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Secretos al descubierto

Le podía haber sucedido a usted. O a mí. O a cualquiera de los millones de usuarios que cada día utilizan los servicios de un buscador. Tuvimos suerte: no fuimos nosotros quienes quedamos con el culo al aire. La china le tocó a la persona identificada como 4417749. Un número detrás del que existe una persona real, con nombre y apellidos, con identidad y personalidad propias. En este caso se trata de Thelma Arnold, una viuda de 62 años residente en Lilburn, Georgia, que suele buscar información relacionada con medicamentos y alimentos y que ama a sus tres perros. No deberíamos conocer nada relacionado con la vida privada de esta mujer, pero lo cierto es que los conocemos.

Todo comenzó cuando un equipo de investigación de AOL decidió publicar 20 millones de búsquedas realizadas en sus páginas en una web dedicada a la investigación académica. Las búsquedas estaban asociadas a un número para mantener el anonimato de los usuarios, pero puesto que muchos internautas introducen en el buscador sus propios datos (nombre, dirección, número de teléfono, etc.), no fue complicado efectuar algunos cruces para asociar algunas combinaciones numéricas con personas reales.

Entre las búsquedas hechas públicas había de todo. Desde cuestiones relacionadas con la salud o las finanzas hasta todo tipo de asuntos más delicados: incesto, masturbación, bestialismo, suicidios, violaciones, infecciones por VIH… El material publicado, rápidamente retirado por AOL pero difundido en otras webs, representaba el 0,3% de todas las búsquedas efectuadas en un trimestre, y afectaba a unos 650.000 usuarios de AOL, el 1,5% del total. Suficiente para desencadenar todo un torbellino.

Y es que, con ser grave, no se trata sólo de que los datos de las búsquedas hayan quedado expuestos. Lo peor es la sensación de indefensión que queda a los usuarios. Uno tiene una cierto sentimiento de privacidad cuando navega: lo que lee, lo que consulta le incumbe a él y a nadie más. Es algo que queda entre él y su ordenador. Pero meteduras de pata como la de AOL demuestran que navegar por la Red no es algo tan íntimo como muchos creen. Alguien utiliza un buscador de Internet para saciar su ansia de saber, sus dudas o su curiosidad. Resulta que todo el mundo puede llegar a conocer sus inquietudes.

Una de las cuestiones que se plantean ahora es: ¿por qué los buscadores retienen esta información? ¿Hay alguna razón que de verdad justifique que se guarden las búsquedas de los usuarios? ¿Qué garantías ofrecen los buscadores de que esos datos están a salvos de ataques informáticos o cualquier otra incidencia? ¿Cuánto tiempo se guardan esos datos? ¿Qué se hace con ellos? ¿Cuánto tiempo seguirán aprovechándose del vacío legal que rodea este asunto? En definitiva, ¿quién controla a los controladores?

Porque obviamente, AOL no es la única que practica la retención de datos. Todos los grandes buscadores hacen lo mismo. Paradójicamente, un mejor servicio al usuario es la razón principal para realizar esta práctica: se guardan las preferencias del usuario, se le reconoce cuando vuelve a la web, se sirve publicidad adaptada a su perfil… Pero hay que tener cuidado para que la jugada no se convierta en un dardo envenenado.

Claro que existe la posibilidad de navegar de manera anónima, por ejemplo, utilizando un software que camufle la IP. Pero cada vez es más complicado porque los servicios web insisten en la personalización, que obliga a registrarse e identificarse, además de tratarse de un proceso muy sofisticado para el usuario medio.

La metedura de pata de AOL podría tener graves consecuencias legales. Es casi seguro que diferentes entidades presentarán demandas judiciales contra AOL, por ejemplo, la Electronic Frontier Foundation, una asociación que vela por los derechos digitales. Tarde o temprano llegará una regulación sobre el asunto que se hace cada vez más necesaria. Mientras tanto, cada vez que haga una búsqueda recuerde que en algún lugar está quedando registrada. Impunemente y sin que usted pueda oponerse a ello.


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