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¿Puede la democracia sobrevivir a la televisión?

Esta pregunta, formulada hace 25 años por el célebre politólogo americano Jarol B. Manheim, resuena con fuerza en momento en el que el mercado de los medios de comunicación de masas se diversifica y complica hasta niveles insospechados, y en el que ya nadie puede dudar que los medios influyen profundamente en el espacio político de las sociedades contemporáneas.

La inquietud de responder a la pregunta de Manheim, actualizada y aplicada al contexto mediático español, anima la interesante obra de los sociólogos Ariel Jerez, Víctor Sampedro y Alejandro Baer Medios de comunicación, consumo informativo y actitudes políticas en España, publicada recientemente por el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas). Este trabajo, a pesar de su título neutral —casi insubstancial—, apunta con voluntad crítica a la problemática relación medios-política en la sociedad contemporánea. Los autores estudian la incidencia de los medios de comunicación en las valoraciones, preferencias y actitudes de los españoles ante la política, señalando los déficits informativos —y por ende democráticos— en las llamadas \”sociedades de la información\”.

Para ello los autores se centran en los hábitos de consumo de información —provenga ésta de la televisión, la prensa o la radio— en la sociedad española. Mediante el análisis de frecuencia de uso, tiempo de exposición o preferencia de programas y la evaluación sobre la cantidad y calidad de la información de que dispone el usuario, se llega a importantes conclusiones sobre el papel de la información política en una sociedad mediática, o como emplean los autores \”sociedad mediatizada\”.

El argumento que recorre la obra es la siguiente: la función social de los medios es una promesa incumplida. En los medios de comunicación, como en el discurso en torno a ellos, subyace la lógica del ciudadano consumidor que ha abandonado su implicación política. Informarse se percibe más como un acto de consumo de mensajes que como la participación en un proceso colectivo de deliberación social.

Pero lejos de las tradicionales tesis manipulatorias, apocalípticas o tecnófobas sobre la relación entre medios-sociedad, en esta obra se subraya que la pobreza del medio respecto a su supuesta función social es resultado de imperativos y restricciones de carácter estructural e institucional. Entre ellos, nuevos mecanismos institucionales —como institutos de opinión y gabinetes de prensa— que canalizan los flujos de información política. Más que una estrategia deliberada (manipulativa) de los gestores de la comunicación —responsables políticos y propietarios de los medios—, las dificultades de implementar participación, pluralidad y flujos de información coherente y útil para el ciudadano se deben al contexto (de mercado) en que se desarrolla la información política.

Según esta obra, existe una distorsión consustancial a la información política, fruto de la estructura informativa y las rutinas profesionales de periodistas en contextos de alta competencia mediática. La dramatización de la información, el énfasis en lo extraordinario y el régimen económico de la brevedad, son las consecuencias visibles que minan fundamentalmente el potencial informativo del medio.

Cinismo

Jerez, Sampedro y Baer llegan a conclusiones desalentadoras: los medios actuales estimulan el \”cinismo político\”, es decir una cultura de la desconfianza, la desafección política y el distanciamiento del sistema político y sus valores fundamentales.

Pero, ¿cuánto de este escenario tan desafortunado es fruto de una crisis generalizada de la política que viene extendiéndose en los últimos 30 años? Los autores de este libro no niegan esta causa pero enfatizan una lamentable particularidad española en este estado de las cosas. En el sugerente capítulo De la esfera pública al mercado de las ideas, los autores apuntan al truncado potencial de los medios de comunicación para la generación de cultura cívica y política en la España de la democracia. Los medios se desarrollaron en una esfera pública que apenas había fraguado con los rasgos de las democracias occidentales y evolucionan actualmente hacia un modelo de \”mercado de las ideas\” gracias a la competencia entre empresas informativas. Así, nuestro mercado informativo es más sesgado política y socialmente y bastante distante de las esferas públicas que todavía caracterizan a las democracias de nuestro entorno.

¿Pero reside la solución en \”abrir\” el espacio público potenciando el libre mercado de la comunicación? Para los autores, quienes defienden esta postura ignoran que existe una relación antitética entre la esfera pública y el \”mercado\” de los medios. La idea del equilibrio perfecto entre oferta y demanda de información es una utopía semejante a la de una esfera pública abierta, plural y crítica. Las soluciones por tanto, habría que buscarlas en otro lado. No en la liberalización ni en el mantenimiento de los medios de titularidad pública. Se trataría de buscar fórmulas mixtas, controles y normativas que faciliten el acceso y el flujo de información desde y hacia todos los sectores de la sociedad y que eviten las constricciones de forma, contenido y circulación que ha impuesto la tenaza del poder político y las empresas de comunicación.

Por último cabe preguntarse qué papel juega Internet ante esta situación. La red de redes se presentó en un principio investida de un halo democrático y participativo (comunicación horizontal, información abundante y diversa, mecanismos de toma de decisiones electrónica, etc.). Pero en esta obra Internet carece de connotaciones utópicas. Considerado por los autores un medio todavía muy minoritario en España como fuente de información política, la Red se perfila más como un conglomerado rico en contenidos, pero de limitada accesibilidad, lo cual contribuirá a acentuará la brecha social y cultural entre informados y desinformados.

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