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¿Un jarro de agua fría para el sector de Internet?

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Tan sólo 48 horas antes de escribir estas líneas, otra empresa -una más- empezaba a cotizar en bolsa mediante lo que se conoce como una IPO (Initial Public Offering, equivalente inglés a OPV, u Oferta Pública de Acciones), y lo hacía en uno de los mercados que más están acaparando la atención de los medios de comunicación de todo el mundo: el Nasdaq. Hoy en día, la sola mención de su nombre evoca éxito, glamour, poder... y dinero, mucho dinero.

Pero volvamos al estreno: la empresa de la que hablamos es pequeña, con unas ventas de 17,7 millones de dólares anuales (2.920 millones de pesetas); debe enfrentarse a la competencia de monstruos como Compaq, Dell e IBM; y ni siquiera puede prever cuándo obtendrá sus primeros beneficios. De hecho, en la documentación presentada para su admisión en el mercado (conocida en inglés como "prospectus"), sus responsables declaran sin pudor que "no prevemos generar suficientes ingresos para alcanzar beneficios y, por lo tanto, nuestro pronóstico es continuar generando pérdidas netas, por lo menos en un futuro próximo. Si llegáramos a obtener beneficios, podríamos ser incapaces de mantenerlos".

Aplicando una lógica, digamos, tradicional, uno se puede imaginar que va a ser una salida a bolsa con menos provenir que un espía sordo, ¿no?

Pues no.
VA Linux, que es la empresa en cuestión, vio como el valor de sus acciones en su primer día de cotización llegaba a multiplicarse por 10, quedándose finalmente, al cierre de la sesión, en una revalorización del 762% en lo que supone una capitalización de más de 10.000 millones de dólares (1,6 billones de pesetas). Fue la mayor alza de una empresa en el día de su estreno en toda la historia del Nasdaq.

A medida que hechos como este se convierten en habituales, un mayor número de observadores están avisando -con creciente preocupación- de que el sector de Internet y de las nuevas tecnologías está dirigiéndose hacia una espiral especulativa que difícilmente puede acabar de modo diferente al del típico estallido del mercado. Se están haciendo cada día más habituales las comparaciones entre la actual fiebre de estos y las que aquejaron sucesivamente a las economías occidentales en momentos de irrupción de tecnologías radicalmente innovadoras, como el ferrocarril, el automóvil, o la radio.

Algunas de estas fiebres acabaron en episodios tan negros como el "crash" bursátil de 1929, en el que se puso de relieve las desastrosas consecuencias derivadas de una situación en la que se mezclaban ingredientes de codicia, imprudencia, ambición y falta de perspectiva sobre algo que pocos alcanzaban a comprender en sus verdaderos términos. Por supuesto, ello no impedía que todo el mundo intentara analizar el fenómeno.
Cada vez que alguien lanza una de estas advertencias sobre la locura actual de los mercados financieros, invariablemente surge un ejército de voces que repiten sin descanso que la aparición de Internet supone un "nuevo paradigma", una "nueva frontera" en la que no se puede determinar el valor de una empresa con los parámetros actuales. Para ellos, no cuentan los resultados actuales sino que es primordial invertir sin freno para alcanzar una posición de dominio en el futuro, aunque sea a costa de aspectos tan prosaicos y pasados de moda como la viabilidad del negocio o su sostenibilidad.

Si alguien pone de relieve lo endeble del modelo de negocio, o la magnitud de los competidores, o cualquier otro punto "de mal agüero", les es relativamente fácil taparle la boca mediante apelaciones a ese futuro que nadie sabe muy bien cuando va a llegar ni cómo va a hacerlo. Recientemente, tras un sensible descenso del valor en el Nasdaq de las acciones de Amazon, escuché a su fundador, Jeff Bezos, afirmar que "hay que continuar invirtiendo en nuestra empresa porque no hacerlo denotaría falta de visión de futuro". No sé, me dio la impresión de que faltaba "algo" en la explicación, la clave que me hubiera ayudado a entender todo. Hubiera preferido que explicara qué conseguirían los que invirtieran, y no lo que serían los que decidieran no hacerlo.

Me recordaba a mi infancia, cuando me decían "cómete la sopa; si no, serás un niño malo"; lo que jamás acabé de entender; quizá mis padres me hubieran convencido antes si, en lugar de eso, me hubieran explicado los beneficios que comer la sopa tendría sobre mi organismo y bienestar y, en definitiva, sus benéficas consecuencias sobre la salud.

Estos fundamentalistas de la Nueva Era de Internet nos dicen: "cerrad los ojos e imaginad un nuevo mundo. Y en este nuevo mundo, el escepticismo no es un signo de inteligencia: es un pecado". Al final resultará que mi abuela, tan conservadora ella, tenía razón: en este mundo hay cada vez más pecadores. Son "pecadores" que alzan, alzamos, la voz contra toda esta exuberancia irracional desde cada vez más frentes.

Recientemente, Warren Buffett -el multimillonario inversor "à la traditionelle"- ha advertido el parecido existente entre el auge de Internet y el de otros dos inventos que provocaron un cambio radical en nuestra cultura y dieron pie a la creación de una sendas industrias potentísimas -el tren y el automóvil- que en último término han resultado enormemente perjudiciales para los inversores tras un proceso en que solamente sobrevivieron unas pocas empresas.

