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De sorderas, sordos y mp3

A Edward Markey, congresista estadounidense por el estado de Massachussets, le preocupa el buen estado de los pabellones auditivos de los usuarios de reproductores digitales. Especialmente de los jóvenes, mucho más proclives a enchufarse durante horas los cascos del iPod (o de cualquier otro modelo) y subir el volumen a tope, con el consiguiente perjuicio para las Trompas de Eustaquio, que sufren más con el aguijoneo de los dispositivos actuales que con los clásicos auriculares de diadema, más comunes en anteriores décadas y ahora marginados por poco fashion, aunque sean más respetuosos con la buena salud del oído. Y si encima de pertenecer a este grupo de riesgo se tiene la mala suerte de vivir en una ciudad donde las agresiones acústicas están a la orden del día, se convierte uno en candidato idóneo para padecer una sordera prematura. Ya lo sabe: si sus hijos adolescentes le hablan a voces, no crea que se trata de un desequilibrio hormonal; pida cita urgente con el otorrinolaringólogo.
Hablando de políticos, carencias auditivas y mp3, nos encontramos con una simpática historia que confirma una vez más aquello de que el peor sordo no es otro que el que no quiere oír. Lo cuentan en Electronic Frontier Foundation: la Comisión de Comercio del Senado de EEUU discutía sobre la Broadcast Flag, una tecnología “antipiratería” que permite o impide la grabación de un programa de televisión digital, según los derechos de propiedad que rijan sobre él, y sobre su hermana pequeña, la Audio Flag, que la RIAA pretende imponer como modo de impedir que se difundan por Internet (o por otros canales) grabaciones efectuadas en la radio.
En esa sesión, dos certeros y sensatos golpes dejaron seriamente tocados a los defensores de la propiedad draconiana: primero el senador republicano John Sununu planteó si realmente se precisa una legislación semejante, puesto que una larga historia de innovaciones similares demuestra que el mercado siempre acaba respondiendo con sus propios mecanismos de protección a las necesidades de los artistas. La puntilla la dio el senador Stevens, de 82 años, quien explicó que su hija le acaba de regalar un iPod, y preguntó al representante de la RIAA si, con la nueva ley, podría grabar un programa de radio y escucharlo en el aparato. Pásmense: con semejante gesto, aparentemente inocente y exento de toda malicia, se podrían estar cometiendo varios delitos. En este punto, parece ser que el abogado de la RIAA tuvo que aflojarse el nudo de la corbata, mientras el senador Stevens concluía que queda mucho trabajo por hacer.
(Actualización: John K. Pattersonun, ciudadano estadounidense, ha presentado una demanda contra el iPod en San Jose, California, acusándolo de causar pérdidas auditivas, y denunciando que Apple no informa de este riesgo ni incluye un indicador del nivel de decibelios que alcanza el aparato).


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