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Los usuarios pasan de la crisis

A pesar del annus horribilis para las empresas puntocom el fenómeno Internet no tiene freno. A pesar de que le quedan enemigos irredentos, que ven en el nuevo canal de comunicación un instrumento cuando menos sospechoso; a pesar de catástrofe bursátil, desconfianza del capital riesgo y escepticismo general, la Red se abre paso sin remisión.

Cuando un individuo se conecta a Internet no piensa en que vive en tiempos negros para los mercados tecnológicos; no tiene presente a las puntocom que cierran cada día, ni a los miles de trabajadores que están en la calle. Por eso, el número de usuarios aumenta de forma constante. Incluso en zonas del planeta donde ya hay tantos internautas que parecía se había tocado techo (EEUU), cada día más gente se anima a conectarse.

Y las previsiones para las zonas donde el índice de penetración todavía es escaso (Latinoamérica) no se han rebajado por culpa de los malos tiempos que corren. En países como Japón, donde el nivel de conexión ya es notable (40% de la población), se vislumbra un futuro conectado: Internet llegará al 80% de la población en 2005, según IDC.

Hay muchos internautas, pero habría muchos más si se hiciese un pequeño esfuerzo. Si en España los servidores de acceso gratuito dispararon el crecimiento y las tarifas semiplanas dieron otro empujón… ¿Qué pasaría si hubiese una conexión de banda ancha en cada casa y una Tarifa Plana asequible?

Si los políticos pusiesen de verdad manos a la obra para llevar la tecnología allá donde no se conoce y así reducir la brecha digital; y si en los países desarrollados emprendiesen acciones para facilitar el acceso, y mejorar su calidad y precio, se conectaría hasta el gato.

Además, todavía están por llegar las nuevas generaciones de dispositivos (y nuevas tecnologías: todavía no se han explotado las pocas posibilidades del WAP y el UMTS no ha nacido) que irán desplazando al PC como medio de acceso a la Red: móviles, PDAs, consolas y hasta neveras.

Más y más avezados

En los albores de la Red el internauta se lanzaba sin flotador a un mar desconocido. Seis años después del nacimiento de la Web, ya hay un gran número de viejos lobos de mar navegando. Son internautas que saben lo que quieren y se saltan las puertas de acceso habituales para llegar directamente a sus destinos favoritos.

Por eso los portales se están cayendo poco a poco de las páginas de inicio. La fórmula \’todo en uno\’ pierde fuerza frente a las tiendas y contenidos especializados. La acumulación de información y servicios, que crea páginas indescifrables, el bombardeo publicitario y las herramientas (buscadores, por ejemplo) poco eficaces espantan a los usuarios que ya conocen otros mundos que no están en el portal. Ni siquiera ya cumplen la función de cruce de caminos para dirigir el tráfico hacia los cibercomercios (una de sus fuentes de financiación), según certifica un informe de Consumer Reports Online.

Si a nivel global el podio está casi cerrado (AOL, Yahoo!, MSN…), en Europa los grandes grupos se dejan los cuernos y el dinero para situar a sus portales e ISPs (Terra-Lycos, Wanadoo, Tiscali y T-Online) en buena posición para llegar a la meta. Está por ver quién llega al final del camino.

La vieja fórmula no funciona. Por eso los portales tienen enfrente el reto de cambiar la cara para ser de nuevo atractivos para los usuarios. Además, han de encontrar la fórmula para transformar en dinero los servicios gratuitos que todavía funcionan (foros, chats, correo electrónico, etc.),

Comercio electrónico

La buena noticia para los comercios que tratan de vivir de Internet es que no sólo cada vez hay más gente que pasa por su tienda, sino que también son más los que se animan a rascarse el bolsillo. Al menos eso es lo que reflejan los numerosos estudios que aparecen cada poco sobre el gasto online. Los lastres para el avance definitivo del comercio electrónico (seguridad, rapidez, fiabilidad, etc.) siguen presentes, pero las ventajas de la Red también son cada vez más evidentes.

