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Con los libros electrónicos, bajamos el listón

Según una encuesta realizada en Reino Unido, un cuarto de los británicos se siente avergonzado de decir qué libros electronicos está leyendo. De hecho, uno de cada cinco no se atrevería a quejarse si perdiera su colección, por no tener que decir qué era lo que tenía.

Pero las ediciones digitales permiten a los tímidos ahorrarse no sólo el mal trago de ir a la librería, coger un libro de tapas color fucsia -por poner un ejemplo- y pagarlo, sino las miradas suspicaces o de desdén que recibe de sus compañeros de vagón, autobús o sala de espera (o salón de casa) cuando uno está leyendo en público. Con un lector electrónico, nadie puede saber si estamos leyendo a Proust o Harry Potter.

Ls diferencias entre las bibliotecas físicas (donde lideran las biografías y otros títulos "serios) y las virtuales (donde, según el sondeo, triunfan intriga y misterio seguidas de fantasía, romance y humor) es tal que plantea un nuevo escenario para las editoriales, con dos mercados distintos, y la posiblidad de vender a algunos lectores que antes no se atrevían con determinados géneros.

La existencia de estos placeres culpables también es un elemento a tener en cuenta para esos servicios online empeñados en compartir todo lo que hacemos en cualquier servicio, página o medio que utilizamos.

Por si alguno duda de esto último, que recuerde el pánico repentino que supuso para los usuarios de Spotify descubrir que el sistema estaba compartiendo la música que escuchábamos con nuestros contactos, divulgando como si tal cosa esa colección de música country o delatando a los fans secretos de Lady Gaga. Los libros de Crepúsculo que por supuesto, no nos leemos, están mejor ocultos bajo la discreta cubierta de un lector electrónico.


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