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Los servicios de atención al cliente, paradójicamente, se caracterizan a menudo por la total desatención al cliente. Cuando uno llama a uno de estos servicios, cada vez es más complicado ser atendido por una persona de carne y hueso. Un programa informático, de acuerdo, ahorra costes de personal; pero, ¿alguien se ha parado a calcular a cuánto ascienden las pérdidas derivadas de tener a cientos -o miles- de usuarios frustrados y/o cabreados? Estamos convencidos de que con frecuencia, el balance final es negativo.
Si no es bueno hacer enfadar a los clientes, menos recomendable es aún darles la sensación de que se les está tomando el pelo. Y esa es a menudo la sensación que deja un combate contra uno de esos programas en los que es imposible completar la tarea deseada, por mucho que se aprieten obedientemente todas las teclas que sugiere la amable voz robotizada del otro lado. ¡Un poquito de humanidad, por favor! Más


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