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¿Qué hacemos con la e-basura?

Un ordenador pesa nada menos que 1,8 toneladas. Sí porque, según dice el investigador alemán Ruediger Kuehr en su libro Computers and the Environment, la fabricación de un PC con una pantalla plana de 17 pulgadas necesita de al menos 240 kilos de combustibles, 22 de productos químicos y 1.500 litros de agua.

El uso de recursos en el sector electrónico es sólo parte del problema. La otra cara es la gestión de las crecientes montañas de e-basura. La Agencia Europea del Medio Ambiente calcula que el volumen de ésta crece tres veces más rápidamente que otras formas de basura municipal, al punto que pronto llegará a 40 millones de toneladas métricas, suficiente para llenar una fila de camiones que recorrería la mitad de la circunferencia de la Tierra.

La Universidad de las Naciones Unidas, el Programa de Medio Ambiente de la ONU, la Agencia de Protección Medioambiental de EEUU, universidades de los cinco continentes y empresas como Dell, Microsoft, HP o Philips se han unido en la iniciativa Solucionar el Problema de E-Basura (StEP, por sus siglas en inglés).

StEP quiere estandarizar globalmente los procesos de reciclado para recuperar los componentes más valiosos de la basura electrónica, extender la vida de los productos y armonizar las legislaciones y políticas. Uno de los mayores problemas para el reciclado de e-basura es la falta de una legislación común, por lo que las empresas están a favor de homogeneizar las leyes y reglamentos.

El otro factor es que, para producir electrodomésticos y PC, se usan metales preciosos como el oro o la plata, pero la creciente demanda de otros metales los está convirtiendo en materiales de extremo valor.

Es el caso de indio, un derivado del zinc que se utiliza en más de 1.000 millones de productos cada año, desde pantallas planas a teléfonos celulares. En los pasados cinco años, los precios de este metal se han multiplicado por seis y en la actualidad es más caro que la plata. Aún así, el reciclado de indio sólo se realiza en un puñado de instalaciones en Bélgica, EEUU y Japón.

Kuehr señala que los fabricantes se verán obligados a \”rediseñar sus productos para que puedan ser más fácilmente reciclados y se puedan recuperar mejor los materiales valiosos o tóxicos\”.
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