Nuestra sierva la tecnología

En algunos restaurantes de precio elevado, el maître conoce a sus clientes, les saluda con discreción y les lleva a su mesa favorita. Allí varios camareros les sirven entrando y sacando platos en el momento exacto sin apenas indicación del comensal. La cena se desarrolla en la conversación sin casi prestar atención a la infraestructura del restaurante. En otros restaurantes, el maître saluda gritando para que todos se enteren del nombre, los camareros insisten en rellenar la copa de más y a menudo para intentar vender más vino. En ambos tipos de restaurante la comida suele ser buena aunque en el segundo, a veces, los tiempos de presentación no son los adecuados y la conversación es interrumpida demasiadas veces.

El párrafo anterior no es un ejercicio de pedantería, es un símil entre dos visiones diferentes de cómo la tecnología debe interactuar con nosotros, los humanos. Lo que en inglés se denominan tecnologías “pull” y “push”.

La tecnología lo envuelve todo tanto que no nos damos cuenta. Desde hace 2 millones de años cuando los primeros Homo se separaron de los Australopitecos, la tecnología y nosotros hemos evolucionado simbióticamente. El uso de herramientas de piedra permitía mejorar la alimentación, que a su vez permitió aumentar el cerebro, lo cual permitió inventar mejores herramientas, lo que permitió mejorar la alimentación y así sucesivamente hasta hoy en día. El humano actual no puede sobrevivir como especie sin tecnología. Lo que antes eran horas preparando un fuego para cocinar, una vitro te lo hace en 10 segundos apretando un botón. No hace falta estar 3 horas lavando ropa porque hay una lavadora. Ningún niño se percata de la nevera como un objeto tecnológico increíble.

Siempre hubo personas muy ricas que ni prepararon fuegos ni lavaron ropas porque tenían esclavos o sirvientes que lo hacían por ellos, pero el resto, no. A partir del siglo XX, cada vez más y más las clases medias de los países desarrollados empiezan a tener máquinas como sirvientes. Y ahora con los ordenadores, con los smartphones, con Siri, la tecnología se convierte en un secretario personal.

Tanta es nuestra dependencia que se dan casos de nomofobia o angustia de estar sin cobertura, o de vibraciones fantasmas de nuestro móvil sin que hayan llegado notificaciones ni llamadas.

Durante los 90, Mark Weiser, que llegó a ser CTO (Chief Tecnology Officer) del PARC sugirió la idea de computación ubicua, o estar totalmente sumergidos en tecnología. En un artículo en el Scientific American de 1991 decía: “las tecnologías más profundas son las que desaparecen, son las que se entremezclan en la vida diaria hasta que son indistinguibles de esta…. Hoy en día las máquinas multimedia hacen de la pantalla un foco que demanda la atención en vez de permitir que vayan desapareciendo en el trasfondo”.

Y los que nos dedicamos profesionalmente a la creación de tecnología nos debemos preguntar: ¿Es nuestra tecnología un buen trabajador que ayuda cuando es necesitado? ¿O nuestra tecnología se pasa todo el rato metiendo las narices e importunando? Debemos comprender que los humanos no somos muy buenos en multitarea, es por eso porque está prohibido hablar por teléfono mientras se conduce. Y las tecnologías “push” interrumpen la tarea principal constantemente y eso al poco cansa.

Muchos de nuestros clientes, al activar el servicio, entran en el panel, lo acomodan a su gusto, domicilian los pagos, salen y no vuelven a entrar nunca. Siempre entran ganas de zarandear a los clientes para que vuelvan a entrar y vean la cantidad de nuevos desarrollos que tenemos, que nos digan qué quieren, cómo podemos mejorar. Pero por otro lado es reconfortante saber que nuestra tecnología está ahí, trabajando, por detrás, sin entrometerse.


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