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Edición electrónica en español: sin prisa, pero sin pausa

Durante años, las escasas editoriales electrónicas en español han realizado una incesante labor de evangelización en la sombra, editando cientos de libros y acercando al público a los nuevos soportes y productos digitales. Sin embargo, hasta la fecha, su repercusión ha sido escasa. Las grandes editoriales no salían en su ayuda, los lectores desconfiaban del medio digital y los autores reconocidos vigilaban más por sus bolsillos que por la diseminación de su obra. Ahora, con el progresivo apoyo de las primeras firmas del país y la entrada en la escena digital de grandes grupos como Planeta, el panorama puede empezar a cambiar. Con permiso del lector, por supuesto.

Las editoriales, pocas y valientes

La aparición del medio digital sacudió también la alfombra sobre la que se asentaba la industria editorial. Internet representaba una herramienta perfecta de distribución que ponía los libros (y las herramientas de edición) al alcance de todos.

El recelo fue la primera reacción de las editoriales, \”que vieron peligrar la fórmula que les había estado funcionando hasta la fecha\”, como asegura José Martínez, máximo responsable de libroline.com, una de las pioneras de la edición electrónica en España.

Para Martínez, el libro electrónico no se circunscribe a una versión en bits del último libro de Antonio Gala, sino que su definición se extiende hasta incluir \”cualquier archivo informático que contenga textos cuya información tenga una extensión y contenidos dignos de llamarse libro\”.

Las primeras editoriales de habla hispana que se atrevieron a aventurarse en el ciberespacio fueron empresas creadas específicamente para este nuevo medio: la argentina elaleph.com, manuscritos.com, librosenred.com, noveles.com o premura.com, que en su mayoría cobraban a los autores a cambio de publicar sus obras y cuya trayectoria ha sido diversa. Poco después, en 2000, nace la propia libroline.com, con un modelo de negocio en el que ya sólo se cobraba a los lectores, y a la que posteriormente se unen novalibro.com y lalibreriadigital.com. En el camino, como señala el responsable de libroline.com, perecieron, por causas diversas, otras iniciativas de particulares y empresas.

Mientras tanto, las grandes editoriales de papel lo observaban todo desde la barrera. La explosión de fenómenos como Napster y la violación sistemática de los derechos de autor en la Red invitaban a la cautela. Así, no es hasta el mes de mayo de 2001 cuando Planeta, la principal editorial del mundo hispano, se atreve a lanzar Veintinueve, su nueva filial de edición electrónica. Para Luis Solano, director de Veintinueve, esa fue la razón de la lenta respuesta de Planeta: \”no existía un sistema que garantizarse de manera adecuada la protección de los derechos de autor y que impidiera que una vez descargada la obra no se reenvíase o no pudiera ser utilizada para una edición pirata\”.

La presentación de Veintinueve, como confiesa José Martínez, era esperada con ansiedad por la pequeña comunidad de editoriales virtuales y por algunas convencionales. Su entrada en liza podía tener una fuerte repercusión positiva y extender la utilización de los libros electrónicos entre los ciudadanos. Sin embargo, la iniciativa de Planeta, que gastará en este proyecto 800 millones de pesetas durante los próximos cuatro años, no ha resultado tan innovadora como se anunciaba. El catálogo de obras es todavía pequeño y \”la calidad de creación y compatibilidad de sus libros electrónicos está muy lejos de la de por ejemplo libroline.com en España o las estadounidenses RandomHouse o Barnes&Noble\”, añade Martínez.

Por supuesto, Solano piensa de forma diferente. Para él, la iniciativa de Planeta es de la misma envergadura que las que en su día lanzaron algunas de las editoriales mencionadas. Además, hacia finales de año, como indica el directivo de Planeta, tendrán entre 10 y 15 editoriales trabajando con ellos, a la vez que extienden la distribución a otros canales.

