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Todos contra la recesión

Como afirma Joaquín Estefanía, director de Opinión de El País, en su último libro publicado, Diccionario de Nueva Economía, \”la Nueva Economía puede definirse como aquel proceso compuesto de crecimiento económico sin inflación, gracias a la aplicación de las nuevas tecnologías de la información y a la eliminación global de las barreras comerciales, así como al libre movimiento de capitales\”. Un crecimiento que, como bien señala Estefanía, llegó a pensarse que podía ser continuo y ajeno a los ciclos económicos bajistas.

Esta creencia casi mesiánica en las posibilidades de la unión entre la tecnología y la apertura económica, que tiñó de optimismo la economía estadounidenses durante cerca de una década, comienza ahora a resquebrajarse. Los incrementos de productividad presumiblemente derivados de la utilización de las tecnologías de la información se ajustan a la baja y algunos expertos los atribuyen en parte a motivos cíclicos. EEUU se encuentra a las puertas de una recesión (entendida como dos trimestres consecutivos con crecimiento negativo y no en los términos más estrictos del National Bureau of Economic Research), que dejará a muchos estadounidenses en la calle (no en vano el número de despidos se aproxima ya a los 1,2 millones) y cuyos efectos comienzan a sentirse en todo el mundo. Las empresas estadounidenses adolecen de un exceso de capacidad de producción y los ahorros del ciudadano estadounidense, invertidos en su mayoría en el mercado de renta variable, menguan día a día. Sólo en el Nasdaq se evaporaron 5,4 billones de dólares de riqueza entre marzo de 2000 y abril de 2001, y el atentado del 11 de septiembre hace que las pérdidas acumuladas por las principales plazas bursátiles no cesen de crecer.

Sin embargo, y al contrario de lo sucedido durante otras crisis económicas, esta vez el Congreso y la Reserva Federal estadounidenses tienen un amplio margen de actuación. Su ayuda puede estimular la demanda de unos ciudadanos cuya confianza, después de los atentados terroristas, rueda cuesta abajo sin que nada que la frene.

Estados Unidos, el epicentro del terremoto

La economía estadounidense, que a modo de locomotora ha arrastrado tras de sí al resto del planeta durante los últimos ocho años, se está quedando sin fuelle. Su Producto Interior Bruto durante el segundo trimestre creció únicamente un 0,3%, una décima por encima de lo esperado por el gobierno, la tasa más baja desde el tercer trimestre de 1993. Esta deceleración progresiva, unida al pesimismo psicológico que ha hecho presa de los ciudadanos después de los atentados terroristas, hace que los analistas prevean una contracción en el tercer trimestre que podría superar el 0,5%.

El Fondo Monetario Internacional también ha ajustado sus previsiones a la baja y ahora estima que el crecimiento de la economía estadounidense será del 1,3% para todo 2001 y del 2,2% en 2002. El secretario del Tesoro estadounidense, Paul O´Neill, confía en que el bache sea menos profundo y redondea hasta el 3% esta última cifra.

El consumo privado, que representa dos tercios del PIB estadounidense, es el principal enfermo al que hay que sanar. El estudio mensual realizado por la patronal The Conference Board y publicado la semana pasada describía una caída de 16,4 puntos (de 114 a 97,6) durante el mes de septiembre, el mayor desde la Guerra del Golfo, y dibujaba unas expectativas futuras todavía más lúgubres. Esto fue posteriormente ratificado por otra encuesta similar realizada por la Universidad de Michigan, cuyo índice mensual se desplomó en septiembre de 91,5 a 81,8.

El primero de los índices, además, apenas tuvo en cuenta las repercusiones de los atentados en los ciudadanos estadounidenses, lo que parece dar la razón a quienes sostienen que la economía estadounidense ya sufría de parálisis antes del derrumbe de las Torres Gemelas.

