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Soy un adicto a los videojuegos

Mi enfermedad apareció a la temprana edad de 14 años cuando llegué a tener una copia en casete que contenía en la cara A \”Match Point\” y en la cara B \”Tornado Low level\” y ni siquiera tenía todavía un ZX Spectrum.

Mis amigos, aquellos que jugaban compulsivamente al Risk y al Monopoli, me miraban con caras de desprecio y mascullaban para sí que yo era un bicho raro y que prefería quedarme embobado mirando el televisor mientras ellos jugaban por conquistar los Urales a golpe de dado. Creo que uno de ellos acabó en la cárcel y no por sacar un cinco precisamente.

Es cierto que me aislaba un poco pero no por los videojuegos si no por que tenia una propensión especial a leer \”libros sin fotos\” de autores con nombres raros como Salinger o Cortázar. Incluso murmuraban cuando les contaba los inventos que había mandado a un concurso de Muy Interesante donde recogían inventos extraños de los lectores.

Crecí al mismo tiempo que los procesadores, mis huesos y mis hormonas parecían sufrir el Síndrome de Moore y si, seguía jugando. Aprendía a leer mapas pulsando la tecla \”M\” y mis sinapsis se combinaban de la misma forma que un combo, pero a pesar de seguir siendo un apestado por no jugar al fútbol o ser incapaz de lanzar un tazo en condiciones se pegaban por mí en los campamentos de verano.

Era el único que no se perdía en el monte ya que mi sentido de la orientación se había reforzado gracias a un juego con nombre de castillo alemán. Para entonces Salinger se había convertido en Kundera; pero daba igual el aislamiento era si cabe mayor, seguía suspendiendo en el colegio y recibiendo patadas en el patio.

La pantalla monocromo de un ordenador se pegaba de hostias todos los días con un 386 que hacia lo posible por sobrevivir en el mundo de \”Larry Leisure\”, donde la conjugación de verbos y el pensamiento lateral te hacían avanzar. Gracias a ese juego aprendí más reglas sobre sexo seguro que de quien debía recibirlas. El manejo de un ordenador me abrió las puertas de otro mundo: el laboral. Conseguí organizar la contabilidad de una oficina de mensajería a los 17 años y no me resulto más difícil que navegar por la perspectiva caballera de \”Alíen 8\”. Era capaz de hackear el \”Strip-poker\” y ver tetas en ASCII con una pareja de cincos, pero cuando mencionaba los videojuegos los ojos se volvían blancos e inmediatamente las conversaciones llegaban a puntos muertos y silencios embarazosos.

Ahora tengo 32 años y la mitad de mi valor accionarial como freelance nace de la capacidad de extraer rendimiento económico de escenarios de marketing aparentemente yermos, y no me va nada mal. La otra mitad se nutre de mi capacidad para visualizar mentalmente situaciones que otros o yo mismo escribimos en un papel en forma de scripts y de valorarlas en términos de producción audiovisual. Dungeons & Dragons me ayudo más que la Escuela de Nuevas Profesiones o un training en una empresa de publicidad.

Lamentablemente he tenido que esconder mi personalidad de montaraz destripa Orcos bajo un halo de hombre renacentista que ni me gusta ni define, pero que sigue sin poder dejar asomar el matiz de que un montón de ceros y unos en código máquina me han formado más, en muchos aspectos, que cuatro instituciones académicas.

Ahora tengo 32 años y sí, asumo sin complejos que mi nivel de curiosidad por las cosas sigue intacto y en buen funcionamiento gracias a que Pyro Studios sigue retándome a superar sus \’yinkanas\’ bélicas. Que Command & Conquer pone a prueba mi capacidad de previsión logística. Que Quake III mantiene mis reflejos calientes y hace que supere los test psicomotrices viales de tráfico en primera posición.

Tengo 32 años y estoy pensando en extender mi línea genética y no me tiembla el pulso al pensar que un vástago mío se vicie con los videojuegos al igual que yo. Sin embargo, me da pánico que se pueda repetir un patrón de ausencia paternal crónica y falta de orientación educacional adecuada. Me repugna ver gente que no ha abierto un correo electrónico en su vida opinar sobre la epidemia de la GameBoy y no contemplar que esas dos horas diarias de consumo electrónico se restan del consumo televisivo. De que si sus hijos no se comunican en casa es por culpa de Nintendo y no de que no se les habla en códigos que entiendan.

Aunque no sé de qué me quejo: vivo en un país en estado de shock por dos goles anulados. En una sociedad donde una contractura de pierna es motivo de alarma social, donde un montón de fibras musculares merecen tipografías más grandes que 17 niños palestinos muertos colateralmente.

Si, soy un adicto a los videojuegos y espero tener 70 años siéndolo (y encontrarme con mis hijos todos los días en un servidor neozelandés) toda la vida.



Juan Pablo Seijo es freelance


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