En cualquier caso, la iniciativa de Planeta es significativa, pues con ella se rompe ese \”miedo\”, en palabras de Martínez, con el que las editoriales habían vivido el advenimiento de Internet, a la vez que comienzan a editarse las obras de autores por todos conocidos. La llegada de los \”monstruos\” de la edición tradicional constituye un espaldarazo a la labor de las pequeñas editoriales electrónicas, que llevan años promocionando y editando las obras de autores noveles y no tan noveles, que en mucho casos no habían logrado traspasar los filtros no siempre perfectos de las editoriales tradicionales.

La creación de premios a las mejores obras digitales, como el establecido en la Feria de Frankfurt o el recientemente fallado premio Alfaguara de Novela por Internet, es un símbolo de que la mentalidad de las editoriales está cambiando. Ahora sólo falta esperar que todas ellas trabajen para universalizar la utilización de los nuevos soportes y productos y no para cortarles las piernas a los vecinos de bolsillos más pequeños.

La resistencia del lector

El usuario, por su parte, se muestra hasta la fecha bastante indiferente ante los esfuerzos de las editoriales. Como afirma José Martínez, \”la mayoría prefiere leer un libro en papel que en una pantalla, eso es evidente. (…) El resultado real es que el público ante un libro que puede comprar en papel o digital, siempre elige el papel\”.

Las cifras le dan la razón. Un estudio de la consultora Jupiter predice que en 2005 sólo un 2,5% del total de libros vendidos lo será en formato digital. En España, y en opinión de Luis Solano, no será hasta 2004 cuando los españoles comiencen a abrazar los nuevos formatos.

La culpa de este lento desarrollo debe atribuírsele, según Martínez, a factores exógenos a la industria editorial, y a otros endógenos, responsabilidad de todos aquellos que toman parte en la creación y publicación de libros.

Entre los primeros, destaca la todavía baja tasa de penetración de la Internet en España. Gran parte de la población, entre ellos muchos de los clientes de las editoriales, muestran aversión al PC o desconocen las nuevas herramientas digitales.

Pero son los segundos los que lastran el crecimiento de los nuevos productos. La percepción de los lectores es que el precio de los soportes (como el Rocket Ebook, Softbook Reader, eBookMan o REB1100, el Pocket PC de Microsoft o incluso la ubicua Palm) y de las propias obras digitalizadas es todavía muy elevado. A este respecto, un 75% de los encuestados en un informe de Arthur Andersen confesaba que esperaba pagar por los libros electrónicos lo mismo o menos que por sus homólogos de tapa blanda, mientras que el grueso de este grupo pedía descuentos superiores al 50%.

Esta situación no tiene visos de cambiar en el corto plazo. Los costes de publicación no incluyen únicamente la digitalización de las obras (unas 100.000 pesetas por obra, en el caso de Planeta), sino también la amortización de las inversiones en las plataformas, como afirma Luis Solano. Sin un volumen suficiente de lectores, los costes terminan pagándolos tan sólo unos pocos. Algunas editoriales extranjeras, como Simon&Schuster, son conscientes de que esto conduce a un callejón sin salida y comienzan a vender a precios reducidos para estimular la demanda.

Por otro lado, los soportes, que en España y con excepción de la Palm y el PocketPC no se comercializan todavía, son poco manejables y ofrecen una calidad de lectura aún inferior a la que ofrecen los libros que se pueden encontrar en cualquier librería.

Además, la oferta digital de las editoriales es muy reducida. El catálogo inicial de veintinueve, la nueva editorial de Planeta, incluye tan sólo 100 títulos, que podrán ser 700 a finales de año. Parte de ellos, además, lo componen obras gratuitas de autores como Pedro Calderón de la Barca o William Shakespeare, cuya finalidad es la de popularizar el formato entre los lectores, pero que no pueden considerarse como novedades. En el caso de libroline.com, actualmente cuenta con un fondo editorial de 2.125 obras, aunque sólo dispone de 200 en su tienda.

Pero incluso las más grandes de la escena digital internacional, como Gemstar-TV Guide, con un catálogo de 4.000 libros, o Borders.com, que distribuye 21.000 revistas, palidecen en comparación con sus homólogas afines a la tinta y el papel.