Este pesimismo psicológico de los ciudadanos norteamericanos puede verse exacerbado por el efecto negativo de los atentados sobre las compañías aeronáuticas, las aseguradoras y el turismo. Las primeras, que recibirán una ayuda del gobierno estadounidense por valor de 15.000 millones de dólares (5.000 en dinero y 10.000 en forma de garantías sobre préstamos), ya han anunciado más de 100.000 despidos (en algunos casos alegando \”fuerza mayor\” y así dejando sin indemnización a sus empleados), lo que disparará la tasa de paro estadounidense por encima del 5%.

La debilidad del consumo se dejará sentir sobre las compañías estadounidenses. Dieciséis analistas de Wall Street encuestados por First Call/Thomson Financial predicen una caída de los ingresos de las compañías estadounidenses de un 28% en el tercer trimestre y un 23% en el cuarto, que será aún más acusada en el caso del sector tecnológico (86% en el tercer trimestre y 56% en el cuarto).

Este último sector, como ya viene siendo habitual desde mediados del año pasado, es el más afectado por la desaceleración de la economía. Sólo en la última semana, compañías o nodos como The Motley Fool, About.com, AOLA y AMD anunciaron despidos; otros, como Exodus, la empresa de servicios de alojamiento de páginas, y [email protected], el proveedor de contenido y servicios de banda ancha, se declararon en suspensión de pagos. Octubre tampoco ha comenzado con buen pie y a los despidos de WorldCom, Nortel Networks y Alcatel se suman los malos resultados de Compaq.

La onda expansiva no sólo afecta por tanto a las compañías de Internet, que llevan más de 100.000 despidos en lo que va de año y que en muchos casos están valoradas a precios de saldo, sino que también se deja sentir en los grandes colosos del hardware y el software. La caída de las ventas de PCs –un 1,9% en el número de PCs vendidos en EEUU en el segundo trimestre del año respecto al mismo período de 2000, el primer descenso desde 1986, según Dataquest– tiene a los grandes fabricantes de rodillas. Tanto que HP y Compaq se vieron obligadas recientemente a anunciar su fusión con el fin de salvar los muebles y acortar su desventaja con respecto a Dell, otra compañía que también redujo su plantilla hace algunos meses.

Y sin PCs de poco sirven los procesadores, como amargamente comprueban fabricantes de la talla de Intel o AMD, quienes embarcados en una interminable guerra de precios ven como sus márgenes se extinguen poco a poco.

Tampoco el software queda indemne. La inversión mundial en programas informáticos creció tan sólo un 6% durante la primera mitad del año, once puntos menos que el año anterior, y se espera que no supere el 7% para todo el año, según Gartner Dataquest.

Oracle cumple a duras penas con sus estimaciones –sobre todo gracias a la reducción de costes– y anuncia tiempos difíciles. Microsoft, el faro que debe iluminar al resto, pone sus esperanzas en su nuevo sistema operativo XP, que comenzará a venderse a finales de mes. Los atentados terroristas, sin embargo, amenazan con diluir el entusiasmo de los consumidores, quienes además tienen poca necesidad de actualizar su sistema operativo.

El resto de sectores, con pocas excepciones, tampoco ofrece mejores perspectivas.

Como afirma la revista The Economist, todavía es pronto para conocer cómo afectará la sensación de inseguridad a la movilidad de bienes y personas, o si los ecos del terremoto tendrán alguna consecuencia sobre las prácticas empresariales. Pero la fragmentación actual de los procesos productivos –repartidos en continentes distintos–aumenta las posibilidades de que las operaciones normales se vean alteradas como consecuencia de un estado permanente de inseguridad.

Y esto, ¿cómo se arregla?

Testigo privilegiado del desplome del Nasdaq y de la caída de los beneficios empresariales, la Reserva Federal estadounidense se había limitado hasta la fecha a bajar los tipos de interés a corto plazo para estimular la demanda. Con el recorte de ayer, el noveno en el último año, la Reserva Federal deja el tipo de interés interbancario en el 2,5%, el nivel más bajo desde comienzos de la década de los 60. Pero el atentado terrorista y la confirmación de que el declive es superior al inicialmente previsto reclaman cambios más profundos que los que puede aportar la política monetaria.

