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Cerrando la brecha digital con poco más que buenas palabras

Desde hace un tiempo, cada reunión de dignatarios que se celebra a lo largo y ancho de este mundo suele recoger de forma más o menos destacada una mención a la necesidad de impulsar el desarrollo de Internet y del comercio electrónico. Incluso en ocasiones, cuando la conciencia cívica lo permite, añaden que ese desarrollo debe extenderse a aquellas zonas del planeta, incluso dentro de sus propios países, que no gozan de los beneficios de una economía y una sociedad conectada, tecnológica, moderna.

Estas buenas intenciones quedan plasmadas en esas solemnes (y tantas veces huecas) declaraciones que suelen redactarse al final de tan magnos eventos: es lo que ha ocurrido no hace mucho en la cumbre de la Unión Europea celebrada en Lisboa y, mucho más recientemente, en Okinawa (Japón), con motivo de la reunión del G-8 (que, como saben, es en realidad el G-7 de toda la vida con Rusia como invitado, para que los encargados del protocolo dejen de quejarse de lo difícil que es organizar reuniones con un número impar de asistentes). En efecto, en esta última el tema principal fue el de la necesidad de reducir la diferencia entre info-ricos e info-pobres, de disminuir la llamada brecha digital.

Noble empeño, vive Dios, y estaría muy bien si no fuera porque, según como, parece una broma macabra.

Es absolutamente cierto que la difusión de la tecnología puede contribuir a reducir las diferencias entre ricos y pobres, entre quienes tienen acceso a ella y quienes no lo tienen. Incluso también podríamos decir que, en puridad, para recibir los beneficios derivados de la economía digital no es necesario que todos y cada uno de los individuos estén efectivamente conectados a la Red, pues quienes no lo estén también notarán los efectos positivos consecuencia de la mayor eficiencia de los mercados, la progresiva desintermediación de los procesos, la más amplia disponibilidad de bienes y servicios, así como de todas esas cosas que nos anuncian los gurús de hoy.

Pero casi roza lo esperpéntico aducir que poniendo ordenadores conectados a Internet en las escuelas de las zonas desfavorecidas se va a solucionar el problema del atraso de las mismas, así, como por parte de magia. Ni el problema es tan simple, ni los beneficios de la economía digital son tantos. Y lo que es peor, la experiencia indica que este tipo de iniciativas y de declaraciones se quedan siempre en papel mojado, y ni siquiera consiguen su objetivo en el interior mismo de los países desarrollados que las promueven.

Los problemas del subdesarrollo tecnológico

Para atacar decidida y directamente la brecha digital debe pensarse que los factores que la producen no son solamente tecnológicos y de infraestructura, sino educativos y de política económica de los propios países subdesarrollados. Algunos de ellos deben ser abordados por estas naciones desde dentro, y suponen una transformación radical de algunas prácticas muy arraigadas que desincentivan la eficiencia y el espíritu emprendedor, cuando no fomentan directamente la corrupción. Pero en lo que se refiere particularmente a la infraestructura y a la educación, son los países teóricamente desarrollados los que pueden ayudar, y hacerlo de verdad sin limitarse a ir reiterando su voluntad de contribuir a la solución del problema, a través de declaraciones de intenciones que difícilmente llegan a cumplirse.

Por lo que se refiere a las infraestructuras, cabe decir que la World Wide Web (en español, “telaraña mundial”) tiene muy, muy poco de mundial. Tan sólo 1 de cada 20 personas en todo el mundo dispone de acceso a Internet, la inmensa mayoría de las cuales están en América del Norte y en Europa occidental, a pesar de que suponen tan sólo un 20% de la población mundial. Lo que no debe sorprender si tenemos en cuenta, por ejemplo, que en una única ciudad (Tokio), o incluso en una zona de una ciudad (Manhattan) existen más líneas de teléfono que en todo el continente africano: 14 millones. Pero incluso dentro de las mencionadas megalópolis hiperdesarrolladas, y en los países en los que están situadas (Japón y, muy especialmente, EEUU), el uso de Internet se está polarizando cada vez más entre ricos y pobres, entre grupos étnicos diferentes y entre distintos grupos de edad. Noten la palabra “creciente”: en lugar de contribuir a reducir las diferencias sociales está provocando que éstas aumenten y, aún peor, que tengan todos los visos de consolidarse.

Lo cual demuestra que el puramente tecnológico no es, quizás, el principal problema; y es que difícilmente la informática y el acceso a Internet sirven de algo cuando se está hablando de zonas con tasas de analfabetismo que rozan, en ocasiones, el 50%, y con tasas de escolarización muy inferiores a las de las zonas desarrolladas. De nada sirve poner ordenadores conectados a Internet en escuelas semi-vacías, o mejor dicho, semi-llenas de chiquillos que difícilmente tendrían el nivel educativo suficiente como para entender los manuales de Windows…

Yendo un paso más lejos, resulta inevitable preguntarse cómo pueden los habitantes de las zonas subdesarrolladas preocuparse por su educación y aún menos por acceder a Internet cuando tienen que procurarse la mera subsistencia, o dicho de otro modo, se están muriendo de hambre, o de SIDA, o de tantas enfermedades… pero eso sería tema de otro artículo.

La hipocresía occidental

Equiparar los conceptos de “acceso a Internet” y “tecnología” supone el error de tomar una parte por el todo ya que, además de las que permiten acceder a la red de redes, existen muchas otras tecnologías (agroalimentarias, médicas y tantas otras) que podrían contribuir, y de forma mucho más rápida, a reducir las diferencias entre países ricos y pobres. Pero son tecnologías a las que nadie se refiere cuando se habla de estas cuestiones, a pesar de que algunas de ellas están disponibles desde hace décadas. “En ciertos países un niño tiene más posibilidades de morir antes de cumplir los cinco años de las que tiene de aprender a leer”, afirmación proveniente no de un activista, ni siquiera del responsable de una ONG, sino nada menos que de Lawrence Summers, secretario del Tesoro estadounidense.

Pero en fin, nada mejor que cubrir las inacciones pasadas con promesas futuras: ahora que tanto se habla de reducir la brecha digital, conviene recordar lo equivocadas que estaban las naciones desarrolladas cuando en los años 70 se las prometían tan felices como para proclamar en una reunión en Bangkok que el 2000 sería el año en que quedaría definitivamente erradicado el analfabetismo; claro que el pasado mes de abril, en una reunión similar en Dakar, esa mágica fecha ya pasaba a ser el año 2015… ¿cuánto más atrasarán este objetivo cuando llegue ese año?


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