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Es el nombre, estúpido

Parafraseando la famosa sentencia de Bill Clinton (\”Es la economía, estúpido\”), afirmamos ahora que lo que importa en la gestión empresarial es el nombre. A la mayoría de los clientes no les dicen nada los intrincados logotipos ni las sutiles combinaciones cromáticas tan de moda en los últimos tiempos. No valen para captar -y fidelizar- clientes. Los expertos del management abogan ya por reforzar el nombre de la empresa.

Un nombre sencillo, fácil de recordar; para que cuando a la gente se le presente una necesidad relacionada con el campo en el que opera la empresa, la palabra (y la imagen mental de la compañía) le venga a la cabeza como por arte de magia. Nada de estudiar seis meses y entrevistarse con toda la ciudad para saber si es mejor un logo en forma de círculo o de cuadrado.

Pero también original. Porque, cuando tecleamos el nombre de nuestra empresa en algún buscador, puede ocurrir que se obtengan escasos resultados. Sin embargo, si se consiguen centenares, tenemos un problema. Grave. Los clientes no pueden vernos y entraremos en crisis. El nombre es el único intermediario entre la firma y el usuario.

Aunque parezca exagerado, también tiene que entrar por los oídos; tiene que ser exacto y claramente audible. Si los clientes no se enganchan al nombre, y su mensaje latente no se relaciona directamente con sus necesidades, no hablarán de él -de la empresa-. Y el camino es largo: los gurús dicen que el 90% de los nombres corporativos tienen grandes limitaciones.


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