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Las discográficas, una victoria que huele a derrota

Las discográficas continúan diversificando sus esfuerzos en su batalla por acabar con la violación de los derechos de autor de las obras musicales. Desde que se enfrentaron con poca fortuna a Diamond Multimedia, el fabricante de los reproductores MP3 Rio, allá por 1998, su principal recurso ha sido el legal. Con el refrendo inestimable de las leyes de protección de la propiedad intelectual, las discográficas han soltado hordas de abogados con el cuchillo en la boca dispuestos a cercenar la garganta de todo aquel con arrojo suficiente como para blandir el estandarte MP3.

Esa cerrazón hacia todo lo nuevo ha dado paso a una mirada más proactiva gracias, entre otros motivos, a la exasperación de los políticos estadounidenses, cansados de ver como las grandes discográficas ralentizaban el desarrollo del mercado de la música digital. Después de tirar del talonario y hacerse con las principales compañías de música online que todavía respiraban (CDNow.com, Emusic.com, MyPlay.com, MP3.com, etc.), todas las grandes se hayan actualmente embarcadas en fastuosos proyectos (MusicNet, Duet, MTVi, etc) que avanzan con lentitud y que incorporan diversos mecanismos de blindaje para dificultar la vida del usuario, vaciar su bolsillo e impedir que la música fluya libre por la Red.

La desaforada persecución de los piratas resulta lícita, siempre y cuando tenga por objetivo que el músico no se arrastre por las esquinas buscando un pedazo de pan que llevarse a la boca. Pero tratar a los aficionados a la música como seres de encefalograma plano es una medida más bien torpe. Los centros comerciales, incluso en la Red, no son nada sin su principal activo: los clientes. A este respecto, la indiscriminada política de represión y la fragmentación, complejidad y escasa flexibilidad de sus servicios no son la mejor política de ventas.

Con el pie sobre el cuello del usuario

A medida que el peso de la ley y los abogados de la Recording Industry Association of America (RIAA) iban aplastando progresivamente a Napster y fustigando judicialmente a sus imitadores, las discográficas fueron cortando los árboles del bosque a la medida de sus deseos. Al final, tan sólo un claro abierto en el que todavía proliferan algunos arbustos o herramientas de intercambio de música gratuita (como Gnutella, cuyo número de usuarios crece cada semana, o Aimster, también bajo el fuego de los abogados de la RIAA), aunque ya sin la sombra amenazadora de Napster, de cuyas ramas llegaron a colgar 70 millones de personas. La compañía del popular Shawn Fanning, herida de muerte por los hachazos judiciales, va perdiendo adeptos cada semana, a medida que sus nuevos filtros dificultan la búsqueda de canciones y aumentan la frustración de sus usuarios.

Con los antiguos robles del intercambio musical criando musgo y la mayor parte del resto de las independientes en manos de las grandes compañías (8 de los 10 mayores nodos de música online les pertenecen, según Jupiter Media Metrix), la industria pretende ahora imponer sus modelos de pago por suscripción. Tanto Duet como MusicNet se aprestan, con permiso de otros como MTVi, ya demandada por Sony Music, EMI y BMG (el atrevimiento se paga caro),o The House of Blues, a repartirse los usuarios que hoy vagan desconcertados en busca de canciones con las que llenar su disco duro.

Sin embargo, en vez de llevar dádivas en sus manos con las que seducir a los aficionados a la música, las discográficas sólo ofrecen piedras. Los futuros servicios únicamente dispondrán de una porción de la música existente (los catálogos de Sony y Universal, en el caso de Duet, y los de EMI, Time Warner y BMG en el de MusicNet) y además incluirán todo un arsenal de medidas que impedirán el intercambio libre de ficheros. A modo de ejemplo, el servicio de MusicNet, según se hizo público hace tiempo, sólo permitirá descargar canciones autorizadas, las cuales no podrán ser transferidas a CDs ni tampoco a dispositivos como los reproductores MP3. Además, los acuerdos entre los compradores y los nuevos centros de intercambio se entenderán como un contrato de servicios. El aficionado a la música no comprará el producto (el CD o la canción), tan sólo el derecho a escucharlo, que habrá de renovar constantemente. Flujos eternos de dinero, el paraíso de las grandes compañías.

Pero las discográficas saben que no resulta sencillo montar una red de distribución desde cero. No por abrir una bonita tienda los clientes han de entrar en ella. De ahí que Bertelsmann, ya en el mes de octubre, tratara de hacerse con los usuarios de Napster. A cambio de un préstamo de 60 millones de dólares convertible en acciones, Napster accedía a transformarse en un servicio de pago. Thomas Middlehoff, presidente de Bertelsmann, lo tenía claro: la industria cometería un error fatal si dejaba que los usuarios de Napster se dispersaran.

