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Ahora sí que el iPad es mágico

Desde que Steve Jobs presentó el iPad, ha recibido comparaciones y adjetivos de lo más grandioso. Para empezar, la puesta en escena tenía un cierto aire de zarza ardiendo y mandamientos divinos.

Luego llegó a las tiendas estadounidenses, y no sabíamos si horrorizarnos por los que lo destrozaban bate de béisbol en mano o preguntarnos si la gente lo compraba como juguete para sus hijos en edad preescolar o para entretener a sus mascotas.

Gracioso o terrible, el trasto sin teclado seguía sin ser mágico. Su mayor truco había sido vender 2 millones de máquinas en dos meses, que impresiona pero tampoco es magia. No ha sido hasta esta estos días, cuando el aparatito de marras ha cruzado océanos y fronteras a otros nueve mercados (incluyendo España), cuando ha cumplido su promesa.

Como los superhéroes que viajan al lejano Oriente para aprender ocultas técnicas de artes marciales, ha hecho falta un prestidigitador japonés para aprovechar al máximo sus posibilidades. Meterle letras, sacarle libros, utilizarlo para hacer aparecer una paloma o -el más difícil todavía- a un amigo. Nada es demasiado difícil para un aparato que, ahora sí, es mágico. Y sirve para hacer queso.


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