Patent Trolls: cuando las demandas sustituyen al negocio

Hace tiempo que las empresas de tecnología convirtieron las demandas por patentes en todo un arte. Demandas, contra demandas y reclamaciones permiten bloquear la mercancía rival en una aduana o reclamar los prototipos competidores, armas más que tentadoras en la guerra por hacerse con un pedazo del mercado.

Pero no todo son maniobras comerciales. Empresas como Nokia, pioneras que crearon tecnologías sobre la que se asientan sectores enteros, han encontrado una suculenta fuente de ingresos. La firma finlandesa tiene unas 10.000 patentes y un vicepresidente de Propiedad Intelectual, que admite que para ellos, los royalties son un negocio más.

Por poner dos ejemplos, Microsoft obtiene 5 dólares por cada Android de HTC, y gana más dinero con Android que con su plataforma Windows móvil, y se estima que un acuerdo con Apple dará a Nokia unos 10 dólares por cada iPhone vendido

TROLLS

Es lógico y respetable que alguien gane dinero con su trabajo pasado, pero podría decirse que la cuestión se ha salido de madre. Entre patentes, indemnizaciones y amenazas, algunas empreras del sector parecen haber mutado en trolls, ayudados por unos abogados igualmente transformados.

Un signo bastante claro de que el sentido común ha abandonado el escenario es la super demanda de Paul Allen, co fundador de Microsoft. Allen ha demandado a media industria, desde Google hasta Apple o Yahoo, reclamando que están infringiendo sus patentes por, por ejemplo, indicar con un icono en la pantalla del móvil que hay correo sin leer.

Y es que una de las características de estas demandas de trolls es que vienen de los triunfadores. Allen considera que le robaron lo que era suyo, y ha escrito una polémica biografía detallando entre otras cosas como el ahora filántropo Bill Gates le despojó de su parte de Microsoft.

También los hermanos Winklevoss ganaron dinero, y hasta consiguieron que una de las películas emblemáticas de esta generación, “La red social”, les diera la razón. Pero lejos de conformarse, han seguido planteando demanda tras demanda y hablando a quien quiera escucharles de cómo fueron engañados, y no les dijeron lo que podía llegar a valer Facebook cuando recibieron su indemnización. Ni el oro olímpico ni la atención de los medios parece apaciguar sus penas.

INDEMNIZACIONES A LO GRANDE

Otras que no se cansan de repetir lo mucho que les están robando son las discográficas. Lamentan una y otra vez los nuevos artistas que perdemos, los ingresos que pierden ellas, lo mucho que empeora su negocio, y anuncian la muerte de la música olvidándose, al parecer, de que primero fue la música, y después la industria.

Quizá el dolor de las pérdidas las ha trastornado, y por eso confunden los ceros y, una vez comprueban que los jueces se apiadan de ellas, reclaman una indemnización mayor al PIB de todos los países del mundo juntos o, en palabras de la defensa que combatió la demanda, más dinero del que ha ganado la industria desde la invención del fonógrafo.

No es una cuestión de codicia. Tal vez el motivo por el que millonarios, triunfadores y grandes empresas con unos activos impresionantes se han lanzado a este juego de demandas sea más bien la frustración por la oportunidad perdida, por lo que otros han hecho con lo que ellos tenían, y no aprovechaban.

Si los iconos que Paul Allen considera haber creado se convierten en estándar, no se siente orgulloso sino que pregunta dónde está su cheque. A los Winklevoss les molesta que incluso cuando ganaron su primera demanda, no se dieron cuenta de cuánto dinero había en juego. A las discográficas les molesta -o no entienden- que otros ganen dinero sin ellas, tanto si se trata de radios online como si hablamos de almacenamiento en la nube o de artistas que saltan a la fama sin discográfica.

Y ahora, las oportunidades perdidas se cobran ante el juez. Hasta que los jueces se cansen.


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