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Napster: bocados de realidad

No por esperada, la sentencia del tribunal de apelaciones en contra de Napster –cuyo alcance y significado comentamos en un artículo anterior– deja de plantear una serie de cuestiones interesantes, muchas de las cuales ponen en cuarentena la viabilidad de las medidas que presumiblemente van a tomarse en contra de la empresa de intercambio de música por Internet.

Lo único que parece claro, hoy por hoy, es que nos encontramos ante un proceso judicial de esos que de tanto en tanto pasan a formar parte de los anales jurídicos y que se estudian en esos edificios solemnes forrados de hiedra donde suelen estar las facultades de derecho más prestigiosas.

Pero quitando lo anterior, todo, absolutamente todo, conduce a un escenario absolutamente impredecible, en el que las propias medidas que presumiblemente se adoptarán en contra de la empresa californiana son de una más que difícil aplicación en la práctica.

Bueno, no, hay otro par de cosas que también están claras: una, que no hay que confundir lo que pueda ocurrir con Napster, por un lado, con la propia disponibilidad de música gratis en la Red que, no sé si por suerte o por desgracia, está cada vez, como diría aquél, con una "mala salud de hierro". Y dos, que no quisiera estar en la piel de los altos responsables de Bertelsmann.

Pero vayamos por partes.

El futuro inmediato de Napster

Tras la sentencia del tribunal de apelaciones del pasado lunes 12, lo cierto es que a Napster le queda por delante un duro camino adornado con togas y madera noble en las muchas sesiones judiciales que le esperan a partir de ahora. Y es que lo que hemos visto hasta ahora no es más que un aperitivo: unas medidas preliminares que pondrán una serie de limitaciones a Napster para evitar que siga infringiendo los derechos de los artistas y de la industria durante todo el tiempo que dure el proceso. A buen seguro, éstas serán recurridas una y otra vez hasta llegar al Tribunal Supremo, lo que demorará el tema durante un tiempo considerable, posiblemente meses.

Después vendrá el juicio de verdad, en el que las discográficas demandantes solicitarán el cierre total de Napster así como unas indemnizaciones que, si tenemos en cuenta cómo se las gastan por aquellos lares, pueden ser para quitar el hipo. Pero la sentencia final no tiene, por lo menos teóricamente, que coincidir con las medidas preliminares, que se toman sólo como precaución pero que no entran en el fondo del asunto. En cualquier caso, salga lo que salga, la parte que se sienta perdedora sin duda apelará hasta que vuelva a llegar al Supremo. Total, unos cuantos meses más, sino años.

Todo este largo proceso supone una verdadera fortuna en abogados de elite, costas judiciales y demás gastos, por lo que normalmente (y así ocurrió en el proceso de MP3.com) suelen estar interesadas en llegar a un acuerdo extrajudicial que ponga fin a la sangría y también a la incertidumbre del resultado. De momento, la cosa pinta mal para Napster porque, aunque sea posible, es ciertamente improbable que el fondo del asunto se resuelva al revés de lo indicado en las medidas preliminares, que por algo se toman en su momento.

La incógnita está en saber ahora cuál va a ser el talante negociador de Napster, sin duda con los humos muy bajados tras la reciente sentencia, y el de las discográficas demandantes, que al ver que las cosas le van de cara por el momento estarán mucho más inclinadas a mantener una postura de fuerza. O podría ser que no, porque es ahora, y no antes, cuando la parte que tienen enfrente se puede avenir a negociar en términos razonables, que seguro que hasta este momento no era el caso.

El triste papel de Bertelsmann

En toda esta película, el Oscar al papel más extraño podría ir a parar a los mandamases de Bertelsmann, que el día de Halloween –nada menos– del año pasado anunciaron, para sorpresa de muchos, un desmarque en toda regla respecto a la estrategia común que tenían planteada con las demás discográficas: llegaron a un acuerdo con Napster.

La decisión, a primera vista, era controvertida, y planteaba unos cuantos interrogantes, sobre todo porque mantenía al gigante alemán entre dos aguas: por un lado, invertía 50 millones de dólares para desarrollar junto con Napster una versión bajo suscripción de su popular servicio de intercambio musical. Por otro, no retiraba la demanda interpuesta junto con las demás discográficas para perseguir a la empresa californiana hasta el infierno si era necesario.

Claramente, la mejor manera de asegurarse no perder nunca es apostar a dos posibilidades, y eso es lo que hizo Bertelsmann: si al final ganaba Napster, ganaban ellos también; si era la industria discográfica la que resultaba vencedora, pues también les iba bien a ellos. Y, mientras ocurría una u otra cosa, intentarían convencer al resto del sector que se sumaran a lo que entendían que era lo mejor: seguir el conocido adagio de que "si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él". No puede negarse que la jugada era, estratégicamente, de una inteligencia impecable.

Pero el verdadero problema para Bertelsmann empieza ahora: ¿qué demonios hacer? Una posibilidad es seguir apoyando a Napster, desarrollando sus planes para lanzar el servicio de pago, pero sobre la empresa californiana pende la espada de Damocles de una sentencia judicial en contra (francamente, tiene toda la pinta), de la que se derivarían unas indemnizaciones astronómicas que seguramente la abocarían al cierre.

Otra posibilidad es, viendo que el asunto judicial se pone negro, seguir con la demanda y conseguir una indemnización de Napster. Situación absurda donde las haya: resulta que recibirían una indemnización de su propio dinero invertido en la empresa californiana.

