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La Red cava la tumba del disco

Internet ha entrado como un elefante en una cacharrería en el sector de la música. Y todavía no ha hecho más que cruzar la puerta. A día de hoy, cualquier persona con un mínimo de destreza para navegar por Internet conocerá programas como Audiogalxy, Morpheus o Napster igual de bien que los estribillos de las canciones de los Beatles, Rolling Stones o Bruce Springsteen.

En la mayor parte de los casos ese conocimiento se obtiene después de haber utilizado estas plataformas en alguna ocasión. El mundo está atestado de piratas musicales. La edad o el sexo han dejado de ser factores irrelevantes para colgarse el parche de pirata: la brecha digital que existe entre países conectados de los que no lo están o el que aún perdura entre hombres y mujeres internautas se evapora cuando se trata de bajar música de la Red.

En unos pocos meses, la piratería ha pasado de ocupar los breves de los periódicos a tratarse como una cuestión capital. Es algo no demasiado extraño teniendo en cuenta que varios miles de millones de una todopoderosa Industria (con múltiples ramificaciones, contactos y prebendas) están en juego. Internet, como un David del siglo XXI, ha noqueado a un todopoderoso Goliat que campaba a sus anchas hasta no hace demasiados meses. Tocadas pero con todo su orgullo por delante, las discográficas comienzan a replantearse la rebaja del precio de los CDs o, en decisiones más desafortunadas, hacerse con un trozo de la tarta que genera la piratería de los discos mediante el cobro de un impuesto en el precio final de un CD-R (CD grabable).

Inmovilismo

El formato CD sucumbirá ante la consolidazión del MP3

La industria es un gigante con los pies de plomo que se mueve por un terreno enfangado. Su reacción a los cambios siempre es tardía, mejorable y se produce a regañadientes. En vez de adaptarse a la nueva situación que ha creado la explosión de Internet, ha optado por parapetarse tras el muro de la \’Verdad Duradera\’, ese que les resguarda de todos los proyectiles que atentan contra sus cuentas de resultados y que defienden el cobro a rajatabla en concepto de derechos de autor. Las dos opciones que se han sacado de la manga para competir contra los programas que fomentan el intercambio de canciones de forma gratuita, PressPlay y MusicNet, están repletos de carencias y limitaciones. Mucho tienen que cambiar sus servicios, oferta y ámbito operativo (por ahora sólo están disponibles en Estados Unidos) para que consigan atraer a un exiguo puñado de abonados.

En cualquier caso, la solución al problema que genera el pirateado de canciones recae única y exclusivamente sobre la Industria. \”Quien resiste gana\”, fue la frase que legó el fallecido Premio Nobel de Literatura español, Camilo José Cela, y parece que también es el lema que ha grabado a fuego la Industria discográfica en las paredes de sus oficinas. Lo que a buen seguro no va a cambiar es el hábito de los usuarios a trapichear todas las canciones que su velocidad de conexión y tiempo le permitan. Y es que, en determinadas cuestiones, cuando don dinero anda por medio poco importa las leyes o el respeto por los derechos de autor.

Lo que está por llegar

Los cambios que producirá Internet en la música no se limitan a estos aspectos. Afectará también, y mucho, a los formatos en los que se distribuirán las canciones del futuro. Pocos ponen en duda que en pocos años la mayor parte de las ventas de discos (palabra errónea, como luego veremos) se realizará a través de la Red. Las tiendas que antes olían a vinilo y hoy exhalan aroma a plástico se convertirán en un lugar de peregrinaje para los verdaderos melómanos, al estilo de lo que ocurre actualmente con las librerías.

Desaparecerá el concepto de disco en favor del single

Internet cambiará también el concepto de disco tal y como lo entendemos hoy. ¿Quién se compra vinilos en 2002? Pocos, muy pocos. ¿Quién sostendría esta idea hace apenas 15 años? Casi nadie ¿Quién comprará CDs dentro de cinco o seis años? Un reducido grupo de personas que convertirá la adquisición de este material en una especie de muestra de fidelidad casi religiosa hacia un pasado que se evapora. Internet ha llegado para transformar varias costumbres arraigadas a lo largo de los años. El concepto de música que hoy conocemos sólo es el principio de una gran revolución liderada por Internet que nos afectará a todos.

El formato CD sucumbirá ante consolidazión del MP3, la llegada del MP4 o el formato que aún esté por venir. Este cambio lleva incorporado, a su vez, otra multitud de transformaciones. Ya nadie dirá que se ha comprado el nuevo disco de U2, sino que comentará que se ha bajado de la Red \”la nueva canción\” del grupo irlandés. El concepto de disco tal y como lo entendemos hoy en día -obra que recoge entre 10 y quince canciones, aproximadamente- desaparecerá. Los grupos dejarán de meterse en el estudio cada dos años para grabar su disco. Los nuevos hábitos de los consumidores les obligará a entrar cada pocos meses para grabar un solo tema, un par a lo sumo, ya que Internet provocará que los usuarios sólo quieran descargarse canciones sueltas, nada de obras compactas.

Esta tendencia ya se está dejando notar en los hábitos y costumbres del internauta medio. Algunos de los programas piratas de música que atestan la Red, como WinMX, permiten consultar las canciones que guarda en el disco duro otro usuario. Cualquiera puede hacer la prueba con un poco de ganas y paciencia. ¿Cuál sería el resultado? Ni uno solo tiene un disco entero, sino cientos, miles de canciones de cientos, miles de grupos. Es cierto que muchos disponen decenas de canciones de un mismo artista, pero de varios discos.

Los internautas seleccionan y abominan de la basura. No quieren perder tiempo ni siquiera para escuchar música.

El resultado de todo ello es simple: a los grupos sólo les preocupará componer una buena canción cada dos meses. Desaparecerá la idea de Obra global como se entiende hoy. Lo probelmático es que un grupo es bueno no sólo por las canciones de calidad que edita, sino también por los temas mejorables que editan pero que poseen diferentes matices o cambios de estilo que los convierten en intersantes. Se querrán sacar diez éxitos al año, diez temas de estribillo pegadizo, nada de un LP como ocurre hoy en día. Se trata de algo lógico teniendo en cuenta que, en vez de discos vendidos, se premiará el número de veces que se ha descargado una canción. La primera consecuencia será que la música se convertirá en objeto de consumo rápido… en las hamburguesas del siglo XXI.


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