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Plagia que algo queda

Por si la Hidra de Internet no tuviera bastantes cabezas, una nueva parece haberle surgido. Otro nuevo \’gran escándalo\’ provocado por la malvada Red. El caso, como no podía ser menos, se ha desatado en Estados Unidos, donde un profesor de la Universidad de Charlottesville, en Virginia, harto de leer trabajos basados en las mismas ideas y en los mismos contenidos, y auspiciado al respecto por las secretas voces de algunos alumnos, que todo hay que decirlo, empezó a detectar trabajos semejantes, tanto que, a veces llegaban a ser iguales.

Y ni corto ni perezoso, Louis Bloomfield diseñó un programa informático que le ayudara a realizar búsquedas de frases semejantes en los trabajos de física recibidos a través de correo electrónico por sus alumnos, lo que le ayudó a confirmar sus sospechas de un modo bastante fehaciente. Así, los 1.500 trabajos recibidos durante los últimos años fueron escrutados y Mr. Bloomfield pudo demostrar que 122 estudiantes eran sospechosos de plagio y que unos 60 trabajos, algunos de los cuales fueron calificados con sobresaliente, eran prácticamente idénticos.

Sin entrar en consideraciones sobre el hecho imponible que configura y delimita el delito de plagio, lo que no parece muy admisible es pensar que es estamos ante una nueva modalidad de cibercrimen, tal y como algunas voces se han apresurado a afirmar, con afirmaciones tales como que combatir el plagio en Internet, es una asignatura pendiente. En primer lugar, porque el plagio es plagio, independientemente del medio – analógico, digital, en offset o in vitro– que se use para llevarlo a cabo y aunque es cierto que el copy-paste es la básica de cualquier aprendiz de informática hoy día, se puede contemplar el ordenador tan sólo como una herramienta que facilita esta práctica, pero por supuesto no es el único responsable.

\”El modelo de los derechos de autor no es nuevo, como tampoco lo es su violación, pero el hecho de que intervenga la Red, sí dota de agilidad a esta práctica\”, como recoge un artículo sobre Derechos de Autor de los Contenidos de la revista digital Delta. Pero ni la Red ha inventado el plagio ni nadie ha demostrado que haya más o menos que antes (el analógico ha existido toda la vida) sino que, como reconoce el propio profesor Bloomfield: \”puede que resulte más fácil plagiar, pero también resulta mucho más fácil detectar los textos copiados\”.

En este sentido, un artículo de The Washington Post constata que muchos profesores hacen la vista gorda ante los alumnos que copian y sorprende con las conclusiones de un estudio de Donald McCabe, realizado entre 4.500 alumnos, en el que más de la mitad reconoció que copiaba y que usaba Internet para plagiar, pero también que el 47% de los estudiantes pensaban que los profesores preferían no enfrentarse a los alumnos a pesar de saber positivamente que copiaban. También fue sonado, y de proporciones similares, el caso de Canadá, cuando en la Universidad de Ottawa, 18 estudiantes fueron objeto de medidas disciplinarias por plagio, en el que más de la mitad utilizaron Internet.

Asimismo, otro artículo de Wired, recoge diversos sitios donde ofrecen contenido especialmente diseñado para estudiantes, con direcciones como School Sucks, Cheater.com, Dorian´s Paper Archive o The Evil House of Cheat, y no faltan versiones españolas similares, como el popular Rincón del Vago.

Pero no son hechos aislados ni nuevos. Ya en diciembre de 1999, un artículo del diario El Mundo informaba de la creación de la página Plagiarism.com, creada por John Barrie, doctorando de Berkley, que ponía a disposición de todos los profesores de universidad una potente herramienta de búsqueda capaz de localizar entre más de 800 millones de documentos, palabras que hubieran sido copiadas de alguna web. Tuvo resultados inmediatos, como los obtenidos por David Preti, profesor de Berkley que palideció al comprobar como 45 de los 320 trabajos que revisó, calcaban al dedillo trabajos de páginas web. O sea, que el el plagio es detectable.

Según Barrie, la herramienta también funciona como sistema preventivo, ya que cuando los estudiantes sepan que sus trabajos van a ser evaluados por un ordenador \”se pensarán dos veces una posible copia\”. Por ello, quizá mejor que dedicarse a calificar el plagio de los tiempos modernos o ciberplagio como una nueva forma de cibercrimen o ciberdelito, sea más productivo hacer comprender tanto a los estudiantes como otros tentados de incurrir en una práctica de tan baja estofa, que, como bien reconoce Karen Eliot, el plagio se concibe como una negación de la cultura, aunque, como siempre hay un roto para un descosido, no falta quien emplea su tiempo en hacer hasta un Elogio del plagio.

El trasfondo real de esta polémica que pone a Internet como cabeza de turco, plantea un debate que cuestiona el actual sistema de valoración de los méritos de los alumnos. Es decir, cuando encontrar información resultaba una ardua tarea, quizá tenía sentido valorar el esfuerzo en función de la que los alumnos fueran capaces de recabar.

Pero en un modelo de sobreabundancia informativa, la capacidad real de los alumnos no puede medirse por algo que pueden encontrar, destilado y elaborado en cualquier lugar, sino más bien, por la capacidad de aprender a buscar, procesar, sintetizar y extraer conclusiones que realmente contemplen un verdadero acopio de conocimiento, que tendrá necesariamente que ser único, pues lo aprehendido es algo absolutamente personal, y así aprovechar todo el conocimiento que por doquier derrocha una sociedad saturada de información, para convertirse en una auténtica Sociedad del Criterio.


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