Así, en los días posteriores al atentado el Congreso de EEUU aprobó un paquete inicial de ayuda por valor de 40.000 millones de dólares, que había que sumar a los 15.000 ya aprobados para las aerolíneas. Los políticos estadounidenses quieren completar este aumento del gasto público –que haría uso de parte del superávit presupuestario heredado del gobierno Clinton y que Bush prometió devolver a los ciudadanos en forma de devoluciones impositivas por valor de 1,35 billones de dólares durante los próximos diez años– con rebajas adicionales de impuestos. El presidente de la Reserva Federal, como defendió la semana pasada ante miembros del Comité de Finanzas del Senado, no quiere que estos nuevos estímulos superen en ningún caso los 50.000 millones de dólares. Después de todo, ya en mayo el Congreso aprobó una rebaja impositiva para este año por valor de 40.000 millones de dólares. Así, la ayuda total descontando este último importe se cifraría para Greenspan en alrededor de 100.000 millones de dólares, o el 1% del PIB. Robert E. Rubin, secretario del Tesoro de EEUU durante el último mandato del ex presidente Clinton, hizo también sus propias estimaciones sobre el gasto total, cuya banda alta alcanzaba los 150.000 millones de dólares.

El presidente Bush parece haberse inclinado por una cifra intermedia, y ayer envió al Congreso a Paul O´Neill con una propuesta de 130.000 millones de dólares bajo el brazo.

No existe sin embargo consenso sobre la mejor forma de aplicar la rebaja de impuestos, ni sobre si los recortes habrán de ser temporales o duraderos. Los que defienden que la reducción debería beneficiar sobre todo a las empresas abogan por tres tipos alternativos de medidas: estímulos sobre la inversión en capital (ya sea mediante créditos fiscales sobre la inversión o mediante una amortización acelerada de los equipos adquiridos), reducción de los impuestos sobre el beneficio empresarial o reducción del impuesto sobre las ganancias de capital.

Estas alternativas son sin embargo costosas y no del todo eficientes, como describe en un artículo la revista Business Week. De ahí que Alan Greenspan y Robert E. Rubin favorezcan aumentos en los beneficios por desempleo (el plan de Bush habla de un aumento de trece semanas de la cobertura del paro y del mantenimiento del seguro médico para quienes pierden su trabajo) o reducciones de los gravámenes sobre los salarios (que se concretarían en devoluciones de impuestos para los empleados con rentas más bajas).

Greenspan, que rompe su imagen de monetarista estricto (durante toda la década de los noventa se opuso a la intervencionismo del gobierno) al aceptar medidas de corte keynesiano, llama sin embargo a la contención. La sobreestimulación y erosión del superávit estadounidense podría desembocar en subidas de tipos como consecuencia de aumento del endeudamiento del sector público. Se encarecería así la financiación a la que tienen acceso los ciudadanos, que durante meses han suplido la pérdida de valor de sus carteras de renta variable con la riqueza generada por las bajas hipotecas y el fuerte desarrollo del mercado inmobiliario.

Con el rabillo del ojo se mira, eso sí, el precio del petróleo, uno de los factores que más pueden afectar a la inflación y a la flexibilidad monetaria. Después del atentado superó los 30 dólares por barril y ahora se sitúa más cercano a los 20, después de que la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), que quiere estabilizar el precio entre los 22 y los 28 dólares, no llegase a un acuerdo para reducir su cuota de producción en su reunión de la pasada semana.

El resto del mundo, a la expectativa

En Europa no se teme que las consecuencias de los atentados empujen al continente a una recesión (el intercambio comercial con EEUU sólo representa un 20% del total de la UE), aunque sí se pronostica una significativa deceleración del crecimiento. El Fondo Monetario Internacional sostiene que el crecimiento de los principales países oscilará entre el 0,8% de Alemania y el 2% del Reino Unido –un 1,8% para toda la zona euro.

