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Sin cables, sin dientes

Cambiarse de mesa o de trabajo, en una oficina de los años cuarenta, si bien podría resultar tan traumático emocionalmente como ahora, tenía la ventaja de que el empleado en tránsito, al cargar con sus cosas no arrastraba tras de sí una cola formada por los cables de su PC, su teléfono y sus conexiones a la red. En los años ochenta y noventa, el valor del PC empezó a depender de sus periféricos, o en otras palabras, de cuán inescrutable era la maraña de cables que crecía en su parte posterior.

Odiamos los cables. Son molestos, poco estéticos y sobre todo limitan la capacidad de movimiento. No es momento de defender el romanticismo del trabajo en lugares distintos del cubículo corporativo, porque no existe. El trabajo es trabajo en cualquier lugar. Trabajar en una hoja Excel desde una terraza con vistas al mar no es en absoluto romántico (en lo que concierne a Excel), pero debería ser un derecho inalienable.

Las redes locales son la savia que corre por las venas de la oficina actual, un sistema circulatorio de cable y conectores RJ45, que junto con los ocho kilos que pesa un HP Vectra mantiene a los empleados anclados a su puesto.

Nunca más. La rebelión comienza con las clases altas, que disponen de un portátil y quieren que realmente lo sea. Quieren acceso a la red desde su despacho, desde la sala de reuniones, desde el aparcamiento y, en caso de extrema necesidad, desde los excusados del edificio.

El momento se acerca. La tecnología está ahí. Sólo falta que se vuelva lo suficientemente barata. Se llama 802.11b, desagradable denominación equivalente a Wi-Fi. Es un estándar abierto y tiene a los azules dientes de Bluetooth castañeteando de miedo.

¿802 que?

Las redes locales sin cables o WLAN (Wireless LAN) han sido un sueño de difícil realización, al menos hasta ahora. El mayor problema era la velocidad de transmisión de datos.

La organización conocida como IEEE (Institute of Electrical and Electronics Engineers) estableció en 1997 el estándar para redes inalámbricas 802.11, con velocidades de 1 y 2 Mbps. Algo que se quedaba muy corto, teniendo en cuenta que la red local con cables más lenta (10 Base T) proporciona 10 Mbits por segundo.

La salvación vino con la revisión 802.11b, que permitía alcanzar hasta 11 Mbps. La banda de transmisión es de 2.5 GHz, todavía sin licenciar por otras tecnologías. Aunque es la frecuencia empleada por los hornos de microondas, las comunicaciones son de corto alcance y su potencia es muy baja, no teman.

Las transmisiones están codificadas y no interfieren unas con otras. El funcionamiento para los usuarios no puede ser más sencillo: al encender su PC portátil o PDA equipado con una tarjeta inalámbrica en cualquier lugar dentro del edificio, la red local ya está ahí.

No más Black&Decker

Las redes locales son una parte fundamental del sector tecnológico, y entre ellas, las redes inalámbricas no hacen más que crecer. En 1998 su volumen de negocio alcanzó los 300 millones de dólares y se espera que llegue a los 1.600 en 2005.

El mercado para las redes locales sin cables no sólo está movido por los caprichos de los tecnológicamente pudientes, sino también por la necesidad. En áreas extensas, como las universidades o edificios antiguos, el coste del tendido de los cables, agujereado de estructuras y la difícil inserción de conducciones antes inexistentes, hace que compense la instalación de una de estas redes.

Además las oficinas han cambiado y la movilidad empieza a ser más que necesaria. Los momentos de mayor productividad tienen lugar durante las reuniones entre empleados, lejos de su mesa y su conexión a la red. Ya no será necesario abandonar la reunión para buscar un archivo en la red, bastará con encender el portátil en cualquier parte del edificio.

Ya hay experiencias de implantación de estas redes con éxito en campus como el de MIT o en la cadena de cafeterías Starbucks, donde cualquiera que entre con su portátil dispone de acceso a Internet. Otros proyectos pretenden implantarlas en aeropuertos y hoteles.

Las mayores empresas de la industria, como 3Com, Apple, Compaq, Dell, Fujitsu, IBM o Nokia, se han asociado en la WECA (Wireless Ehernet Compatibility Alliance) para garantizar la compatibilidad entre los productos de diferentes fabricantes dentro de 802.11b. Lo mejor de todo, es que se trata de un estándar abierto que no está controlado por ninguna de ellas.

¿Y Bluetooth que piensa de todo esto?

Bluetooh apareció en mayo de 1998 como una iniciativa conjunta de Intel, Ericsson, IBM, Toshiba y Nokia. Es una tecnología propia para comunicar dispositivos inalámbricos en la banda de 2.4 GHz, y desde aquel día ha seguido un camino marcado por una exagerada publicidad y escasos resultados.

Antes de disponer de productos en el mercado, se hizo público un fallo de diseño en la tecnología que podría afectar a la seguridad de los datos que se trasmitían. Algo sencillo de corregir según sus creadores, pero que no contribuyó a la buena prensa del sistema.

Pero el mayor fracaso se produjo este año en CeBIT, la mayor feria europea de tecnología que tiene lugar cada año en Hannover, Alemania. El intento de crear una red de 100 emisores situados en PDAs falló miserablemente. El código de Bluetooth no es abierto y no es estándar. Eso quiere decir que, por ejemplo, los dispositivos de Ericsson tendrán problemas para comunicarse con los de Hewlett Packard.

Un fallo también fácil de subsanar en las versiones futuras, pero imperdonable para una tecnología de dos años de edad y para colmo, muy cara. Una tarjeta de red inalámbrica Bluetooth cuesta más de 250$, y su compatibilidad no está garantizada. En algunos círculos se plantean su prematuro abandono. El desenlace, en los próximos meses.

Temas relacionados:
  • IEEE 802.11b Wireless LANs en 3Com
  • Anatomy of IEEE 802.11b Wireless en Network Computing
  • The Next Big Thing: 802.11b? en News.com

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