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Europa quiere acabar con las ‘galletitas’

Las cookies son unos pequeños archivos de texto que se colocan en el disco duro cuando visitamos ciertas páginas web. Sirven, en teoría, para identificar al internauta —pueden incluir nombre, código postal, edad, hábitos de navegación, etc.— cuando vuelve a los mismos sitios y así poder personalizar la información y ahorrarle introducir datos nuevamente. Su uso indiscriminado ha sido puesto en entredicho por los defensores de la privacidad, que advierten de las galletas espías que rastrean nuestros pasos. Sin embargo, los pro-cookies alegan que su uso se especifica en la política de privacidad de los websites, y los navegadores disponen de una opción para no aceptarlas.

Por eso, la Comisión Europea se está encontrando más de un obstáculo para sacar adelante su propuesta para erradicar las cookies, ya que incluso los grupos guardianes de la intimidad en Estados Unidos no están de acuerdo con su erradicación. Al contrario que en Europa, donde se intenta colocar a las galletas dentro del marco jurídico, en EEUU su utilización se autorregula —con el ojo de la FTC y otros organismos reguladores encima— desde los sitios web que las emplean. Las compañías de publicidad, grandes defensoras de las cookies, y otros negocios de Internet afirman que son necesarias para convertir la navegación en una experiencia realmente interactiva y personalizada.

El Electronic Privacy Information Center (EPIC) estadounidense afirma que su eliminación, casi imposible técnicamente, no es la mejor solución: \”No todas las cookies son malas ni todas se utilizan para sacar provecho; no estamos contra la tecnología en general, y proscribir las cookies es censurar la tecnolgía\”.

Las críticas no llegan sólo desde el otro lado del Atlántico. En el Reino Unido, el Interactive Advertising Bureau ha convertido a las cookies en especie amenazada de extinción lanzando la campaña \”Save our Cookies\”. Según el IAB, la prohibición de esta tecnología de los browsers costaría a las compañías británicas cientos de millones de libras.

  • En NewScientist.com


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