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Encuentros en la segunda fase

Obligar a la compañía de Gates a mostrar el código fuente y a ofrecer una versión modular de Windows, son los dos pilares de toda esta parte del proceso, pero Microsoft siempre ha insistido en que no desnudará su código fuente por mucho que lo indique el guión y en que es imposible desmembrar Windows.

Poco después de que el gigante de Redmond presentara su lista de testigos, los representantes estatales volvieron a insistir ante Kollar-Kotelly en la necesidad de que Microsoft mostrara el código fuente de su sistema operativo y que ofreciera una versión rebajada de su sistema operativo que no incluya determinados programas. Y la juez le ordenó que desnudase determinadas partes de código.

La compañía de software más grande del mundo ha intentado solventar ambas peticiones en pleno proceso con arreglos parciales, que no han convencido demasiado a sus detractores.

La respuesta de la empresa de Gates al primer asunto, que llegó a finales de febrero, fue asegurar que va a ampliar el programa existente para compartir determinadas partes del código fuente de su sistema operativo Windows, llamado Shared Source Initiative, bajo determinadas circunstancias y a determinados elegidos. Un movimiento que la gran mayor parte de los analistas tacharon de más simbólico que real.

En cuanto a la posibilidad de desarrollar y comercializar una versión de Windows a la que se pudiera despojar de determinados programas potencialmente conflictivos con la competencia bien entendida como el navegador o Windows Media Player, el intento de escapatoria se llama Service Pack 1 y se hará realidad este verano.

Presentada durante la pasada semana, esta iniciativa, forma parte de las condiciones pactadas con el Departamento de Justicia. Se trata de la primera gran actualización de XP, y permitirá a los usuarios que instalen los programas de la competencia (navegadores o gestores de correo electrónico, por ejemplo) en los sistemas operativos Windows. Desde luego, no se parece en nada al Windows modulable que se le exige.

Los testigos de Redmond

Y después de comprobar a lo largo de cuatro semanas que a Microsoft se le da tan bien hacer amigos como a un pingüino surcar los azules cielos de los Andes, a mediados de abril se inició la procesión de testigos presentados por el coloso de Redmond, que a mitad de esta fase de encuentros redujo drásticamente su lista convocados.

Además de varios ejecutivos propios y ajenos que cumplieron su papel a la perfección, como el vicepresidente de Qwest Communications International, Gregg Sutherland, que defendió que Microsoft no puso nunca en riesgo la libre competencia en el sector de Internet. Desgraciadamente para la causa de la empresa de software más grande del mundo, también hubo algunas declaraciones poco afortunadas para su causa.

Uno de los principales ejemplos de intervenciones desafortunadas fue la del economista de la Universidad de Chicago, Kevin Murphy, que desveló que todos los estudios que se han publicados sobre la industria del software desde 1998 han recibido la financiación de la empresa con sede en Redmond. Por su parte Will Poole, directivo de Microsoft, reconoció que no recordaba que su compañía hubiera alterado las presentaciones multimedia de la última versión de Windows. La empresa con sede en Redmond estaba obligada a ello tras ser condenada por prácticas antimonopolio en abril de 2000.

Y Gates habló

De todas maneras, casi todos ellos se vieron eclipsados por la larga intervención de Bill Gates.

El cofundador de Microsoft, que según muchos expertos debería haber hecho acto de presencia en el proceso mucho antes, mantuvo durante todas sus declaraciones los mismos argumentos que presentó en un documento escrito de más de 176 folios, preludio de la vista oral, un día antes de personarse ante la juez.

El presidente de la compañía insistió en lo que ya dijera Ballmer tiempo atrás: si el tribunal da la razón a las tesis de los nueve estados que no apoyaron el acuerdo extrajudicial alcanzado por la empresa con sede en Redmond y el gobierno federal, se vería obligado a retirar del mercado su sistema operativo Windows. Respecto a la existencia de un Windows \’modular\’, el hombre más rico del mundo explicó que ni existe ni tiene la capacidad para desarrollarlo. Gates además insistió en la tesis de que todo lo que perjudique la prosperidad de Microsoft, mermará también el avance tecnológico del mundo.

La guinda del pastel

Pero una vez concluida la fase en la que los testigos, tanto de uno u otro lado, debían declarar, los nueve estados rebeldes se sacaron un nuevo as de la manga: un consultor de Virginia llamado James Bach que trabajó para Microsoft y que aseguraba haber creado una versión modular \”robusta y fiable\” empleando una versión comercial de Windows XP Embedded.

Esperar a este momento para presentarlo es una estratagema legal más que discutible, de la que Kollar-Kotelly se mostró plenamente consciente. Pero la juez consideró que lo que este experto asegura tenía tanta importancia que merecía la pena convocarle el 15 de mayo pese a la oposición frontal de Microsoft.

En caso de demostrar que un solo hombre había conseguido lo que se suponía que no podían lograr todos los ingenieros de Redmond, habría puesto en un buen brete al coloso de Redmond, tirando por el sumidero gran parte de la defensa de Microsoft.

Desgraciadamente nunca se llegó a saber si Bach estaba en lo cierto, ya que en un sorprendente golpe de timón que nadie aceró a explicarse, los nueve estados retirar la solicitud aduciendo que, con ello, pretenden evitar que el caso se prolongue hasta el infinito y que la juez Colleen Kollar-Kotelly \”está lista\” para poner el punto y final al caso.

El caso es que el proceso en el que dilucidar las sanciones a imponer a Microsoft se encuentra en su recta final. Tras ocho semanas empleadas en atender los argumentos de los testigos presentados por ambas partes, y que a mediados de mayo Kollar-Kotelly escuchara los argumentos orales de los abogados que defienden Microsoft, queda únicamente que, mediado junio, ambas partes ofrezcan sus conclusiones finales.

Después la juez está obligada a digerir toda esta ensalada de comentarios, opiniones, acusaciones y hechos para tomar una decisión, que, de todas maneras, pocos expertos creen que vaya a cambiar el status quo existente.

 

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