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El DRM, freno a la popularización del libro digital

Entre los creadores culturales y los internautas existe, desde siempre, un conflicto larvado que suele presentarse con cierta periodicidad, y cuyo punto álgido estriba en la diferente visión que ambos colectivos mantienen sobre los derechos de propiedad intelectual. Los internautas no han entendido nunca que estos derechos puedan actuar como un freno tecnológico para el acceso a los contenidos, mientras que los creadores, a su vez, siempre han vivido con el miedo de que la remuneración de su trabajo se pierda en ese piélago desconocido de la gratuidad absoluta que predican algunos apologistas de Internet.

“Comprar o no comprar, ésta es la cuestión”

Los sistemas de DRM (Digital Rights Management) son un claro ejemplo de esta realidad. Se trata de unos sistemas que permiten controlar las copias difundidas de un contenido de forma que un autor pueda estar tranquilo de que se le remunera en función del control de ventas-difusión que se hace con el DRM. El problema es que para poder ejercer ese control, los DRM tienen que molestar a los usuarios.

En la venta de un libro digital sin DRM, el internauta adquiere un libro, lo descarga en un par de minutos y puede hacer con él lo que le dé la gana (al igual que con cualquier otro fichero de su ordenador). En una compra a través de un sistema DRM, sin embargo, el libro descargado ya no se puede copiar libremente y si el ordenador fenece, el archivo se perderá, además de otros varios efectos indeseables que terminan por cabrear al comprador hasta que éste, aburrido, deje de comprar libros electrónicos.

Pongamos algún ejemplo. Hace algunos años, cuando algún miembro de Luarna tuvo a bien arrancar su primer proyecto de librería electrónica, también tuvo a bien arruinarse con la puesta en marcha de un DRM para controlar las ventas de su librería. Antes de poner en marcha el DRM vendía libros; desde que lo puso en marcha, simplemente dejó de venderlos.

Nos estamos refiriendo a un caso de hace casi diez años, pero hace bastante menos tiempo, ese mismo intrépido pionero decidió comprar una película en una Web recién inaugurada que prometía acceso barato y fácil a muchas películas. El DRM volvió a aparecer en su vida. Compró la película, la bajó a su portátil y ahí acabó todo, porque ya no pudo copiarla a un pen drive para verla en el DVD del salón ni reproducirla en un CD, o sea, que o la veía en el portátil o la veía en el portátil… Además, la película descargada era tan barata porque permitía sÓlo una visualización y así, entre unas cosas y otras, perdió dinero, tiempo y nunca pudo verla.

Su última experiencia con el DRM fue la semana pasada. Con el fin de comprobar por qué muchos de los interesados en la edición digital siguen diciendo que no hay vida más allá del DRM, se lanzó a comprar un libro digital a través de una página que utiliza este sistema, y el DRM apareció de nuevo, en su vida: primero advirtiéndole, en una página larguísima, de todas las cosas que debería hacer antes de proceder a la compra del volumen: que si tener instalado el Adobe Digital Editions, que si obtener un ID en la cuenta de Adobe, que si cerrar el firewall, y no sé cuantas insensateces más… La petición de cerrar el firewall resulta especialmente incoherente: ¿cómo es posible que, para hacer una compra segura, a alguien se le pida que apague su sistema de seguridad?Todo ello para adquirir un libro que, luego, el usuario tendrá problemas para leer y que, desde luego, nunca podrá regalarle a su prima.

Una realidad que no todos parecen entender

¡Señores, permítanme ser drástico, pero esto es una locura y una estupidez! El entendimiento entre las exigencias de los internautas y la protección de los derechos de propiedad intelectual de los creadores en Internet es posible, pero no a través del sistema DRM o, por lo menos, no como se entiende hoy.

Las personas que llevamos años trabajando con ordenadores estamos acostumbradas a la simplicidad y a que no nos pongan trabas. Si encontramos un sistema DRM, simplemente pasamos de largo y nos vamos a comprar a otro sitio donde nos lo pongan más fácil y, en última instancia, algunos se van al eMule a bajárselo gratis.

Se trata de una realidad que la industria parece no entender. Sin embargo, el más exitoso vendedor de música en Internet a través de sus iTunes y fundador de Apple, Steve Jobs, lo entendió hace mucho y ha manifestado claramente sus discrepancias y alejamiento del modelo de protección basado en DRM.

Los internautas necesitan facilidad de acceso, pocas restricciones en el manejo de lo que compramos y precios muy asequibles: si encontramos estas tres cosas, nadie se plantea piratear. Si, en algún momento, se llega a disponer de las herramientas que permitan cumplir con estos requerimientos, a la vez que se protegen los intereses de los creadores, habría que implementarlas de inmediato.

Y es que, lejos de cuestionar el derecho de propiedad intelectual de los creadores, la crítica al DRM pretende advertir que, como una incomodidad en el proceso de compra, dicho sistema de protección no aportará más que la disminución de las posibles ventas de libros electrónicos y empujará a los usuarios hacia la práctica de la piratería.

Se trata de algo muy simple: vende barato, haz fácil la compra y no pongas trabas para que, tras adquirir un libro digital, su comprador pueda tratarlo sin limitación alguna. Si en ese camino alguien opta por prácticas ilegales de reproducción, tenemos los tribunales para convencerle de que ese es un camino erróneo…

La solución de los DRM, por el contrario, podría entenderse hoy, metafóricamente, como un hito más en esa peligrosa dirección política que han emprendido algunas sociedades para garantizar la seguridad en Internet en detrimento de la libertad. Y, desde luego, no podemos estar más en desacuerdo con esa línea de pensamiento.


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