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Emprendedores, mamis y trabajitos fijos

Sin I+D no hay prosperidad ni progreso posibles. Sin personas capaces de apostar por una idea y trabajar arduamente en ella sin esperar recompensas inmediatas a cambio –sin emprendedores, en definitiva-, es prácticamente imposible desligarse del furgón de cola.

Bien, pero analicemos separadamente cada uno de los factores que, a nuestro juicio, contribuyen a que España sea un secarral en materia de emprendedores tecnológicos.

Podríamos comenzar por el creciente hedonismo imperante entre nuestra juventud; ¿alguien cree que los chicos de hoy, acostumbrados a todos los lujos y comodidades, van a poder tener el cuerpo hecho a intensas horas de trabajo en un incómodo garaje; a levantarse después de sufrir los diversos tropezones que, inevitablemente, se agazapan a la vuelta de la esquina?

Mark Zuckerberg pasó muchas horas en un garaje antes de parir FaceBook. Es sólo un ejemplo, pero lo mismo puede decirse de prácticamente todas las start-ups e incluso de las compañías que, siendo hoy los grandes colosos del sector, nacieron de forma modesta.

Vamos con otro punto capital en la mentalidad carpetovetónica: el trabajito fijo. En efecto, tanto por propia convicción como por la sugerencia familiar en este sentido, lo que mayoritariamente quieren nuestros jóvenes es aprobar unas oposiciones, trabajar lo menos posible y ganar lo máximo que se pueda. Sufrimos así una elefantiasis de funcionarios públicos y una carencia casi total de personas con ideas innovadoras.

Íntimamente ligado a lo anterior tenemos el factor piso propio; de nuevo encontramos un obstáculo a la movilidad, al dinamismo. Somos un país absolutamente terruñero, apegado a una ciudad desde que nacemos hasta que morimos, atados a longevas hipotecas, cuando lo ideal sería una mayor capacidad para desplazarse y aprender, disfrutar de las ayudas o subvenciones de tal o cual comunidad autónoma, etc. Se mire por donde se mire, España es un país ladrillero.

El ejemplo europeo

Pero, hablando de pisos, lo que ocurre aquí es absolutamente insólito en el resto de Europa: en Francia, en Inglaterra, en Holanda, en Alemania, también en EEUU, los jóvenes abandonan la casa paterna al alcanzar la mayoría de edad, antes en no pocos casos.

Y, ¿a dónde van? A palacios y fincas no, desde luego: no tienen ingresos suficientes. ¡A dónde sea, señores! ¡A pisos compartidos, a habitaciones, a pensiones, a campings! A aprender a desenvolverse sin mamá, a salir adelante. Esta es sin duda una espléndida semilla para que germinen los emprendedores.

Pero, ¿qué es eso de estar en casa de mami hasta los 28, hasta los 35, hasta pasados los 40? ¿Qué clase de fracaso existencial es este, casi toda la vida siendo tratados como auténticos niños por los progenitores?

Claro que la penosa educación que sufrimos en estos lares tampoco es moco de pavo. Estamos a la cola de la OCDE, y somos el único país de esta organización en el que estudiar una carrera no aumenta las posibilidades de encontrar trabajo.

Las universidades son, junto con la casa de mami, el gran aparcadero en el que tener entretenidos a los jóvenes para que no molesten demasiado ni se den cuenta del gran perjuicio que se les está haciendo. De aquí al mileurismo, como dice Martín Varsavsky, no hay más que un paso.

En fin; tal es el estado de cosas en nuestro país. Sólo nos resta desear que el nuevo año nos traiga siquiera algunos esperanzadores e ilusionantes cambios.


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