Por si acaso, el Banco Central Europeo emuló a su colega estadounidense y bajó los tipos antes de la reapertura de los mercados bursátiles estadounidenses después del atentado. Los analistas predicen que estas bajadas no serán las últimas. Por otra parte, los mercados bursátiles europeos ofrecen mejores precios que los estadounidenses, ya que su recorrido a la baja ha sido más prolongado. De ahí que se hable de una nueva ola de fusiones y consolidaciones, especialmente en el sector tecnológico, cuyos títulos han sido más castigados.

Algunos de los gobiernos, entre ellos el español, el alemán y el francés, han optado por reducciones de impuestos (empresariales o personales) en sus próximos presupuestos públicos con el fin de estimular la demanda, pero siempre dentro de los estrictos límites que establece el Pacto de Estabilidad europeo.

La situación asiática es mucho más preocupante. El crecimiento de la economía japonesa para todo el año se espera que sea negativo, probablemente superior al 0,5% estimado por el Fondo Monetario Internacional, y la Bolsa de Tokio, pese a subidas en sus últimas sesiones, está en los niveles más bajos de los últimos tres lustros. La reforma financiera del país –con los balances de los bancos repletos de créditos impagados–, estructurada en torno a un plan de tres años, apenas ha comenzado. Los despidos, como los anunciados la semana pasada por Sony, podrían contribuir a aumentar el número de morosos y ahondar la crisis. El resto de países asiáticos también acusa la disminución de las exportaciones a EEUU, especialmente en lo referente a componentes electrónicos. Las fábricas de chips tienen un exceso de capacidad, lo que lleva a algunos de sus dueños, como las japonesas Fujitsu y NEC, a suspender temporalmente su actividad.

Latinoamérica reducirá a la mitad su tasa de crecimiento en 2001, situándose ésta entre el 0,5% y el 1%, según José Antonio Ocampo, secretario ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (las previsiones del FMI preveían un crecimiento del 1,7% en 2001 y un 3,6% en 2002 con anterioridad a los atentados terroristas). La inestabilidad económica mundial retraerá levemente la inversión extranjera en la zona y algunos flujos de capital abandonarán la región.

En cuanto a los países, México, por su proximidad y relación con EEUU, será el más perjudicado, y algunos expertos afirman que entrará en recesión. Brasil y Argentina, dos de los pesos grandes de la región, están envueltos en procesos de ajuste y no pueden echar mano de la relajación de las cuentas públicas, asfixiados como están por la presión de sus acreedores.

Tampoco quedarán excluidos de los efectos de la desaceleración económica los países menos desarrollados, como señalaba hace un par de días el Banco Mundial. Según las predicciones de este estudio, Africa será la zona más perjudicada por el aumento de la pobreza.

De todo esto se deduce que los efectos económicos de los atentados terroristas van mucho más allá del propio territorio estadounidense, gracias entre otras cosas a la intensificación de las relaciones comerciales entre los países, uno de los rasgos más característicos de la globalización. Pero esta interconexión entre las naciones y bloques económicos también tiene su vertiente positiva, ya que hoy puede actuarse de forma conjunta ante la amenaza de una crisis. La llamada telefónica de Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal estadounidense, a su colega Win Duisemberg, presidente del Banco Central Europeo, para rogarle que bajara los tipos de interés es, a este respecto, todo un síntoma.

Y mientras los gobiernos se esfuerzan por ahuyentar los indicios de recesión, la Nueva Economía según la definición de Joaquín Estefanía se somete a una cura de humildad. El corto periodo de euforia caracterizado por las valoraciones exorbitantes y el optimismo desmesurado ha demostrado ser un espejismo de corte especulativo que no dejó ver las dunas que dibujaban el ancho perfil del desierto.


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