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Biotecnología en India: la semilla de una revolución

Kiram Mazumdar siempre ha sido una mujer fuera de lo corriente. En la década de los 70, decidió seguir los pasos de su padre, maestro cervecero, y convertirse en la primera mujer india capaz de elaborar cerveza. Para ello tuvo que emigrar a Australia y completar allí sus estudios. De vuelta a su país, se encontró con la imposibilidad de ejercer su profesión en un sector, como tantos otros aspectos de la sociedad india, eminentemente machista.

Lejos de desanimarse, en 1978, con un presupuesto inicial de 10.000 rupias (menos de 200 euros) y sin ninguna experiencia empresarial, Kiram fundó Biocon en un garaje de la ciudad de Bangalore. Aprovechando sus conocimientos en microbiología, comenzó a destilar y vender a una compañía irlandesa enzimas que extraía de pescados y frutas tropicales. Actualmente, Kiram es la mujer más rica de la India, y la cotización bursátil de su empresa, que ahora se extiende en un campus de 32 hectáreas, ronda los 900 millones de euros.

Biocon fue la pionera en el desarrollo de una industria que quiere convertirse en uno de los pilares de la modernización de la India. Hace sólo cuatro años, apenas existían en ese país una docena compañías dedicadas a la biotecnología. Actualmente son más de cien, entre las que destacan nombres como Shantha Biotechniques, Avesthagen Gengraine, Panacea Biotech o Nicholas Piramal. Según el informe Global Biotechnology Report 2004 de la consultora Ernst & Young, la India se sitúa entre las doce primeras potencias del mundo en este terreno, por delante de países como Japón, Taiwán o Corea del Sur.

Las expectativas para el sector son indudablemente optimistas, con un crecimiento exponencial durante los próximos cinco años. Se trata de una industria que en el año 2002 facturó 150 millones de dólares y 500 millones en 2003, y se espera que crezca hasta los 1.500 millones en 2007 y los 4.500 millones en 2010. El personal dedicado a investigación y desarrollo en las empresas de biotecnología indias ha crecido un 74% en los dos últimos años. Actualmente, la industria da empleo a alrededor de 10.000 científicos e investigadores. De acuerdo a las previsiones de Ernst & Young, el sector creará un millón de puestos de trabajo durante los próximos cinco años.

Valiosos aliados

En el sector farmacéutico tradicional, el coste de lanzar un medicamento al mercado se estima entre 500 y 800 millones de dólares, y conlleva una inversión de diez años de trabajo. Con estos elevados costes, sólo los medicamentos de venta masiva hacen sostenible el sector. Pero a medida que los medicamentos dejan de estar protegidos por la exclusividad de las patentes, las farmacéuticas se enfrentar al desafío de mantener la rentabilidad en un mercado abierto a la competencia de los precios. Ante este panorama, la supervivencia pasa por la especialización en una enfermedad específica o en un área tecnológica concreta, al tiempo que se subcontratan otros procesos relacionados con la investigación.

Aquí es donde las empresas biotecnológicas indias están encontrando una oportunidad única. En la actualidad, una cuarta parte de ellas investiga conjuntamente con empresas punteras de todo el mundo. Biocon, por ejemplo, trabaja en colaboración con gigantes como GlaxoSmithKline o AstraZeneca. Y al igual que sucede en el sector IT, la abundancia de profesionales altamente cualificados y los costes muy inferiores a los occidentales convierten a las empresas indias en un incomparable aliado.

Resultados, ya

En el año 2025, los biomedicamentos (drogas de diseño, genéticamente manipuladas) habrán reemplazado el 70% de los tratamientos médicos convencionales actuales. Sin esperar tan largo plazo, el impacto de la biomedicina es ya palpable en India. Por ejemplo, en 1997, Varaprasad Reddy, un ingeniero conmocionado por el hecho de que India no pudiera prestar la mínima atención sanitaria a sus propios ciudadanos, fundó la empresa Shantha Biotechniques en Hyderabad. Con la ayuda del Centro de Biología Molecular y Celular, desarrolló en sus laboratorios una vacuna contra la hepatitis B, comercializada como Shanvac. Antes de su lanzamiento al mercado, esta vacuna debía ser importada y el precio de una dosis rondaba las 800 rupias (14 euros). Actualmente, la vacuna cuesta 40 rupias (menos de un euro) y ha salvado millones de vidas en el país.

Si la India se ha beneficiado de sus biomedicamentos, también lo han hecho otros países, ya que el 60% de la producción se destina a la exportación. De hecho, esta es una de las principales fuentes de financiación del sector. A medida que los medicamentos en el “primer mundo” se liberan de las patentes (es decir, pueden ser producidos por cualquiera), la India se prepara para comercializar sus genéricos producidos biotecnológicamente. Por ejemplo, el mercado mundial de la insulina se estima en 3.000 millones de dólares; Biocon tiene previsto lanzar un tratamiento revolucionario para combatir la diabetes, y de paso situarse como una de las 10 primeras empresas biotecnológicas del mundo.

Pero más allá de la copia sistemática y la producción masiva, el desafío al que esta industria debe enfrentarse es el de la innovación. Aquí los avances son lentos: no es fácil exigir resultados rápidos a una industria que se caracteriza por largos periodos de gestación (se estima que el periodo medio de investigación y trabajo para lanzar al mercado un producto innovador es de cinco años), por lo que hasta hace poco, las empresas de capital indias han dado la espada a este sector. Esta situación ha ido cambiado en los dos últimos años, con inversiones en el sector biotecnológico (fundamentalmente de capital privado, aunque también con el apoyo del sector público) rondando los 2.000 millones de euros.

Sólo una traba puede enturbiar el avance de este sector: la regulación institucional, que por el momento, al margen de los debates morales relacionados con la manipulación genética, no avanza al paso ligero con que lo hace la industria, algo que tampoco debe sorprender en un país donde el sector público marcha a paso de elefante.

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