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Incubadora, palabra maldita

Pasó la moda de las incubadoras, ahora conocidas como aceleradoras. Problemas de todo tipo han acabado con ellas, desde los descalabros en bolsa, la menor inversión o la propia inviabilidad de muchos planes de negocio online hasta la creciente presión de los inversores, tan impacientes por alcanzar la rentabilidad y que han terminado por llevar a la tumba a centenares de puntocom, como los agregadores de compras Mercata.com o LetsBuyIt, nodo este último concebido por la incubadora Speed Ventures.

Las incubadoras, compañías que invierten y dan asesoría técnica y profesional a cambio de porcentajes en las startups, ya no quieren arriesgar. Prefieren girar hacia la economía real. Muchas comenzaron viciadas, construyendo la casa por el tejado. En vez de apuntalar primero su propio negocio, se lanzaron a financiar proyectos. Llegamos así a la culminación de un peligroso círculo vicioso. La mayoría de las incubadoras son, lisa y llanamente, startups que tienen que sacar dinero de debajo de las piedras, lo mismo que sus empresas incubadas.

Como en todos los sectores de Internet, la incubación ha sido víctima de las cribas del mercado. Cuando empezó a explotar esta fórmula, su oportunidad estaba garantizada por la necesidad de potenciar y generar ese nicho de negocio. Hoy el mercado ha madurado, alcanzando incluso el inevitable nivel de saturación. Sobreviven las empresas más veteranas, o con mayor respaldo económico. Y no todas: véase Ecuality. Las demás desaparecerán o serán absorbidas por compañías de toda la vida, porque este año será un ejercicio de rigurosas cribas. Pero los supervivientes no quieren seguir contando con una marca, la de incubadora, que se ha convertido en una de las palabras malditas de la Nueva Economía.

De hecho, la función de las incubadoras principia a diluirse al aparecer fuentes de financiación alternativas, como los llamados ángeles inversores. Es entonces cuando muchos emprendedores optan por prescindir de ellas por considerar excesivos los porcentajes de capital que tienen que ceder a cambio de velocidad de desarrollo.

Nuevos nombres, viejas costumbres

Pese a rechazar la denominación, muchas grandes compañías y consultoras tecnológicas siguen trabajando con sus divisiones de incubación. Ejemplos: Accenture, Deloitte Consulting, Lycos, con su incubadora LycosLabs. Incluso los viejos dinosaurios, empresas como HP, Dell o IBM, también cuentan con programas de incubación. Lo que están haciendo estas firmas es pisar sobre seguro, dejando de incubar una idea desde su origen y centrándose en los proyectos más maduros o viables.

Proveedores de servicios podría ser un buen nombre para calificar aquello en lo que se están convirtiendo las incubadoras. Esto viene de la crisis económica que vive la Red, de la falta de capital, que prácticamente impide incubar nuevos proyectos. Sin embargo, virar la actividad hacia la consultoría permite seguir ganando dinero, aunque sea algo. Desde el gran crack del Nasdaq, hace ahora casi un año, las incubadoras miran con microscopio los proyectos que reciben. Estas empresas, que invierten y proporcionan asesoramiento técnico y humano a cambio de un porcentaje en la startup, ya no se arriesgan con cualquier proyecto y han cambiado su estrategia para dirigirse hacia las empresas de la economía real.

Las mejores esperanzas de las incubadoras, sobre todo las salidas a bolsa, han frenado aún más su progreso. Las incubadoras apenas han madurado el 5% de sus proyectos, por lo que no han podido sacar a cotizar sus empresas y hacer rentables sus inversiones. De hecho, las que a pesar de todo se atrevieron a lanzar sus propias Ofertas Públicas de Venta de Acciones han sido sistemáticamente castigadas por los mercados. Ahí está el caso de CMGI: sus acciones valían casi 165 dólares hace menos de un año; hoy valen apenas 4 dólares. Todo ello completado con un rosario de cierre tras cierre de empresas y despidos masivos.

El ejemplo de CMGI

Cuando CMGI estornuda, el mercado se constipa. CMGI e ICG han perdido un 96% de su valor en bolsa en doce meses. Y hay más casos de incubadoras legendarias, empresas que se toman como termómetro para medir la temperatura del sector: Divine Interventures, cuya capitalización bursátil ha caído un 84% en el último año. O Safeguard, que vale un 90% menos. O Idealab.com, que tantas esperanzas despertó, que sacó nada menos que 1.000 millones de dólares a los inversores y que abandonó su salida a bolsa. También desistió de comenzar a cotizar, hace sólo cuatro meses, Interlab. La vida no es justa. Tampoco para las incubadoras, a pesar de que su apuesta por Internet siempre ha sido más fuerte y verdadera que la del capital riesgo, pero Wall Street no admite excusas.

En Europa hay ahora mismo alrededor de 300 incubadoras de negocios online, de las que sólo seis cotizan en bolsa. Según un estudio de Schroder SalomonSmithBarney, no sobrevivirán más que una decena. Datos esclarecedores, porque los mercados han retirado completamente el crédito a las incubadoras.

Están de moda entonces las aceleradoras al estilo de GorillaPark, cuyo modelo de negocio prevé que, en un par de años, las empresas que caminen bajo su guía alcancen una dimensión y una fuerza económica suficientes como para lanzar sus OPV. Las aceleradoras apuestan por reducir al mínimo el período de tiempo que debe atravesar una compañía desde que nace hasta que se consolida y sale a cotizar en bolsa. Una idea, por tanto, bastante alejada de las tradicionales incubadoras que ayudaban a caminar a sus criaturas.

Cambio de perfil

Una de las consecuencias de todo esto es el cambio del prototipo del emprendedor, que está dejando de ser un joven con ideas brillantes y deseo de hacerse de oro vía parqué. Ahora encontramos profesionales y directivos de amplia experiencia en el mundo offline que quieren dar el salto a la Red. Lo cual no es una garantía, sino más bien al contrario. Hacer bien las cosas fuera de Internet no implica saber hacerlas en la economía online.

Según los expertos, las incubadoras sólo podrán salir adelante centrándose en áreas de negocio concretas (comunicaciones de cuarta generación, banda ancha) y apostando por regiones que, como Latinoamérica, tienen futuro una vez que capeen el fuerte temporal que les asola. Y, por supuesto, si saben adaptar su modelo de negocio a la velocidad de crucero de la economía digital. Porque, definitivamente, los inversores han dicho basta a la financiación de proyectos de Internet sin un horizonte de rentabilidad claro.


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