Nada menos que el 72% de los navegantes de Estados Unidos compraron algo en Internet el año pasado, según afirma Greenfield Online. El predominio del país de las barras y estrellas es rotundo, desde allí se realizan hasta el 80% de las e-compras actuales (aunque en 2005 sólo serán responsables del 56% de las transacciones). Sin embargo, las cifras globales —550.000 millones de dólares este año, según eMarketer— hablan de la buena salud del comercio electrónico en todo el planeta.

El pasado febrero los compradores estadounidenses se dejaron 3.400 millones de dólares en compras online, según cifras de Forrester Reasearch y la Federación Nacional de Comercio de EEUU. La tendencia —esa cifra representa un 13,3% más que el mes anterior— sigue apuntando hacia arriba.

Por eso, a pesar del gran número de puntocom con el agua al cuello, el esfuerzo para crear negocios virtuales sigue en marcha. Sólo en este año, los departamentos de tecnología se van a gastar 300.000 millones de dólares en preparar sus estrategias de e-business, según datos preliminares de un estudio de IDC sobre la adopción del comercio electrónico en 27 países.

Ingresos, números negros y otras minucias

Para salir adelante hay que transformar en dinero el tráfico de la Red. Que cada vez haya más internautas y cada vez se animen más gastar dinero online no es una base despreciable para construir un negocio en Internet. La pelota está ahora en el tejado de las empresas, que tienen que dar a los visitantes lo que quieren y hacerlo lo suficientemente atractivo para que estén dispuestos a pagar por ello. Casi nada.

El huracán que ha barrido el bosque puntocom (algunos dicen que sencillamente lo ha limpiado de malas hierbas) ha servido para aclarar el panorama y obligar a muchas empresas a empezar casi de cero. Construir desde las cenizas. Ya no se trata de lanzarse a la caza y captura de usuarios a cualquier precio, vía expansión ilimitada y grandes campañas de marketing. Se trata de arremangarse y coger martillo y clavos para apuntalar cada esquina del negocio para que no se escape un dólar de más; que entren cada vez más, y que se esfumen cada vez menos.

Con la mitad de empleados y menos metros cuadrados hay que llamar a la imaginación para emprender nuevas iniciativas, buscar fuentes de ingresos alternativas o amplificar las existentes para que un día (cercano) superen a los gastos. Mientras a alguien no se le ocurra la Gran Idea, sólo queda sacar partido de lo que ahora se tiene: vender y explotar la publicidad.

Para los que comercian con átomos (léase cualquier artículo que se puede encontrar en las tiendas tradicionales) y no bits, la cosa es tan sencilla como vender mucho, y tan complicado como que esas ventas conduzcan a la rentabilidad. Para vender mucho quizá baste con cuidar el producto y mimar al usuario; para conseguir beneficios pronto hay que vender a un margen razonable, lo que pasa por reducir gastos, aplicar una política de precios adecuada y contar con una logística (almacenamiento y trapopnsporte) barata y eficaz.

Los que nos dedicamos a la ardua tarea de vender contenidos dependemos todavía más de la publicidad. Por eso se han aceptado nuevas fórmulas que incluyen pop-ups, platillos volantes, ventanas Java y anuncios animados del tamaño de un piano. Mientras se molesta al usuario, hay que encontrar nuevas fórmulas para evitar que un día huya espantado; o por lo menos hacer que comprenda y acepte que debe tragar publicidad si quiere seguir consumiendo contenidos gratuitos. Las iniciativas de suscripciones o ventas por pieza han chocado varias veces con el fracaso; aunque en estos tiempos algunos nodos han retomado la apuesta. También quedan, por supuesto, los intercambios de contenidos entre empresas (sindicación), que generan un flujo de dinero que no afecta al bolsillo del usuario.

La gente está interesada en Internet; y en comprar en ella si la alternativa a la tienda de ladrillo es atractiva. El trabajo está al otro lado de la pantalla de la computadora (o de cualquier otro dispositivo que ofrezca acceso a la Red). Después de hacer las cosas bien, sólo resta convencer a los inversores de que se han hecho los deberes. Y rezar para que el mercado le dé a cada uno lo que es suyo.


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