Que aprovechamos una mínima parte de las funcionalidades que incorporan la mayoría de los aparatos tecnológicos es algo bien conocido. Debe ser un raro espécimen aquel que ha explorado todas las opciones del menú de su teléfono móvil, o el que sabe para qué sirven todos los botones del mando a distancia del DVD. La mayoría se limita a las funciones elementales, y deja que el manual de instrucciones acumule polvo para una lectura sine die.
Algo parecido sucede con las consolas: aunque son aparatos esencialmente diseñados para albergar y disfrutar de los videojuegos, ofrecen otras opciones (acceso a Internet, reproductores multimedia, etc.) que sus usuarios ignoran o simplemente desconocen. Está claro que el que se compra una consola la quiere básicamente para jugar, pero en un mercado tan competitivo no está de más diferenciarse de la competencia y aportar cuanto más valor añadido posible.
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