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El silencio de los políticos

Desde hace años los políticos de todo el mundo hablan de Internet. Muy a menudo, eso sí, de las mismas cosas: ciberterrorismo, pornografía infantil y fraude online han llenado hasta hace poco el reducido espacio que en la mentalidad política ocupa la Red. Temas todos ellos negativos y conducentes a controlar, cercenar y limitar el desarrollo de Internet, tal vez en reflejo inconsciente de la actitud de muchos políticos, periodistas y empresarios de la vieja escuela, que tienden a desconfiar del fenómeno por razones generacionales. El saludable descontrol de información que propicia la Red no ofrece, para estas capas del \’establecimiento\’, más que oportunidades de perder.

Poco a poco, sin embargo, va apareciendo otro tipo de político, uno que mira a Internet como un rasgo permanente del paisaje y no como algo a controlar o eliminar. La sorprendente robustez de la Red como concepto, capaz de sobrevivir (con salud y crecimiento continuo) al varapalo de los mercados, y el creciente número e influencia de los navegantes están provocando un cambio de actitud. Así, empiezan a aparecer en casi todos los países otros temas, ajenos ya a la idea de \’porno, nazis y timo\’. Se consideran leyes de protección cultural y de fomento de la industria online, se piensa en resolver la brecha digital dentro de los países y entre ellos, se buscan soluciones jurídicas a problemas reales, como la privacidad, y otros imaginarios, como el spam. No importa que muchas de estas leyes y propuestas estén equivocadas, que lo están; al menos se piensa en Internet con otra sensibilidad.

Pero nadie ha dado todavía el paso al frente a la hora de pensar en usar de verdad la Red para la política. Aparte de alguna ONG y los activistas antiglobalización, ningún partido político ha explorado las posibilidades que brinda Internet para acercar la vida administrativa y la política real a los ciudadanos. Los políticos que tienen correo electrónico reciben centenares de mensajes, pero no los leen; los ministros y gobiernos más vociferantes respecto a sus intenciones de impulsar la Red ni siquiera la utilizan; las páginas web de gobiernos y administraciones son confusas, dispersas, están mal diseñadas y no ofrecen la información que el ciudadano requiere. Faltan sobre todo vías para recibir la opinión de los ciudadanos, pagadores de impuestos.

Todo esto ocurre en los EEUU, donde están saliendo de la Fase Uno de miedo y rechazo hacia la Fase Dos de la Red como arma en la política de siempre. Pero ni siquiera allí se plantean una Fase Tres, de Internet como avenida de participación directa de los ciudadanos en la política. No se trata tanto de implantar democracias directas electrónicas como de pensar en qué uso puede hacerse de esta increíble herramienta para favorecer que la política se acerque a quienes padecen, y sostienen, sus resultados. Estaría bien usar la Red para reformar las democracias parlamentarias, para reforzar las que son débiles y engrandecer las que son fuertes, para mantener vigilados a gobiernos transparentes, para combatir los abusos de poder y denunciar las amenazas a la libertad.

Y para hacerlo lo primero es pensar en Internet como en una herramienta política, que lo es. Los partidos tendrán que desarrollar políticas de y con la Red; pensar y decidir cuáles son sus ofertas para resolver los problemas de privacidad y protección al consumidor en una sociedad multiconectada y global; de qué manera ayudar a quienes tienen más problemas para conectarse; cómo impedir los monopolios de tecnologías vitales, y de qué forma encajar las legislaciones globales con las regionales y locales; hasta dónde dejar entrar la luz en los tratos de administraciones y estructuras gubernamentales; cómo afrontar la propiedad intelectual e industrial y el capital humano… La lista de problemas que necesitan soluciones políticas creativas es larga. El silencio de los políticos, ensordecedor.



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