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La agonía de la industria musical

La industria musical parece estar viviendo desde hace unos años una agónica y lenta muerte que parece no tener final, ya que intenta aferrarse a todo lo que puede antes de sucumbir ante la aplastante realidad del mercado actual. Los CDs parecen tener los días contados, y el formato mp3 parece estar, ahora más que nunca, en la cresta de la ola. Las descargas gratuitas, la proliferación de reproductores de este formato y la concepción general del mercado han cambiado radicalmente el modelo de negocio existente.

El principal problema ha sido la escasa previsión y capacidad de reacción de las discográficas, que durante estos años han ido dando tumbos y pataletas cual niño pequeño, esperando que alguien (y no ellos) hiciera algo para solucionar la situación. Sin embargo, se han encontrado con el rechazo del público ante sus políticas de precios y con el de muchos artistas por las condiciones contractuales que aplicaban hasta el momento. Estos últimos son los más divididos; mientras algunos abogan por las descargas, otros defienden sus derechos como autores.

Parece que por fin los grandes ejecutivos de las compañías han despertado de su largo letargo y se han dado cuenta del estado por el que atraviesa el mercado de la música actualmente. No tiene sentido seguir apostando por los CDs cuando ha quedado demostrado que cada vez venden menos, frente a la creciente popularidad de las canciones adquiridas por Internet. iTunes, la conocida tienda de Apple, es ya el tercer vendedor más importante de música en Estados Unidos y ya ha conseguido distribuir más de tres mil millones de canciones en todo el mundo.

Si a esto le unimos el número creciente de las llamadas descargas “ilegales” (aunque, por el momento, no se haya demostrado la presunta ilegalidad de éstas) tendremos una aproximación real a la situación actual. Y es que más del 43% de los usuarios admite descargar canciones de forma gratuita de la Red, aunque seguro que la cifra subiría considerablemente si incluimos también a aquellos que no lo admiten.

Por lo tanto, parecería lógico pensar que si lo que demandan los usuarios es música en formato mp3 y con precio bastante más reducido al actual (la gran mayoría aceptaría pagar por estos archivos, aunque no tanto como por un CD), las compañías deberían plantearse seriamente la opción de cambiar su concepción del mercado.

Los internautas consideran que el precio “justo” de una canción debería oscilar entre los 30 y 45 céntimos, y el de un disco completo entre 2 y 2,5€. Esto no significa que las discográficas tengan que aceptar los precios determinados por los clientes, aunque deberían tener en cuenta estos datos a la hora de afrontar su futuro.

Los artistas, por su parte, siguen divididos; algunos han encontrado en Internet la forma perfecta de promocionarse y llegar a un mayor número de personas. Tan solo hay que echar un vistazo al aumento en el número de conciertos en nuestro país y a la afluencia de público en todos ellos, para darse cuenta del impacto que tiene el acceso masivo por parte de los usuarios a cualquier tipo de música. Ahora, los seguidores de una banda pueden gastar su dinero en entradas para actuaciones, y no en CDs que, en muchos casos, se acercan más a los veinte euros que a los diez.

Además, la Red ha servido de lanzadera para diversos artistas, y si no que se lo digan a Arctic Monkeys o Lily Allen, que no deben ver en Internet a un enemigo, sino todo lo contrario. Si algo ha demostrado la Web es que puede ser una lanzadera directa al éxito, y no un espacio tan demonizado como se ha intentado hacer ver por parte de numerosos sectores.

También existen aquellos artistas que defienden con uñas y dientes sus derechos de autor y, como no, es una opción completamente válida. Es necesario que la música tenga un precio, teniendo en cuenta que los artistas que la crean tienen que vivir de ello. Otra cosa muy distinta sería hablar de las sociedades de derechos de autor que, en muchos casos, tan solo benefician a los mismos.

Eso sí, la música tiene un precio pero quizá no es el que le ponen las compañías de discos y las tiendas. Incluso, en ocasiones, hasta los propios músicos se enfadan ante este salvaje mercado. El propio Trent Reznor, líder de NIN, sacó las uñas contra su discográfica cuando, en una visita promocional a Australia, vio que allí su último CD costaba cerca de 22 euros, mientras que otros lanzamientos estaban a 13€. La respuesta de la discográfica fue aún más desconcertante: “pusimos ese precio porque sabemos que tienes una audiencia muy fiel que pagará cueste lo que cueste lo que saques”.

Sin embargo, si algo ha dejado claro la audiencia en todos estos años es que ya no apoyan este tipo de actos. ¿Por qué pagar 22 euros por un disco cuando se puede conseguir de forma completamente gratuita en la Red? Ahí es donde deberían entrar las discográficas, y decidir qué incentivos ofrecer para mejorar la situación.

Tras todo este tiempo de disputas, querellas y demás, las discográficas están reaccionando, y buscan nuevos proyectos para no perder su mercado. EMI decidió vender canciones sin DRM a través de iTunes, sin duda una iniciativa bastante interesante aunque no exenta de polémica.

Además, la tienda eMusic, la segunda en importancia tras iTunes, ha llegado a un acuerdo con AT&T para vender canciones de sellos independientes a través de los teléfonos móviles. Así, los usuarios podrán acceder a un catálogo que normalmente no está apoyado por las grandes cadenas comerciales, sin tener que acudir a ninguna tienda o usar el ordenador. Con esta iniciativa quieren llegar a una mayor proporción de público, que suele ser muy proclive a bajarse temas a sus teléfonos móviles.

También han surgido en los últimos días otras iniciativas interesantes como Snocap, que ofrece a las discográficas y los artistas la posibilidad de vender sus canciones a través de las redes sociales más populares como MySpace, lugares que siempre han estado vinculados fuertemente con el mundo de la música.

En definitiva, parece que finalmente se observa un movimiento comprometido por parte de las discográficas para dejar de lamentarse y encontrar soluciones a los decrecientes ingresos de sus ventas. Por fin se han dado cuenta de que las tecnologías no son un gran enemigo que lucha contra ellos, sino que pueden aprovechar su potencial para dirigir su modelo de negocio hacia otros lugares. El tiempo dirá si los esfuerzos darán sus frutos.


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