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Usos y abusos del correo electrónico en la Sociedad Red

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El pasado domingo un artículo de uno de los más importantes periódicos españoles reflexionaba sobre el uso del correo electrónico. El autor describía certeramente cómo los procesos tecnológicos crean nuevas realidades sociales que muchas veces generan conflictos jurídicos. El artículo reflejaba la aceptación masiva del correo electrónico por parte de las empresas como nueva herramienta de comunicación dentro del ámbito laboral, a la que calificaba de "imprescindible".

Pero a medida que avanzaba el análisis, la lucidez se tornaba opaca, sobre cuando reflexionaba sobre los "importantes conflictos que está suscitando el uso de esta herramienta". El artículo afirmaba que "las empresas ponen el correo a disposición del trabajador para su uso con fines profesionales", pero alertaba del "peligro de que ésta sea usada para fines personales".

Lo que plantea como "tremendo conflicto" no parece más grave que los desajustes propios que los provocados por la adecuación de esquemas antiguos a nuevos medios de relación y, salvo que se quiera magnificar el conflicto, no debería en principio tener mayor relevancia. E incluso puede cumplir funciones hasta ahora insospechadas.

Desde el punto de vista jurídico, porque la colisión que contempla entre el derecho a la intimidad y secreto de las comunicaciones con el derecho de la empresa a controlar la actividad laboral, se ha creado por una mala asimilación de lo que una herramienta tan nueva supone. En primer lugar, porque las empresas ya empiezan a especificar a sus empleados el tipo de uso que pueden hacer del correo, con lo que se elimina la laguna jurídica existente hasta la fecha, y no tendría sentido dicho conflicto. Dicho de otro modo: todo el mundo sabe de antemano el uso que puede hacer de él.

Pero en segundo lugar, porque una vez resuelta la anomia y entrando en el debate de fondo: ¿Usan los empleados el teléfono de la empresa para hacer llamadas personales? ¿Puede el empresario abrir el correo postal que llega a nombre del empleado aunque sean cartas personales? Ningún empresario considera un problema que los trabajadores hagan uso del teléfono para llamadas personales, a menos que, o bien el coste de las llamadas sea exorbitante o que el empleado esté todo el día hablando por teléfono con fines personales. Tampoco parece plantear problemas el hecho de que reciban cartas en el mismo domicilio empresarial. ¿Por qué iba a ser distinto el uso del correo electrónico?

Y desde el punto de vista empresarial, ninguno de los dos problemas parece relevante dentro el nuevo contexto de la Sociedad Red. En primer lugar, porque el coste de una línea de conexión a Internet es el mismo con independencia del número de correos que se manden o de si el contenido es personal o laboral. Y en segundo lugar, porque en una economía de Red, gran parte del valor del empleado viene dado por su capacidad de relación, bien con otros individuos del mismo sector, bien con empresas incluso de otros sectores.

Por este motivo, la óptica que contempla al empleador como dueño de las horas del trabajador, así como de las herramientas que pone a su disposición, puede tener los días contados. Porque cada vez hay menos tareas u horarios definidos, sino proyectos. Por ello tampoco tendría sentido hablar de la pérdida de tiempo por parte del empleado. Cada vez más, ni las empresas ni los empleados se rigen por horarios. Desgraciadamente se trabajan tantas horas que se confunde la vida personal y la laboral, muchas de las relaciones personales y laborales se entremezclan incluso. En un futuro se valorará la capacidad de relación de los empleados como un activo de la empresa.

Cada persona ha de ser un nodo propio y ha de alimentar su propia Red, es decir, cada uno ha de ser gestor de sus propios recursos y talentos. Por ello, la mejor manera para desmotivar a un trabajador es anularle su capacidad de Red (y mucho de esto tiene que ver con el control del correo electrónico). La mejor manera de potenciar a un trabajador es permitirle que desarrolle su sentido común y su capacidad de relación, y así capitalizar sus valores, no como un modelo de favores, sino como fomento de un entorno capitalizable. Es decir, no se trata de una mera tarea de Relaciones Públicas sino de permitirle gestionar su conocimiento. Y éste aumenta si sus relaciones lo hacen.

Es tan sólo cuestión de tiempo, como en el caso de cualquier cambio, que los gestores empiecen a ver el lado provechoso de esta herramienta. Algunos ya lo han hecho. Pero los que optan por la vía del control, parece que no sólo no se han enterado del cambio en las relaciones provocado por una cosa que se llama Internet, sino que están intentando poner diques al mar. Allá cada cual.

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