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Ecología digital (I)

Pueden pensar que se trata de un extraño híbrido o de una disciplina de moda, pero no tardará en llegar. Mientras que el planeta entero parece haber sucumbido ante los encantos de la Era de la Información, que opera bajo un síndrome de comunicabilidad total; el abuso y el exceso de información parecen llamar a gritos a un sentido común todavía inexistente, a un desarrollo informacional sostenible, a una ecología digital que preserve al planeta y sus habitantes de la info-basura, del ruido y del estrés de la comunicación permanente.

Síndrome de comunicabilidad total

Pues así están las cosas. El planeta entero, o mejor podría decir, la parte conectada o desarrollada del planeta, ha entrado en una espiral de comunicabilidad total. Toda la humanidad constantemente comunicándose entre sí, a todas horas, por todos los medios. Según ha calculado el estudio How much information?, la humanidad genera cada año unos dos exabytes de información (dos mil millones de gigabytes).

La web visible ocupaba en la fecha del estudio más de 7,5 terabytes de texto y la web profunda, según un estudio de BrightPlanet, suma más de 7.500 terabytes de información. Hablamos de más de 5 millones de sitios web (según las conservadoras estimaciones de Inktomi), de 1.000 millones de páginas escritas (5 millones de ejemplares al minuto), sin contar correo electrónico, chats, newsgroups y al menos 250 millones de imágenes. Cifras vertiginosas que acertadamente compara José Antonio Millán: la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, la mayor del mundo con 20 millones de libros, son 20 terabytes de información.

Y eso sólo abarca el universo internauta. Además está la televisión, la radio, los móviles, los sms y todos aquellos otros medios tradicionales de comunicación entre las personas. Y todo ello gira mucho más aprisa que el planeta sobre sí mismo, a la velocidad de la luz en algunos casos y en una sociedad permanente abierta o 24/7 atrapada bajo el lema de non-stop.

La saturación del nivel de procesamiento de información medio del hombre provoca diversos trastornos, pero hasta el momento, se han realizado sólo algunos estudios que analizan las posibles consecuencias que en el plano psicológico producen tales situaciones, sin considerar las pérdidas que se generan en las esferas económica, comercial, social, política o personal.

Espacios de callada quietud, oasis de calma

Estas en la ópera y suena un móvil. ¿Pero, por cien mil millones de budas, qué clase de persona va a la ópera con un móvil encendido? Y no hace falta ir tan lejos. Estás en el cine, o tomando un café tranquilamente en la terraza de un parque y no suena uno, sino varios móviles, constantemente. Dos amigos hablan, hace tiempo que no se ven, pero su conversación se ve constantemente interrumpida por llamadas. ¡Así no hay quién se aclare, es que ya no se puede ni pegar la hebra! Móviles chirriantes, molestos, con el volumen a todo trapo, móviles que gritan, que rechinan, que tintinean y ululan, móviles sirena, celulares que no descansan.

La paradoja, que sin duda pasará por alguna norma bien de neourbanidad, bien de ecología digital, será que mientras telecos, teleoperadoras y fabricantes de móviles del mundo mundial se empeñan, y con bastante tesón, en que hasta el gato de cada casa tenga y use un móvil. Venga a llenar de satélites y quincalla el cielo (vaya usted a saber a dónde irán a parar cuando no sirvan) y a conectar todos los lugares del planeta, Metro incluido. Y mientras unos van por ahí, conectando todo, otros inventando escudos contra teléfonos móviles. ¿No será más fácil que los usuarios aprendan a hacer un uso racional?

El caro lujo del silencio

Pero no muy lejos en el tiempo se valorarán los espacios de silencio, que probablemente serán como oasis de calma. No habrá que esperar mucho para que el lujo se identifique con no tener móvil. Quizá se invierta el fenómeno, como tantas veces ocurre en la historia, y la mayoría de \’los que ya no pueden pasar sin móvil\’, miren con recelo a los pocos que no se ven obligados a llevarlo. No sabemos si será signo de distinción social pero lo que si está claro es que será de bastante sensatez. Al fin y al cabo, llevar pegado al cuerpo un aparato que no sólo nos provoca sobresaltos y estrés en cualquier situación sino que además, emite radiaciones que pueden ser nocivas para la salud.

Algunos, como el pianista húngaro Andras Schiff, conocen bien la dificultad de encontrar zonas de silencio y pierden la paciencia ante tanto ruido. Durante su recital en el festival de Edimburgo, hubo que interrumpir su actuación hasta que se callaron los teléfonos móviles, los relojes y las toses (de momento analógicas). La ironía de un crítico local relataba de modo sublime la escena: \”era Fantasía en C Menor con acompañamiento de teléfonos móviles, ruido de relojes, toses y estornudos. Podríamos habernos quedado en casa o haber ido al zoo\”. En cualquier caso, esto tan sólo es una muestra del ruidoso futuro que nos espera.

La dictadura del móvil

Pero, ¿cómo ha podido el móvil pasar de 0 a 100 en tan poco tiempo, o lo que es lo mismo, de ser un capricho de elite a una necesidad vital para todo bicho viviente? El caso es que ya es demasiado tarde, ya está incorporado, y con soplete, a nuestras vidas. Ha pasado de ser el exponente clásico de un muy alto nivel de vida o negocios a algo tan vulgar como las llaves, la cartera o el tabaco. Con la diferencia de que el fumar ahora ya no está bien visto. Que sí, que es muy útil, que una vez me quedé tirado con el coche y pude avisar a la grúa. Y el resto qué: ¿se morían hace menos de 10 años sin hablar constantemente con alguien?

¿Tardará mucho en que los americanos miren a alguien que no hace un buen uso de su móvil, igual de mal que a alguien que fuma? Como ellos son únicos para eso de imponer modas y estilos de vida, igual consiguen introducir algo de sentido común en los usuarios. O ya que han cogido carrerilla en anunciar que el tabaco produce cáncer en las cajetillas, podrían poner en los móviles: ¡Aviso, puede usted molestar a las personas de su alrededor!

Pero nada, la moda es la moda y cada día se venden más, se habla más, se comunica más y hasta se mandan más sms. Sólo durante el presente mes de agosto se prevé que los británicos manden casi 1.000 millones de mensajes cortos de texto. \”Los teléfonos móviles, también llamados teléfonos celulares o handies, forman ahora, parte integral de la telecomunicación moderna. En muchos países, más del 50% de la población ya utiliza teléfonos móviles y el mercado aun sigue creciendo rapidamente. La industria predice que en el año 2005 habrá cerca de 1600 millones de abonados de este sistema en todo el mundo\”, dice un informe de la OMS. En España, para el año 2005 se prevé que haya casi 38 millones de móviles, según un reciente informe de Telefónica.

A nadie importa que los móviles estén acabando con los gorilas del Congo, que diversos estudios desaconsejen su uso de forma prolongada, que la OMS realice estudios que confirman los efectos de los celulares sobre las personas o si la instalación de antenas o repetidores sin ningún control interfiere en la salud de los habitantes, que además son los usuarios. Pero ni a Bruselas parecen importarle las consecuencias, ni a muchos clientes tampoco.

(Continúa en Ecología Digital II)


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