Cómo darle la vuelta a la tortilla

La batalla, sin embargo, no está perdida, a pesar de que la aceptación de este tipo de libros sea inferior a la esperada. Los usuarios terminarán premiando a las editoriales con más imaginación. Como sucede con los periódicos en la Red, las editoriales no tienen por qué limitarse a digitalizar los textos que ya existen en papel, sino que también pueden desarrollar productos específicos para este nuevo formato. Ejemplos de esto serían, para José Martínez, las novelas eróticas de novalibro.com, thrillers de Ciencia Ficción como La Fisura, publicado en tres idiomas, o la nueva serie de cómics electrónicos en los que trabaja su compañía.

Las editoriales foráneas, como iPicturebooks.com (filial de Time Warner), Random House o Simon&Schuster, con algunos pasos de ventaja sobre las nacionales, comienzan ahora a ampliar sus miras para incluir cientos de libros destinados al público más joven. Para estos lectores, que otorgan preponderancia a la imagen sobre el texto, el formato digital puede ser más atractivo.

Este formato resulta además inmejorable para contribuir a la promoción de los productos de papel, como sucede con los extractos o primeros capítulos de las obras de ficción y no ficción, algo que, salvo algunas excepciones, parecen desconocer muchas editoriales y periódicos electrónicos.

Para Martínez, es indudable que el público exige algo más que el mero texto. Las suscripciones de pago y fidelización de los clientes, en un entorno alérgico al pago por los contenidos, pasa por proporcionar servicios alternativos como boletines informativos y reseñas que \”desembocan, cada vez más, en verdaderas revistas de difusión cultural; eso sí, gratuitas\”.

Aunque tampoco hay que descartar soluciones imaginativas como la propuesta por Cass Sunstein, profesor de derecho de la Universidad de Chicago, en su último libro, Republic.com, que examina los efectos de Internet sobre el sistema político estadounidense. Sunstein ideó su libro no como un ente fijo e inmutable, sino una obra sujeta a continua modificación.

Es lo que Antonio Rodriguez de las Heras, decano de la Facultad de Humanidades, Comunicación y Documentación de la Universidad Carlos III de Madrid, califica como \”amorfia\”, una de las 10 propiedades (u \”observaciones\”, usando su terminología) que habrán de dar lugar a una nueva relación del lector con los libros. El libro no tiene una forma definida, sino que la va adquiriendo a través de sucesivas transformaciones tanto físicas como digitales. Para este profesor, la actual situación del libro electrónico es el reflejo de \”una etapa intermedia de desorientación en el que el texto tiene que ajustarse a un nuevo nicho tecnológico. (…). Sólo sabiendo las propiedades que puede adquirir el texto en el espacio de la pantalla y explotándolas tendrá sentido el libro electrónico.\”

Sunstein no es el único que explora las posibilidades de interacción con el lector. También autores estadounidenses como Donna Leishman, con su particular visión del cuento de Caperucita, o Erik Loyer, con su novela de ciencia-ficción \”Chroma\”, estructurada en 16 partes, se atreven a traspasar los límites de la narrativa tradicional. Sin embargo, estas obras primerizas, que mezclan música, texto e imágenes, resultan difíciles de ¿leer? y quedan confinadas a un nicho de público muy reducido.

A los esfuerzos de autores y editores puede ayudar el rápido avance y abaratamiento de la tecnología. Es indudable que la mala resolución de las pantallas es una de las principales causas del rechazo de los libros electrónicos. Y aunque todavía habrán de pasar años hasta que podamos poner nuestras manos sobre ellos, el papel y la tinta electrónica, que causaron un gran revuelo en sus comienzos para luego desaparecer en las profundidades de los laboratorios, parece que por fin se encuentran a tan sólo unos cuantos pasos de la comercialización. El mes pasado, eink.com, compañía que lleva años trabajando en el desarrollo de la tinta electrónica, presentó, conjuntamente con Philips Components, una pantalla portátil de alta resolución basada en esta tecnología. En un futuro no muy lejano, los nuevos soportes permitirán leer en pantallas más finas, con contrastes similares a los del papel y bajos niveles de consumo.

