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El retorno de Mamá Gallina

El concepto de incubadora de negocios (de tecnología) es uno de los que quedaron malparados con el tsunami que arrasó la burbuja tecnológica a principios de década. Y no porque la idea fuera mala en sí, sino porque por entonces los proyectos se creaban casi con el único fin de “levantar” cuanto más dinero en el menor tiempo posible. Lo de dar cuentas de ese dinero era ya tarea de la que muchos simplemente se desentendieron, y así lució el pelo…

Ahora, con más sensatez y experiencia después de los varapalos de entonces, parece que vuelve el concepto de la incubadora tecnológica, que no el término, que algunos se resisten a emplear por aquello de las reminiscencias negativas. En Estados Unidos, el caso de Naval Ravikant es un ejemplo de lo que buscan las nuevas incubadoras, que básicamente se diferencian de las de la Vieja Era en que se fijan en proyectos donde existe mayor libertad creativa, menor necesidad de inversión y mayor compromiso por parte de sus promotores.

En España, para variar, seguimos a la zaga en todo lo que se refiere a innovación, inversión y tecnología, aunque casos como el de DAD, la incubadora presidida por Rodolfo Carpintier, demuestran que en nuestro país también hay esperanza para que las buenas ideas.


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