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Ubicación: ¿un escándalo de privacidad o de términos de uso?

Decía el escritor Arthur C Clarke que llega un momento en el que la ciencia es indistinguible de la magia. Por ejemplo, encendemos nuestro smartphone y como por arte de magia nos dice el tiempo que hace donde estamos (aunque estemos de viaje), nos explica cómo llegar al restaurante (aunque no hayamos ido nunca) y nos sugiere una cafetería donde tomarnos una tarta rebajada. Y no nos preguntamos mucho cómo exactamente funciona el cacharro.

Hace unas semanas se desató el escándalo entre muchos usuarios, horrorizados al descubrir que Apple almacenaba datos de dónde habían estado sus teléfonos y tabletas. Aparecieron las habituales demandas, las exigencias de grupos de defensa de la privacidad y las críticas a esa y otras empresas, como Google o Microsoft.

En su siguiente actualización de software, Apple modificó iOS para asegurarse de que nadie se sentía perseguido, mientras un senador estadounidense proponía una nueva ley que prohíba el seguimiento de los dispositivos. Pero mientras se calma el revuelo, más de uno nos recuerda nuestra parte de culpa por pinchar el botón "Aceptar" sin leer lo que estamos autorizando.

Por ejemplo, si aceptamos los términos de uso de iTunes, quiere decir que estamos de acuerdo con la claúsula que establece que los productos que compramos sólo se pueden descargar una vez, y no se pueden reemplazar si hay daños o pérdidas. El usuario, y no Apple, es responsable de lo que pase con sus archivos digitales.

En definitva, no hace falta ser un experto en tecnología para ver que aceptar los términos de uso de un servicio sin leerlos puede depararnos sorpresas. Incluso un capítulo de la irreverente serie de animación South Park bromeaba sobre el tema estos días, señalando que actualizar iTunes sin leer la letra pequeña puede dejarnos en una posición incómoda.

Lo que sí nos dicen los expertos, incluso los más críticos, es que muchas de esas aplicaciones que tanto nos gustan funcionan con información como la música que escuchamos, los sitios a los que vamos y las búsquedas que hacemos. Hasta cierto punto, no podemos tener lo uno sin lo otro.

Por eso, mientras se suceden las demandas y quejas contra las grandes empresas de tecnología, otros  prefieren inclinarse por recomendarnos que nos leamos la letra pequeña, o al menos no digamos que alguien nos engañó si luego resulta que no nos gusta lo que firmamos.


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