Los autores, con cautela

Para que el libro electrónico termine calando entre el público resulta imprescindible la colaboración de los autores. Al principio, y como sucedió con las propias editoriales, los autores de renombre se mostraron reacios. Ahora, sin embargo, el panorama ha cambiado. En España, conocidos escritores como Arturo Pérez-Reverte, Terenci Moix o Zoe Valdés, estos dos últimos ahora en Planeta, han publicado obras en formato digital. En el extranjero, la nómina es interminable, e incluyen títulos de autores como Gao Xingjian, el último premio Nobel.

El miedo a la piratería y a quedarse sin royalties, un temor también compartido por músicos y cineastas, disminuye progresivamente, aunque no desaparece. Todas las editoriales electrónicas, grandes o pequeñas, adoptan sistemas de protección de los derechos de autor. Más importante aún, los escritores que llenan las listas de obras más vendidas comprueban que los libros electrónicos no sólo no canibalizan las ventas de libros en papel, sino que las estimulan.

Los más entusiastas del nuevo medio son, como era de esperar, los nuevos escritores. Como afirma Alberto Goytre, uno de los autores editados por libroline.com, \”la tolerancia de las editoriales electrónicas es un balón de oxígeno impagable para los autores que desean exponer sus obras a la lectura y crítica ajena pero no tienen tiempo, paciencia, sellos de correos o contactos suficientes como para que una editorial clásica arriesgue sus cuartos por ellos.\” \”De un bitazo\”, prosigue Goytre, \”la publicación electrónica sitúa el trabajo de uno al alcance de toda la comunidad virtual hispanohablante, es decir, decenas de millones de lectores potenciales. (…). Si esto no es contribuir al enriquecimiento mutuo y a la vigencia del castellano fuera de España, que venga Cervantes y lo vea\”.

Estos autores, como sucede con Joseph Remesar, otro de los escritores que publican en libroline.com, no creen que la proliferación de títulos y autores disminuya la calidad de la literatura ni desvirtúe la labor de selección de las editoriales: \”El filtrado final lo hace el lector, es él quien realmente decide el valor de una obra, no las editoriales. Con el abrumador volumen de información que maneja Internet, los lectores se vuelven cada vez más selectivos.\”

Remesar sostiene que los libros electrónicos ayudarán a solucionar algunos de los problemas de distribución que sufre el mercado editorial hispano. Para los autores en español se abre \”un medio capaz de dar a conocer nuestro trabajo independientemente de las diferentes políticas y barreras físicas\”. A mejor distribución, más ventas y más escritores que pueden vivir de la literatura. Internet, añade Remesar, ayudará a revitalizar géneros olvidados, como sucede con el mundo del cómic.

Napster, el amigo de los escritores

Ninguno de estos dos autores le tiene miedo a una posible \”napsterización\” del mercado editorial. Lo importante es ser leídos. Cuanto más, mejor. Como afirma inteligentemente Goytre, que no espera comer de sus ingresos como autor digital, \”si sabes administrar tu obra y conoces el medio de Internet suficientemente, puedes llegar a surfear sobre la ola Napster sin ahogarte en ella\”.

Sin embargo, los autores todavía tienen que atar cabos sueltos, como ha puesto de manifiesto en Estados Unidos el conflicto entre Random House y RosettaBooks. El tema de los derechos sobre las obras digitales todavía está en el candelero. ¿Pertenecen a los propios autores o a las editoriales propietarias de los derechos sobre los libros impresos? Si los costes de publicación disminuyen, ¿deben percibir los autores un mayor porcentaje sobre los ingresos obtenidos por las ventas de libros digitales?

\”La pelota del libro electrónico\”, como concluye el fundador de libroline.com, \”está en muchos tejados en estos momentos y va a ser una realidad, porque hay demasiadas grandes empresas implicadas, mucho dinero puesto en juego, demasiado expolio forestal y, gracias a Dios, muchas buenas historias que contar\”.

Proféticas palabras que para cumplirse necesitarán de la colaboración de todos, especialmente de los autores (sin creatividad de poco sirve la tecnología ni tampoco la generosidad editorial) y de los lectores, que hoy, todavía suspicaces, siguen acudiendo a la librería de la esquina.


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