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Diario de un acoso kafkiano

Cualquier día de la próxima semana, pongamos por caso. Madrid, a las 8 de la mañana, es una versión húmeda y menor de Londres. El café calienta el cuerpo y el espíritu para afrontar una nueva jornada.

Llego a la oficina a las 9. Tras trabajar en los asuntos más urgentes, a las 11 decido introducirme un nuevo café en el cuerpo. Salgo a la plaza que está a escasos metros de donde me gano las lentejas y entro en el bar de costumbre. Aprovecho para fumarme un par de cigarrillos, pues luego no podré hacerlo hasta que salga hacia casa. Cosas de que Hacienda recaude ya menos por el tabaco de lo que gasta la sanidad.

Al salir del bar, observo que el mantero ya ocupa su territorio. No siempre está; digamos que unos dos o tres días por semana. Supongo que se trabajará varias zonas de la ciudad, no sé. El caso es que tengo ganas de hacerme con Match point, ya saben, la última de Woody Allen. También quiero Chicken little -para la niña- y de paso llevarme lo último de Estopa.

La verdad es que me tiro un buen rato mirando la mercancía, no sea que haya algo que me interese más o que quiera añadir a la cesta de la compra. El caso es que, a mi derecha, un tipo me observa. Puedo darme cuenta; no está mirando los CD y DVD sino ocasionalmente. Diríase que me vigila.

Finalmente le pido al vendedor la mercancía que deseo. Me la da y le pago. En ese momento, cuando la transacción acaba de finalizar, el tipo que me acosaba -al que se le suma otro que aparece de algo más lejos- me solicita el DNI. Se lo doy y apunta los datos. Luego me requisa los CD.

Después de conminarle a que me explique por qué lo hace, el agente -muy educadamente, todo hay que decirlo- me comenta que la identificación que me acaba de practicar servirá, además de para ficharme, para citarme como testigo en los potenciales juicios contra los vendedores ambulantes detenidos.

Cuando se despiden de mí quedo absolutamente anonadado. Lo que más me duele es que me hayan arrebatado Chicken little (por mi hija). Vuelvo a la oficina. A las 3 me voy a casa. Como y me siento a leer el periódico: \”El Ayuntamiento reconoce que los compradores del top manta no hacen nada ilegal, pero quiere acosarles, hacerles incómoda la compra, para reducir esta práctica\”. Me pregunto si el consistorio madrileño no tendrá mejores cosas en que gastar el dinero y sus recursos humanos.

Claro que peor lo tienen los barceloneses, cuyo Ayuntamiento prepara medidas draconianas contra los usuarios que incluyen no solamente multas, sino también la posibilidad de ser llevados a juicio en caso de reincidencia.

Volviendo a Madrid, las prostitutas se están manifestando contra quienes les quieren organizar la vida. Creo que los consumidores deberíamos hacer lo mismo. ¿Ustedes qué piensan?


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