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El civismo no se estila en los e-mails

Hay ocasiones en que las nuevas tecnologías se dan de bofetadas con las normas más básicas de urbanidad. Piensen, por ejemplo, en esas personas que no tienen reparos para contar de viva voz, vía teléfono móvil, sus miserias y desgracias en un lugar público, por no hablar de los adolescentes que parecen desconocer la existencia de auriculares y atormentan a un vagón entero de metro con las canciones almacenadas en sus modernos teléfonos-reproductores multimedia.

Un campo en el que suele brillar por su ausencia la corrección en las formas es el correo electrónico. Dada la abundancia de mensajes que solicitan confirmaciones de lectura, que encadenan interminables hilos de respuesta o donde las palabras se escriben abreviadas como si de un SMS se tratase (por citar sólo unas pocas atrocidades), se diría que casi nadie recuerda las reglas elementales de la netiqueta, y que todo vale a la hora de mandar un correo electrónico.

O tal vez el problema sea el desconocimiento: en muy poco tiempo, mucha gente ha empezado a utilizar una tecnología que es en realidad, no lo olvidemos, un canal de comunicación para hablar con otras personas, y nadie les ha enseñado cómo hacerlo de manera cívica.


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