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Ataque a EEUU: Las secuelas, una semana después

Siete días después, y la vida va volviendo a la normalidad. Los mercados encajan como pueden el traumático evento, la sociedad trata de recuperar el pulso y el mundo contiene el aliento a la espera de la continuación; nadie piensa que el ataque del 11 de septiembre vaya a quedar sin respuesta. Después de que la vuelta de las bolsas EEUU se superase sin demasiados traumas el pasado lunes, ayer los mercados consolidaron la bajada sin profundizarla excesivamente. Tras una relativa recuperación durante el día el NYSE y el Nasdaq empezaron a caer a la tarde, cuando operan los grandes brokers y bancos de inversión; pero no mucho. El índice Dow Jones bajó un 0\’3% y quedó en 8.903; el Nasdaq bajó un 1,6% y cerró en 1.555. Las empresas, mientras, utilizaban la relajación de normas propiciada por las autoridades para engordar sus autocarteras, lo cual frenó las caídas.

Como es lógico los viajes, el turismo y todo lo que con ello tenga que ver han sido un festín vendedor. Así que un sector de cibertiendas, que al menos ingresaba dinero, y las agencias de viajes, han sido arrasadas. Expedia ha anunciado que sus ventas han caído a la mitad desde el ataque del 11 de septiembre, y Priceline (que depende de los billetes de avión) se ha desplomado un 24%. Según Blodget sus ventas caen un 70%.

Aunque peor están las aerolíneas, que han tenido que recurrir a pedir ayuda al gobierno para evitar la quiebra. Y no saben si la obtendrán.

Entre los más inesperados afectados están los videojuegos, que tantos periodistas y políticos han intentado culpar estos días, de alguna manera. El previsible retroceso en el consumo doméstico les hará daño.

En cuanto a la tecnología en general, la cosa está clara: nadie tiene ni la más remota idea de qué va a pasar. Algunas tecnologías concretas, como la videoconferencia (como alternativa al viaje de negocios) y todo lo relacionado (aunque sea de lejos) con la seguridad, se han disparado. Hay quien opina que esto tirará del resto del sector hasta sacarlo de la reciente abulia. En cambio otros, como Oracle, opinan que irá a peor; y hay quien cree que el efecto será mínimo. Lo cual implicaría la continuación de la miseria reinante antes del desastre.

Y, cómo no, los signos de histeria empiezan a aparecer también el mundo de la tecnología. Las autoridades EEUU, por ejemplo, sospechan de los teléfonos móviles desechables (aún inexistentes), ya que serán más difíciles de interceptar. No como los de prepago, que sí existen en los Estados Unidos (aunque al FBI le gustaría que no). Nuevas leyes se aproximan para evitar el riesgo de que la NSA o la policía no puedan escuchar las conversaciones de futuros terroristas, por más que esa capacidad poco ha hecho para evitar los ataques. Naturalmente la potestad de escuchar, y leer, todo lo que el mundo diga y escriba ha de ser preservada con leyes antiencriptación, cuyo paso por el Congreso se espera sea muy rápido gracias al clima bélico generado; la mayoría del pueblo ya lo pide. No importa que según todos los analistas el problema de la Inteligencia estadounidense no es la encriptación, sino la falta de espías humanos. Tampoco que la encriptación pueda usarse como arma contraterrorista importante. El caso es que todo mensaje pueda ser leído, por ley. La histeria es lo que tiene; obnubila la razón. Véase, si no, cómo el FBI \’aún\’ no ha encontrado ninguna relación entre la última plaga (el gusano \’Nimda\’) y los ataques terroristas. Tampoco con las mareas, pero todo el mundo tranquilo: están en ello.


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