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El voto online, una mota de polvo en el desván del gobierno electrónico

El primer experimento de votación por Internet en unas elecciones significativas se realizó en la primavera de 2000 en EEUU, durante las primarias del partido demócrata en el estado de Arizona, unos meses antes de las elecciones presidenciales. 39.942 ciudadanos de ese estado, de un total de 86.907 electores, depositaron sus votos en la Red.

El proceso estuvo cargado de controversia desde el principio, no sólo por los problemas de seguridad y autenticación de los votantes (un 4% de los que lo intentaron tuvieron que tirar la toalla al contar con equipos obsoletos o ser incapaces de superar las barreras de seguridad), sino porque algunas organizaciones, como el Voting Integrity Project, protestaron al considerar que este tipo de procesos perjudicaría a las minorías (no conectadas) y les privaría de su derecho al voto.

Esa primera tentativa estadounidense sirvió para ilustrar lo ambicioso de los proyectos de gobierno electrónico (e-government) en el que están inmersos la mayoría de los estados occidentales. Con ellos se pretende facilitar la interacción de los ciudadanos con los órganos administrativos del gobierno, así como proveerles de instrumentos de participación política. Pero al igual que sucede con el voto por Internet, cuyo horizonte parece alejarse más y más a cada instante, todavía habrán de pasar muchas lunas antes de que las diversas medidas tomadas por gobiernos e instituciones contribuyan a diluir la desconfianza que los ciudadanos tienen por todo lo público.

¿Cuestión de tiempo?

Ignorando las voces discordantes que habían criticado duramente el proceso iniciado en Arizona, el gobierno del todavía presidente Clinton permitió a los pocos meses, en noviembre de 2000, que 200 soldados estadounidenses residentes en el extranjero votaran por Internet con ocasión de las elecciones presidenciales.

Esas experiencias piloto pronto despertaron la curiosidad y el interés de los gobiernos y votantes europeos. Con ocasión de las inminentes elecciones legislativas en el Reino Unido, la consultora Forrester realizó un estudio sobre 750 potenciales votantes británicos para estudiar la aceptación del voto por Internet entre los ciudadanos. La mitad de ellos (un porcentaje equivalente a un quinto de la población total del país, según Forrester) se mostró dispuesto a encender el PC y votar desde casa.

Por su parte, el gobierno alemán mostró hace un menos de un mes su intención de que en las elecciones legislativas de 2006 (las próximas serán el año que viene) los ciudadanos puedan votar por Internet en las oficinas electorales. Algunos de ellos, aseguró el ministro del interior Otto Schily, lo harán también desde su casa.

Este optimismo de gobiernos y votantes contrasta con la opinión de las entidades y organismos que estudian la aplicación de Internet en los procesos electorales, los cuales no se muestran tan entusiastas y sostienen que no hay que apresurarse para instalar la oficina electoral en casa. Según un estudio sobre la fiabilidad de las tecnologías de voto realizado de forma conjunta por el Massachussets Institute of Technology (MIT) y el California Institute of Technology Voting Project, el sistema más seguro (con menor porcentaje de votos invalidados), pese a lo que se pudiera pensar, continúa siendo el de las papeletas de papel marcadas con bolígrafo y contadas a mano. Lo rudimentario no precisa de conexiones rápidas, servidores a prueba de balas o procedimientos de votación comprensibles para todos.

Otro estudio de la US National Science Foundation llegaba a parecidas conclusiones. En su informe, la fundación estadounidense examinaba tres fórmulas distintas de voto: en casa, en la oficina electoral y en quioscos (terminales) especializados. De todos ellos, el menos malo era el voto online realizado en la oficina electoral, ya que facilitaba la verificación de las credenciales de los votantes. El voto desde casa quedaba descartado. Según el informe, \”los sistemas remotos de votación ponen en peligro la integridad del proceso electoral y no deberían utilizarse en elecciones públicas hasta que se solucionen importantes cuestiones técnicas y sociológicas\”. Para la fundación estadounidense, que no parece considerar la existencia de la firma electrónica, votar en Internet exigiría el desarrollo de complejos sistemas de identificación, como la lectura de huellas dactilares o el escaneado del iris.

En el candelero quedan por resolver importantes cuestiones de seguridad (¿podría un virus afectar al desarrollo del proceso electoral?) y privacidad (¿cómo se ejercerá el control sobre los datos?), como señaló en octubre de 2000 Gray Davis, gobernador de California, al vetar una resolución por la que se creaba un programa piloto para estudiar la implantación del voto por Internet en ese Estado. Aunque sobre la mesa también quedan argumentos de sustrato más romántico, como aquel que sostiene que las votaciones tradicionales constituyen un ceremonial único para que el votante refuerce su compromiso cívico con la sociedad en la que vive. ¿Será un clic capaz de desvirtuar la simbología de un derecho (el de voto) que se ha tardado siglos en adquirir?

