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América Latina: ¿actor de la Nueva Economía o espectador condenado?

Hoy, aquí en América Latina, coexisten un declive en el entusiasmo por Internet y las Nuevas Tecnologías –hay que tener en cuenta que algunas revistas especializadas desaparecieron o cambiaron de nombre, que se desinflaron los presupuestos millonarios en relaciones públicas y publicidad, así como las empresas puntocom que estaban detrás de ellos– con una sensación de alegre pasividad de muchos que se sienten contentos porque todas las grandes empresas tienen Internet, usan bases de datos y sólo queda que el Estado y la pequeña empresa terminen de informatizarse y conectarse, lo que les conduce a afirmar: “tarea cumplida, nos encontramos en la Nueva Economía”.

Esta idea es un autoengaño. El ambiente confuso lleva a eso. Lo lamentable es que la riqueza de la Nueva Economía (Sociedad o Economía de la Información) no llegará. El motivo es sencillo: nos estamos comprando el espectáculo de luces producidos por el estallar de la pólvora, pero no tenemos el control de ella. En otras palabras, en América Latina algunos podrán sentirse inmersos o encontrarse en el camino que lleva hacia la Nueva Economía, pero sus patrones de producción de valor continúan inalterables. Contar con Internet o tener más computadoras no nos inserta necesariamente en ella. Esto hace peligrar las propuestas que puedan desarrollar los gobiernos ante una falta de atención de la comunidad y el empresariado, ya que sus objetivos pueden terminar dirigiéndose a saber cómo de conectados se encuentran sus ciudadanos, cuánto poseen de e-gobierno o el número de escuelas conectadas. Y nada más.

Pero lo fundamental, la creación de conocimiento y manejo de información como fuente de riqueza, queda a un lado. Por supuesto que parte de la culpa de esta confusión, compartida entre empresas y gobierno, se encuentra en la desconfianza que generó la crisis internacional del sector Nuevas Tecnologías y el desplome de la economía norteamericana, cuyo anterior crecimiento se suponía apalancado por el impulso tecnológico. La verdad es una: sí, la famosa burbuja de Internet se desinfló y muchas empresas del sector cayeron, sobre todo después del 11 de setiembre. Pero toda esa crisis, que algunos interpretan como el fin de un ciclo de crecimiento en los Estados Unidos, no significó que el mundo dejara de moverse. Porque se movió y movió, y la tecnología se instaló de manera silenciosa en muchas empresas, aceleró y optimizó procesos, pero la mayoría se fijó sólo en la caída de los grandes nombres, en cómo el sector que había generado el cambio se desinflaba. Y lo peor es que dejamos de percibir lo que en la actualidad está sucediendo.

La riqueza de la Nueva Economía no llegará a América Latina

Nos están faltando ojos para reconocer que la Nueva Economía y su modelo de creación de valor está definiendo a sus actores más importantes. Para evidenciar esta idea sólo hace falta tomar un ejemplo del pasado. Las Nuevas Tecnologías tienen mucho de parecido con el nacimiento de la industria del automóvil. A fines del 1800, después de su invención, el auto era un artículo de lujo, poco fiable y casi siempre construido en talleres que llevaban el nombre del propietario. Incluso por aquel entonces cualquiera podría haber construido uno en su patio trasero. Ya que existían inversores interesados ávidos de ganancias y las posibilidades de hacer fortuna eran muy buenas, se produjo una fiebre de fabricantes. Henry Ford por ejemplo, quien trabajó algún tiempo para Edison, construyó un prototipo en la cocina de su casa. Poco después se desligó de la empresa de luz del gran inventor y se asoció con algunos empresarios, estableciendo Ford Motor Company. Sin embargo, Ford no sería Ford si no hubiera industrializado la producción del automóvil gracias a la creación del un modelo estándar y a un sistema de ensamblaje que facilitaba su fabricación, consiguiendo automóviles fiables y al alcance de las masas.

Finalmente la industria se decantó y quedaron solo los grandes, primero Ford y luego General Motors fabricando coches para diversos tipos de consumidor. Uno creó un mercado, el otro ayudó a consolidarlo y hoy en día ambos siguen siendo pesos pesados del sector. A comienzos del siglo XX, cualquier técnico o ingeniero en cualquier parte del mundo, por ejemplo algún mexicano o brasileño, era en potencia un futuro empresario de la industria del automóvil, pero a medida que pasó el tiempo las posibilidades se redujeron cada vez más hasta desaparecer.

Actualmente, Brasil y México producen grandes cantidades de vehículos para exportación en plantas de última tecnología, pero esto se debe a una mano de obra barata. Las herramientas de robótica que usan los obreros proceden de países más desarrollados, al igual que los diseños, ingeniería y las marcas de los autos que producen. No esta de más decir que los beneficios generados por la venta de estos coches no se quedan en esos países. Toda industria pasa por aquel ciclo –entusiasmo o moda donde muchos quieren ingresar a un terreno que estiman productivo–, a lo que se añade el ánimo de inversores deseosos de obtener jugosos ingresos, lo que les motiva en muchas ocasiones a invertir con desorden en todo tipo de iniciativa. Después del entusiasmo general, que a veces se vuelve desmedido, se produce una crisis quedando sólo quienes tienen una mayor cuota de mercado, tecnologías fiables y el temple para soportar crisis externas. Posteriormente llega la fase de consolidación local, y finalmente la expansión a nuevos mercados.

El proceso de maduración de las Nuevas Tecnologías empezó en abril del 2000. No se trata únicamente de una maduración financiera, sino también está basada en quienes ofrecen herramientas o tecnologías significativas y, por lo tanto, realmente comercializables. Van quedando los grandes de la industria, quienes luego de afirmar posiciones en sus territorios de origen, pasada la crisis, buscarán iniciar o consolidar su expansión internacional. Las grandes industrias sólo existen gracias a los grandes mercados, e Iberoamérica es uno muy grande El reto inmediato debería consistir en crear innovación y, simultáneamente, consumidores para esa innovación local. De lograrse este reto, las ganancias no migrarán. Para llegar a ello, primero debemos reconocernos como el mercado predominante para cualquier iniciativa que tengamos antes que pensar en mercados externos.


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