Las Ketchup. Al mismo tiempo, los clientes de PressPlay no pueden disfrutar de las canciones que están en manos de EMI, BMG, Zomba y Warner. Se trata, por tanto, de programas limitados en contenidos. ¿Compraría una botella cuyo agua se ha obtenido directamente del grifo?

En tercer lugar, tanto MusicNet como PressPlay apenas han dedicado dinero a publicitarse. Tampoco los programas piratas, pero es que éstos no lo necesitan: con el boca a boca es más que suficiente. Napster, por ejemplo, no gastó un dólar en contratar publicidad, porque su gratuidad era el mejor reclamo.

En cuarto lugar, aparece el fenómenos de la \’invisibilidad\’, consecuencia directa del punto anterior: apenas nadie sabe que existen estos programas de música legal lanzados por las discográficas.

Deberes por hacer

Algunas de las posibles solucines para hacerse un hueco en un sector que, a día de hoy, está atravesando una crisis de la que le costará salir si no reacciona rápidamente serían:

1.- Lograr una gran alianza que uniera a Universal, BMG, EMI, Sony y Warner. La variedad es uno de los requisitos principales que exigen los usuarios a condición de dejarse parte de su sueldo por comprar música en la Red. Las principales productoras cinematográficas han logrado ese consenso, ¿por qué no se fuman la pipa de la paz las discográficas?

2.- Permitir que los temas por los que pagan sus clientes queden en sus manos… para siempre. Hechos como que desaparezca el fichero un mes después de su adquisición, que sólo puedan escucharse en un ordenador o que sea imposible grabar lo que se baja (y se ha pagado) o escucharlo en reproductores de MP3 es, ciertamente, un error letal.

3.- Dejar de destinar dinero (aunque sea indirectamente, a través de la RIAA) para cubrir los juicios que tienen entablados con los programas que distribuyen canciones gratuitas (Napster, AudioGalaxy, StreamCast…). Si emplearan esos dólares en mejorar sus programas, otro gallo les cantaría.

4.- Dotar a sus productos de una serie de valores añadidos que sirvan de anzuelo para que piquen los internuatas. Caras B, vídeos exclusivos, descuentos en entradas, grabaciones de conciertos limitadas, serían sólo alguno de ellos.

Ninguno de los tres puntos parece que vaya a cumplirse a corto plazo. Las discográficas siguen yendo a su rollo mientras la piratería continúa provocando un agujero de proporciones que, aunque aún no son preocupantes ni escandalosas, sí pueden generar muchos problemas a medio plazo.

Se ha dicho muchas veces, aunque parece que no está de más repetirlo: a las discográficas les ha pillado el toro de Internet. En su mano está levantarse, reflexionar, coger el capote y entrar a matar. Las cosas ya no son lo que eran, por mucho que les pese.


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