En vez de llevar dádivas en sus manos con las que seducir a los aficionados a la música, las discográficas sólo ofrecen piedras
Desde entonces, Bertelsmann intentó atraer infructuosamente al resto de discográficas a su proyecto con Napster. Pero poner de acuerdo a las cinco compañías era como pretender que los perros se hicieran amigos de los gatos. Al final, y sólo al cabo de muchos meses, los tiburones de la música se agruparon en dos grandes grupos. Precisamente uno de ellos, MusicNet, firmó la semana pasada un acuerdo con Napster por el que la compañía estadounidense podrá distribuir el catálogo de las canciones de los socios de MusicNet (EMI, Time Warner y BMG) a través de su servicio. Para los más libérrimos usuarios de Napster, una traición a su espíritu; para sus directivos, la única alternativa para no irse al hoyo de cabeza.

La materialización de los planes de Napster pasa por establecer un servicio de pago premium (algo más caro que el normal) que permita descargar las canciones de los grupos de estas discográficas, pero sólo durante un cierto tiempo. La tentación de acceder a la base de usuarios de Napster resultó para MusicNet mayor que la aversión que sus componentes le guardan todavía a la compañía que ha sacudido los cimientos de la industria musical. A pesar de este cordial apretón de manos, y como ya sucedió con BMG cuando su matriz Berteslmann se hizo con un pedazo de Naspter, los miembros de MusicNet (otra vez BMG) no retirarán la demanda que presentaron junto con Vivendi y Sony para acabar con Naspter.

Como prueba de la animosidad existente en las altas esferas de la música, el acuerdo especifica que Napster no podrá establecer vínculos similares con Duet. Una forma de decirle a Universal (cuya matriz, Vivendi, se hizo recientemente con MP3.com) y a Sony que su supervivencia pasa por la integración en MusicNet.

Preguntas sin respuesta

Aun así, los planes de las discográficas tienen más agujeros que un queso gruyère. Sus servicios todavía no los ha visto funcionar nadie. Como se asegura en un ilustrativo artículo en Salon, la integración de MusicNet y Napster será tan compleja como lo sería hacer convivir los sistemas operativos Windows y Mac OS en un mismo ordenador. El servicio dispondrá de dos niveles de acceso, dos tecnologías de seguridad (la de Naspter para el servicio estándar y RealSystem iQ para las canciones de MusicNet) y dos sistemas de gestión de derechos. En resumen, todo lo contrario de lo que antiguamente era Napster: simplicidad y fiabilidad.

Por otra parte, parece inconcebible que los usuarios accedan a comprar música que luego no puedan transferir a otros dispositivos, ya sean CDs o reproductores MP3. Ni siquiera los más aficionados a sudar la camiseta en el gimnasio pueden irse de footing con el PC bajo el brazo. Tampoco que acepten descargar música que se evapora al poco tiempo. Si bien esto puede valer para cantantes de consumo enlatado como Britney Spears (¿se acordará alguno de sus canciones con el paso del tiempo?), no sucede lo mismo con la música de otros muchos grupos y cantantes, coleccionada fervorosamente por sus millones de fans.

El reciente acuerdo de EMI con el fabricante de software Roxio, un \’spinoff\’ de Adaptec que domina el 70% del mercado de software de grabación con su \’Easy CD Creator\’, es una muestra de que las discográficas parecen por fin darse cuenta de esto, al menos parcialmente. Ambas compañías tienen intención de desarrollar programas que, presumiblemente sin restringir la flexibilidad de la que ahora disponen los usuarios, permitan a las discográficas controlar el copiado de archivos musicales a CDs (por ejemplo, limitando a dos o tres las veces que un usuario puede copiar una canción legalmente descargada). Pero esto sólo podrá suceder con los futuros CDs y no con los ya existentes, que pueden ser ripeados y copiados con cualquier otro programa. ¿Supone el esfuerzo de EMI la cuadratura del círculo?

Además, a los fabricantes de equipos informáticos no les interesa que se establezcan restricciones sobre el copiado. No en vano el 75% de los ordenadores vendidos por Compaq y Hewlett-Packard incluyen unidades CD-RWs, que permiten grabar y regrabar datos en CDs vírgenes. Y si un 42% de los usuarios utiliza los CDs para grabar datos, el 32% los utiliza para grabar música, el 15% fotos y un 3% vídeo.

Aunque el principal dolor de cabeza que ahora tienen las discográficas es la postura de las asociaciones de autores y editores musicales estadounidenses. Los 800 miembros de la National Music Publishers Association, que ya han demandado tanto a Naspter como a las discográficas, no están de acuerdo con la forma en que las nuevas tiendas como MusicNet o Duet negociarán sus derechos de autor (al contrario que en el pago por descarga, la suscripción dificulta el cobro de los derechos). Las discográficas, en una postura un tanto cínica -ven antes la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio- han reclamado a la Comisión Judicial del Congreso estadounidense un cambio en la legislación de la propiedad intelectual. Según ellos, los autores y editores bloquean el desarrollo de la música digital con sus demandas. Sin la connivencia de estos últimos, cuya visión del problema es contraria a la de las discográficas, MusicNet y Duet se derrumbarán como un castillo de naipes.