Stephen Coleman, director del programa e-democracy de la Hansard Society y responsable de una comisión que estudia la implantación del voto por Internet en el Reino Unido, comparte el pesimismo de estos estudios y se muestra convencido de que habrán de pasar entre 10 y 15 años hasta que los británicos puedan votar por Internet en unas elecciones generales.

La Red, no sólo para votar

Pero este súbito decaimiento no debe ser el árbol que impida ver el bosque. El voto por Internet es sólo un elemento más, y los gobiernos y partido políticos aún cuentan con infinidad de recursos en muchos casos inutilizados con los que poder estrechar la distancia que separa a los políticos de sus votantes.

Como afirmaba a mediados del pasado año la publicación The Economist, la democracia digital, es decir, la utilización de Internet por los gobiernos y políticos con el fin de lograr una mayor transparencia y responsabilidad de cara a sus electores, debería constituirse en uno de los cuatro objetivos incluidos en todos los proyectos de gobierno electrónico (e-government). Los otros tres consistirían en la creación de una Intranet que aglutinara todos los elementos de la Administración, la oferta de servicios online adecuados a las necesidades de los ciudadanos y el establecimiento de un mercado electrónico que mejorara la eficiencia y la transparencia en la contratación pública. Esa democracia digital incluiría nuevos métodos de consulta y, sólo en última instancia, el voto en la Red.

Los políticos estadounidenses parecen haberse aplicado el cuento. Las últimas elecciones presidenciales fueron las primeras en las que se sintió el peso de la Red. Los candidatos utilizaron el medio digital como vehículo de difusión de sus perfiles (en países de listas cerradas, como España, Internet resulta una plataforma inmejorable de información) y programas políticos, y como instrumento de financiación (John McCain y George W. Bush se embolsaron cada uno 6 millones de dólares en donaciones por Internet) y coordinación de los actos electorales. La página de campaña de George W. Bush (www.georgewbush.com), con versiones locales en los 50 estados del país, se convirtió en un soporte interactivo que incluía herramientas como una base de datos de contribuyentes o un programa que permitía a los ciudadanos calcular la rebaja impositiva que obtendrían al aplicarse el recorte fiscal propuesto por Bush. Además, aprovechando las propiedades virales de la Red, los nodos se transformaron en fenomenales instrumentos de captación de direcciones de correo electrónico (cedidas de forma voluntaria), que los candidatos utilizaron de forma recurrente para informar de sus progresos.

Sin embargo, estos nodos carecieron de un verdadero espacio no mediatizado que facilitara la comunicación política entre los ciudadanos. Los partidos políticos, pese a sus evidentes avances, se arrogaron el papel de conductores de opinión, limitando la libertad de los votantes.

Al otro lado del océano, los políticos emulan a sus homólogos estadounidenses. Los periódicos y los partidos políticos dedican canales específicos a informar sobre los procesos electorales y abren ventanas (pequeñas) para dar cabida a la opinión de los electores. Las recientes elecciones autonómicas del País Vasco en España tuvieron un desarrollo paralelo en la Red y presenciaron el nacimiento de páginas específicas dedicadas a informar sobre los comicios. En la Red pudieron verse los programas de los partidos, los historiales políticos de los candidatos, foros de participación ciudadana e incluso nuevos sistemas de difusión de los resultados de las votaciones.

Para ver la forma en la que Internet afecta al grado de participación de la sociedad civil en el desarrollo del proceso político habrá sin embargo que esperar a que se universalice el acceso a la Red. A día de hoy, cabe pensar que la mayor parte de los ciudadanos más activos en el mundo online lo eran ya antes del florecimiento de Internet.

En cuanto a las votaciones por Internet, todavía habrá que esperar años para poder elegir candidato con ayuda del ratón. Hasta que eso suceda, y en vez de gastar en estudios sobre la viabilidad de tales procedimientos, los gobiernos harían mejor en rediseñar los nodos de información ciudadana y agilizar la tramitación de documentos por Internet. Después de todo, sólo votamos una vez cada cuatro años. Y si no que se lo pregunten a los sufridos ciudadanos españoles que se aventuran a realizar la declaración de la renta por Internet. O al Defensor del Pueblo del mismo país, figura que vela, a petición de los ciudadanos, por el correcto funcionamiento de las administraciones públicas, y que llora amargamente la falta de Internet y correo electrónico. Ante un panorama así, ¿a quién le importa darse el paseíto hasta la oficina electoral?


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