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El nuevo boom

Silicon Valley resurge con fuerza, como los sueños e inversiones de muchos millonarios que apuestan por las start-ups. ¿El inicio de una nueva burbuja? No parece probable. Espoleadas por Google y su impresionante trayectoria tecnológica y bursátil, el resto de compañías pugnan por no quedarse atrás, algo que está dando inusitados bríos al mercado.

Los expertos coinciden: esto es un auge, con una asignación más racional de los capitales. Esperemos que esta vez los especuladores de Wall Street no hagan saltar todo por los aires de nuevo. Con todo, los avances son todavía lentos, por lo que no conviene lanzar las campanas al vuelo.

Ahora, el sector ya conoce los peligros de un capital riesgo abundante y unas IPOs prometedoras: las promesas de valoraciones estratosféricas de las empresas animan a los inversores, que por su parte quieren retornos a cualquier precio; así fue como, entre riadas de dinero y crecimientos desbocados, las empresas perdían el contacto con la realidad. Hasta que muchas acabaron en el cementerio puntocom.

Compañías como Skype o MySpace han acabado demostrando que las buenas ideas de negocio salen adelante a pesar de todas las dificultades. Las compras online, la banda ancha y su creciente presencia, los dispositivos sin hilos, Apple y sus prestaciones musicales… El sector, sí, parece que vuelve a vivir días de vino y rosas.

Asimismo, los precios descendentes del hardware y el software están ayudando a que una inmensa porción de gente acceda a la informática y la Red, cuando hace no tantos años parecía que eran coto vedado a ciertos segmentos poblacionales (bien por razones culturales o económicas, o por ambas).

En cualquier caso, el número de inversores de capital riesgo ha decrecido; pero esto, lejos de ser un factor desestabilizante, está contribuyendo a que las compañías que solían emprender IPOs poco cocinadas, solamente para el autobombo publicitario y la repercusión mediática, sean casi ya un mero recuerdo.

En definitiva, un mercado más receptivo, costes más bajos y una presión más ligera por parte de los inversores hacen que sea difícil pensar en estos momentos en una nueva burbuja.


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