Una de las bases de la filosofía de Buffett es que "la clave para invertir no está en valorar cuánto va a afectar a nuestra sociedad un sector determinado, o cuanto va a crecer, sino en determinar la ventaja competitiva de una empresa concreta y, por encima de todo, la sostenibilidad de esa ventaja". Es una especie de mantra que no ha dejado de repetir en público durante los últimos meses.
El propio Michael Porter, el profesor de Harvard considerado como el "gurú de la competitividad", ha comentado recientemente que la mayoría de las empresas que están "saltando" a Internet gozan de una ventaja únicamente transitoria por el mero hecho de haber dado el paso antes que las demás. Pero esta ventaja desaparecerá cuando la mayoría de las empresas lo hayan hecho y llegados a este punto, sólo sobrevivirán quienes sepan definir una ventaja competitiva cierta y la apoyen sobre una estrategia basada en principios de gestión serios y rigurosos.

Claro, habrá quienes alegarán que esta línea de pensamiento es propia de quienes provienen de la "vieja escuela", incapaces de ver más allá del umbral de esa Nueva Frontera. En definitiva, son una pandilla de tecnófobos, dirán.

Poco se les puede acusar de tecnófobos a los hermanos Perkins.

Michael y Anthony Perkins llevan años cubriendo con el máximo rigor la denominada "nueva economía" desde el mismo corazón del Silicon Valley; no en vano son los fundadores y editores de la revista Red Herring, probablemente la más respetada y la que goza de mayor prestigio entre la comunidad inversora.

En todo momento, los hermanos Perkins han dejado claro que creen firmemente que Internet es y será el catalizador del crecimiento de las empresas de tecnología y, además, un desencadenante de un cambio muy profundo en nuestra sociedad. Pero ello no les impide profesar un claro escepticismo en relación con la valoración actual de las empresas de Internet.

Los hermanos Perkins han editado recientemente un libro ("La burbuja de Internet", Harper Business 1999, disponible por ahora únicamente en inglés) con un subtítulo enormemente revelador: "Un viaje al interior del mundo de las acciones de empresas de alta tecnología - y lo que debe saber para evitar la crisis inminente". Su tesis es que las acciones del sector están increíblemente sobrevaloradas, y que los pequeños inversores, que están en los eslabones más bajos de la cadena, son los que se quedarán con los despojos. Mientras, los inversores institucionales, fondos de capital riesgo y banqueros de inversión -los que han estado echando la leña al fuego- habrán huido con todos los millones ganados, no sin antes ponerlos a buen recaudo.

Los autores de esta interesantísima obra -que contiene opiniones de todos los que son "alguien" en el sector- acostumbran a comparar esta situación a la del juego de las sillas, en el que en un momento determinado la música se detiene y aquellos que reaccionan más lentamente se quedan sin asiento y pierden. Según declaró Anthony Perkins a la revista Business Week, "existe plena consciencia entre la comunidad de inversores, tanto por parte de los fondos de capital riesgo como de los bancos de inversión, de que fuera de sus propios círculos hay un gigantesco grupo de "tontos" de los que se están aprovechando descaradamente"; "claramente", prosigue, "todos los miembros de esa comunidad están agitando sus cabezas con incredulidad y pensando que es el dinero más fácil que han ganado en toda su vida".

Lo que no hacen los hermanos Perkins es predecir una fecha exacta para el estallido de la burbuja, aunque consideran bastante probable que ocurra en cualquier momento tras la campaña de Navidad de este año. Apoyan este convencimiento en que, por un lado, va a haber una progresiva toma de consciencia por parte de los inversores de que las empresas de Internet van a tener que demostrar su viabilidad, por lo menos a un plazo determinado. Por otro lado, en que el incremento del volumen de negocio que ciertamente se va a producir en estas fechas no va a ser suficiente para compensar las descomunales inversiones en publicidad y marketing que las compañías del sector han estado llevando a cabo en estas fechas, especialmente porque muchas lo están haciendo más allá de sus posibilidades financieras.

Para ilustrar esto basta con citar el caso de Send.com, recogido por Anthony Perkins en un artículo publicado estos días en el Wall Street Journal. Send.com, dedicada a la venta on-line de regalos, se ha comprometido a invertir 20 millones de dólares de publicidad televisiva en programas de máxima audiencia durante toda la campaña de Navidad. Pero hay un "pequeño" problema: Send.com, que adquirió el compromiso cuando prácticamente aún no había registrado ventas, solamente ha recibido 10 millones en financiación de capital riesgo.

Su director general, Michael Lannon, cree que la empresa está en una situación en la que "o gasta o desaparece", casi como una partida de póker. O como en un proceso electoral: "No todas las empresas van a sobrevivir a la Navidad", afirma. "Estamos enfocando las próximas ocho semanas como si hubiera unas elecciones. Nuestros inversores y nosotros mismos creemos que los clientes van a "votar" y decidir cuál será la empresa líder, y sólo uno de los candidatos puede ganar".

No sé ustedes, pero siempre me he preguntado quién acaba pagando los gastos electorales de los partidos que no obtienen ni un sólo diputado. Pero seguro que no se les oculta el hecho de que quienes no pagan ni un sólo céntimo son, precisamente, los que han incurrido en esos gastos.

Es realmente fácil jugar con el dinero de los demás, ¿no creen?

Hemos tenido ocasión de hablar de estos y muchos otros temas, incluyendo referencias a empresas de nuestro entorno, con Michael Perkins, coautor de "La burbuja Internet", en una entrevista cuya transcripción editada incluimos a continuación.

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