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Del Mainframe al Cloud Computing

La tecnología sigue una senda de alguna manera paralela a la evolución en la naturaleza: durante un tiempo no pasa mucho, pero de vez en cuando, una mutación le hace dar un salto de gigante. Unas mutaciones triunfan, otras no.

A priori, nunca somos capaces de imaginar las ventajas que un avance concreto nos puede traer. No hablemos de la imprenta, que a alguno le llevó de cabeza. Hagamos simplemente mención del teléfono móvil moderno, smartphone, o teléfono inteligente. Solamente hace diez años, ¿quién hubiese imaginado llevar toda la oficina y comprar entradas del teatro con uno de estos dispositivos?

UNIVAC (acrónimo de Universal Automatic Computer), el primer ordenador construido para fines no militares, nació en 1941. Pesaba más de 7 toneladas y podía hacer 1.000 cálculos por segundo. No era mucho más que una actual calculadora científica, pero revolucionó su época, al igual que ENIAC (Electronic Numerical Integrator and Computer), algo más moderna (1946), ocupaba casi 170 m2, y podía efectuar unas 5.000 sumas por segundo.

En los tempranos años 60 nació el primer Mainframe (Computador Central), definido como un superordenador que podía hacer una inmensa cantidad de cálculos simultáneos. Durante muchos años, grandes compañías han invertido ingentes cantidades de dinero en la compra y mantenimiento de estos equipos, protagonistas y ejes centrales de sus centros de cálculo.

Pero la tecnología siguió evolucionando, y a principios de los 80 nació el PC (Personal Computer). Morían los terminales “tontos”, y junto con servidores más pequeños que los Mainframe pero de gran capacidad de procesamiento paralelo, que además podían colaborar entre sí (granjas de servidores), nació la era “Cliente-Servidor”. Las inversiones disminuían.

En sólo cuarenta años había cambiado el panorama tecnológico. Ahora las compañías pequeñas podían permitirse la modernización, podían competir con los grandes, acceder a información importante, gestionar sus propios datos, y reducir el \”time-to-market\” de sus productos.

A mediados de los años 90, Internet (una red abierta) sale del ámbito universitario, irrumpe y revoluciona el mercado. Se empiezan a dibujar “redes de computadores”, conectados por una nube -Internet-, entendiéndose que no interesaba mucho lo que hubiese dentro, siempre que hubiese algo que permitiera la conectividad.

En la última década los servicios que se ofrecen por Internet son cada vez más complejos, más profesionales, más seguros y más baratos. Sin darnos cuenta, nos hemos subido a la nube. El cambio es irreversible. Las cosas no volverán a ser como eran.

La idea de Cloud Computing no es nueva, pero ya no significa lo mismo que los expertos de los 60 querían transmitir, y va tomando forma nueva. Como en todo, la opinión de algunos analistas sobre su madurez varía. En un extremo Richard Stallman sostiene que la nube es una estupidez (UK Guardian, 2008) y en el otro Erich Schmidt le augura un gran futuro y no es capaz de imaginar cómo será en 10 o 20 años. Coincido en este sentido con Nicholas Carr, que analiza: “Del mismo modo que existe una tendencia a glorificar el avance tecnológico, existe una tendencia opuesta a esperar lo peor de todo instrumento o máquina nueva.” (“The Big Switch”, W.W.Norton).

Hoy la nube está madura; preparada técnica y jurídicamente para prestar servicios de la más alta calidad, a una ínfima parte del precio que un Mainframe, y con una experiencia de usuario mucho más rica. Aunque en nuestro país aún hay mucho que hacer, IDC ha anunciado un boom del Cloud Computing para los próximos dos años, triplicando el volumen de negocio que supone.

Estamos acostumbrados a que EEUU esté lleno de visionarios y pioneros. Encaja en nuestra visión del mundo. Pero en España también los hay. Aquellos que prestamos servicios en la nube somos responsables, además de muchas otras cosas, de transmitir el mensaje, de la difusión y generación de confianza que hará bajar al nivel de la calle lo que hasta hace poco sólo se manejaba a nivel de expertos.

Es más importante innovar que cambiar, aunque toda innovación implica un cambio –no al contrario-. Estamos inmersos en plena ebullición digital, vamos hacia caminos que aún no conocemos, pero que empezamos a vislumbrar. Luz al final del túnel.


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