Pero con cada vuelta de tuerca aumenta la animosidad de los consumidores, que se ven imposibilitados para hacer aquello que más les gusta: escuchar música
Una vez que la situación comienza a regularizarse, todos quieren poner la mano. Y eso, indudablemente, empuja hacia arriba el precio de los nuevos servicios. Un reciente estudio de Webnoize indicaba que algo más de la mitad de los estudiantes universitarios estadounidenses, los principales consumidores de música, estarían dispuestos a pagar entre 10 y 20 dólares al mes por utilizar Naspter, pero sólo el 4% pagaría más de 20 dólares. Frente a Napster, es decir, un servicio de intercambio ilimitado que permite acceder a toda la librería musical del planeta, la oferta de las discográficas resulta un mal sucedáneo, caro y limitado. ¿Cómo convencer a los usuarios de que han de cambiar un Mercedes (encontrado en la calle con los pestillos abiertos) por un Mini Cooper y encima pagar una fortuna por ello?

En busca del formato perdido

Para compensar lo escasamente atractivo de su propuesta, las discográficas trabajan, con ayuda de la tecnología, para que sea la única. O lo tomas, o lo tomas. Los formatos seguros serán los encargados de impedir que los aficionados se desmanden y copien lo que no deben. Sin embargo, hasta la fecha, sus esfuerzos se han demostrado inútiles. Después de más de dos años de vanos intentos, la Iniciativa Segura de Música Digital (SDMI), un consorcio nacido para diseñar un formato de compresión alternativo y seguro, ha terminado con sus prototipos (marcas de agua) crackeados, con algunos de sus miembros en desbandada y sin el principal cerebro detrás del proyecto.

De estos fracasos se aprovechan dos grandes compañías, RealNetworks y Microsoft, que tratan de imponer sus propios estándares mientras la SDMI se reorganiza. La primera, una de los integrantes de MusicNet, podrá tener también ahora acceso a Naspter (Duet, renombrada a comienzos de semana como PressPlay, continúa por su parte sin decidirse por una plataforma tecnológica). Así, una de las cláusulas del acuerdo MusicNet-Napster impide a la compañía de Fanning utilizar su propio estándar de protección.

Microsoft también aprovecha para mover ficha. Después de lanzar su propio proyecto, MSN Music, en el mes de abril, la compañía de Bill Gates integra en silencio su reproductor multimedia (Windows Media Player) en su nuevo sistema operativo Windows XP. Éste, como afirman los probadores de las versiones beta, impide grabar archivos MP3 con calidad CD. Microsoft se escuda en el coste de la licencia (hay que pagar 2,50 dólares cada vez que se instala el codificador MP3) y en la mayor calidad de compresión de su formato propietario WMA que, curiosa coincidencia, puede ser protegido. Sin embargo, su formato pronto dispondrá de un formidable competidor: el MP3Pro, una versión actualizada de MP3 con mayor calidad de sonido y capacidad de compresión.

Es con la doble ayuda de la tecnología y la ley como las discográficas esperan poner cerco al océano de Internet y hacer que los clientes afluyan a sus tiendas, aunque con ello retrasen innovaciones que benefician enormemente al consumidor. Un ejemplo de esto es lo sucedido con Launch.com, uno de los pocos nodos online todavía independientes, demandado hace poco por violación de derechos de autor. Su crimen: permitir que los navegantes escogieran su propia programación de radio por Internet.

Pero con cada vuelta de tuerca aumenta la animosidad de los consumidores, que se ven imposibilitados para hacer aquello que más les gusta: escuchar música. Las nuevas plataformas no les ofrecen lo que quieren (con excepción quizás del nuevo servicio de pago de MP3.com) y lo que antes era un pasatiempo (copiarse unas canciones bajadas de la Red en un CD) hoy se vuelve una cruzada contra quienes se comportan como dictadores con pocos escrúpulos y enemigos de la innovación. Ante esta percepción, a los usuarios poco les importa ser considerados como violadores de la propiedad intelectual. Y armas para combatir no les faltan: millones de CDs susceptibles de ser ripeados y programas como Gnutella, WinMx, Audiogalaxy y todos los que habrán de nacer. Las discográficas han diseñado, sin preguntar a sus destinatarios finales, unos servicios en sus despachos que a nadie gustan y que quieren que todos se traguen. Como sabe quien ha dado de comer a un niño algo que no le gusta, trabajo les va a costar…


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