Una tercera posibilidad está en lo que parece que quieren hacer: seguir convenciendo a las demás discográficas de que se sumen al proyecto Napster, retirando las demandas contra esta empresa y creando entre todas ellas un sistema de pago que incluyera la práctica totalidad del fondo musical existente. Pero las posibilidades de convencer al resto de los sellos de la bondad de la idea parece más difícil ahora que nunca, ya que éstos seguramente están razonablemente seguros de que su victoria no es más que cuestión de tiempo. Y en el caso de que "entraran en razón", seguro que sería en condiciones infinitamente más duras ahora que las tornas han girado bastante.

Además, está la gran duda de cómo responderán los usuarios ante la perspectiva de pagar por lo que sería meramente un servicio de match making entre los archivos musicales de los clientes, algo así como una "agencia matrimonial de MP3" pero que no podría garantizar la calidad y seguridad de lo que aquéllos estuviesen poniendo a disposición del resto desde sus discos duros. Francamente, hay quienes tenemos serias dudas sobre ello.

La cuarta salida sería, tras convencer a las discográficas y para evitar los inconvenientes que acabo de mencionar, poner toda la música en unos super-servidores que garantizaran calidad, integridad y velocidad de bajada de los archivos. Quizá así unos cuantos usuarios pensasen que sí sería algo a cambio de lo que valdría la pena rascarse el bolsillo. Pero entonces, adiós sistema revolucionario, adiós P2P, y adiós espíritu Napster: tendríamos un típico y aburrido servicio musical en Internet.

Pero lo peor de todo para los ejecutivos de Bertelsmann es que tanto en este último caso, como en cualquiera de los anteriores, lo que más verían es el aroma de la ausencia de los usuarios que abandonarían (casi me atrevería a decir que abandonarán) cualquier servicio de pago para dirigirse a cualquiera de los otros servicios que cada vez son más populares y fáciles de usar y que ofrecerán música de modo absolutamente gratuito.

Lo que les decía: no quisiera estar en su piel.

¿De quién es esta canción?

No voy a detenerme en lo que otros han hecho antes, y mejor que yo, en estas mismas páginas; baste con recordarles que, en el hipotético caso de que Napster viera comprometida su continuidad a raíz del proceso judicial en su contra, o simplemente si las limitaciones que se le imponen son muy estrictas, existen multitud de alternativas para que los usuarios encuentren música gratis, a pesar de lo que hayan dicho los responsables de Bertelsmann.

Pero es que incluso antes, si pensamos un poco en lo que significa la reciente sentencia, las medidas que se proponen son de una más que difícil aplicación práctica.

Veamos: según el tribunal, Napster va a tener que impedir la copia de archivos MP3 sujetos a copyright, pero sólo cuando reciba notificación por parte de su titular legítimo. Así, de entrada, uno puede pensar que las discográficas se limitarán a enviar un listado de todas las canciones de sus artistas y les dirán: "Esto no se puede copiar, y si alguien quiere hacerlo, lo has de expulsar, si no se te caerá el pelo".

Pero ese listado, ¿cubrirá también las faltas de ortografía? ¿Abarcará también los nombres incompletos o mal escritos? Porque hagan ustedes, por poner un ejemplo, una búsqueda en Napster de "Spears" y verán que hay casi tantas "Britney" (correcto) como "Brittany" (incorrecto, pero que muchos confunden al tratarse de otro nombre propio femenino habitual en los EEUU). De cara a las limitaciones, ¿es Brittany igual que Britney y, por tanto, está también prohibido? ¿Y qué ocurre el título del archivo es "B. Spears"? A efectos de la prohibición, ¿quién me dice que B. Spears es Britney Spears, y no Bartolomé Spears, un-nuevo-artista-de-Guadalajara-que-tiene-mucho-futuro?

Además, como seguro saben, una cosa es el propio contenido de un archivo (MP3 o de cualquier otro tipo) y otra es el título que lleve ese archivo. De hecho, nada dice que tengan que corresponderse el uno con el otro; pero como Napster no tiene acceso al contenido del disco duro de sus usuarios, sino que sólo puede controlar los títulos de los archivos, podría ocurrir que un usuario renombrara todas las canciones de Britney Spears en su disco duro como "Mi tía Engracia cantando villancicos en la cena de Nochebuena". ¿Puede entonces intercambiarlo? Francamente, dudo que ningún otro usuario lo buscara con ese nombre, pero incluso en ese caso podría ser un código que conocieran previamente unos cuantos y que les permitiera intercambiar material sujeto a copyright sin que se dispararan los filtros de control.

Y, en una nueva vuelta de tuerca, ¿qué ocurre un usuario, para gastar una broma a su tía de 80 años, le graba los villancicos que comentaba antes, titula los \’emepetreses\’ como "Britney Spears – Oops, I did It Again" y resulta que alguien los quiere copiar, ¿estamos cometiendo una infracción del copyright y por lo tanto merecemos ser expulsados del paraíso Napster por estar traficando aparentemente con material prohibido, a pesar de que obviamente se trataría de material sin derechos? Porque claro, al pasar por el servidor de Napster saltarían todas las alarmas.

La gran pregunta, entonces, es: ¿qué es lo que cuenta, la etiqueta o el contenido del archivo? La ley, por un lado, sólo puede prohibir lo que se demuestra que cumple las condiciones de la prohibición, pero por otro lado es imposible saber si un archivo las cumple sin tener acceso su contenido, no sólo a su etiqueta, y Napster, obviamente, no la tiene.


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